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Pedro II El Romano - El Ultimo Papa? - Capítulo XXXVIII - Preparando el Ataque - Una gran cantidad de nubes cubría el cielo, posiblemente impulsadas por la brisa del cercano Mediterráneo. Lo que hacia la noche ideal para los propósitos del ataque por sorpresa.

Preparando el Ataque


Pedro II El Romano - El Ultimo Papa...?

Capítulo XXXVIII

Preparando el Ataque

Una gran cantidad de nubes cubría el cielo, posiblemente impulsadas por la brisa del cercano Mediterráneo. Lo que hacia la noche ideal para los propósitos del ataque por sorpresa, la poca iluminación de la luna en cuarto menguante, hacia las gigantes formas de las montañas aun mas oscuras.

A pesar del paso rápido que llevaban ni un sonido se escapaba de los animales y hombres que rompieran el silencio del desierto, solo de vez en cuando, el graznido de un ave, molestada en su espinoso arbusto, por la presencia de algo extraño en el entorno que rompía la monotonía junto con el batido de las alas. Remontando vuelo, hasta encontrar una nueva rama donde posarse y observar lo ocurría a su alrededor. Los Gurkas ya llevaban una buena distancia de ventaja y a pesar de su trote, tampoco rompían el silencio imperante.

Alberto y Mario, con su pequeño visor y los informes de Walter, sabían que los Gurkas habían llegado al pie de la entrada al valle, y ya se encontraban desplazándose, en el mayor de los silencios, hacia la plataforma unos 40 metros de altura, donde en grupos de 5 hombres se encontraban cuidando en sus trincheras la entrada al valle. Walter podía observar que 2 o 3 en cada trinchera estaban descansando profundamente y uno o dos actuaban como centinelas cuidando el descanso de sus compañeros, al mismo tiempo que cuidaban que nadie fuera capaz de penetrar las defensas establecidas.

Los Gurkas, ya con sus relojes sincronizados, divididos en dos grupos de quince hombres, comenzaron en el silencio del entorno, a escalar sin que el más pequeño ruido se escapara de los mismos, casi pegados al camino que seguían entre las piedras, parecían parte del mismo y no podía notarse su presencia. Walter tenía una cámara en cada una de las trincheras individuales y una la cual tomaba las fotografías del conjunto de las seis al mismo tiempo. Mientras observaba la pequeña cámara y en sus oídos resonaba la voz de walter, informando cada detalle que los hombres debían saber para proseguir sin problemas.

Mientras todo esto sucedía unos mil metros de distancia desde el lugar donde ellos se encontraban, No pudo menos Alberto de dejar su mente ocuparse en los acontecimientos que lo trajeron a él y sus hombres a este punto en el desierto, solo hacia 48 horas se encontraba jugando al Tenis sin ninguna preocupación, mas que, donde ir a almorzar, si en el club o alguno de los Restaurantes de moda en Roma, o en la monotonía de su existencia teniendo solo como deber aquello que el mismo creaba, una horas a la semana en la practica de los ejercicios militares a caballo, en un entrenamiento de un arte desaparecido o pronto a desaparecer, que solo hasta ayer, consideraba totalmente inútil y obsoleto.

Alberto movió su cabeza, ensimismado en esos pensamientos, miró al lugar donde se encontraba su padre, en total silencio mientras caminaban hacia su destilación, llevando por sus riendas a Pampa su magnifico caballo, a un paso rápido, seguidos por el regimiento y la pequeña perrita que se mantenía al frente del regimiento, como si alguien la guiara en la obscura noche, pensaba que tal vez su olfato la guiara por donde anteriormente el escuadrón Gurka había pasado. Aunque no podía creerlo. Mirando a su padre y los demás miembros de su regimiento se preguntó si pasarían por sus mentes las mismas preguntas. Todos descendientes de una larga línea de la aristocracia Italiana, obligados por su ascendencia y juramento, a dar su vida para proteger a su Santidad.

Hasta hoy y por cientos de años, unas palabras que carecían de valor. Pero en éste día habían cobrado el significado por el cual, sesenta y un hombres a su cargo, ponían sus vidas en la línea, para cumplir el juramento, sin que ninguno de ellos vacilara por un segundo. Todos ellos habían aceptado unánimemente la oportunidad de defender a su Santidad y la insólita aventura y el honor de defender al Papa en el campo de batalla. Participando en lo que podría llamarse, la última carga de Caballería.

Ya pronto llegarían al lugar donde debían concentrar sus fuerzas y esperar hasta que las posiciones en la cueva, cayeran en mano de Anthony y sus hombre al mismo tiempo que los Gurkas tomaran las trincheras en la entrada del paso conducente al Valle, donde se encontraban la mayoría de las fuerzas terroristas.

Por las comunicaciones entre Anthony y el Coronel Perry, podía deducir que solo en unos pocos minutos, comenzaría el ataque.


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