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Pedro II El Romano - El Ultimo Papa?. La Iglesia en Nicaragua.

La Iglesia en Nicaragua


Pedro II El Romano - El Ultimo Papa...?

Cont. Capítulo VIII

La Iglesia en Nicaragua

En la pequeña aldea, de Nicaragua, en La Iglesia de La Caridad, en el templo, completamente lleno cada asiento. En el altar, un pequeño televisor ocupaba el lugar preponderante. En ella los detalles de la ceremonia se mostraban, y cada uno de los presentes, tenia sus ojos llenos de lágrimas y orgullo. Simón era allí venerado, como en muchísimos lugares del mundo, donde su generosidad era conocida mucho antes que nadie pensara en Él, como el representante de Cristo en la tierra. Don Fabián, el cura párroco, sin poder contener su enorme emoción, dejo correr libremente las lágrimas por sus mejillas.

Su orgullo, por la elección del hombre al que él, había contribuido principalmente en su conversión 35 años atrás lo veía hoy transformado en el Vicario de la fe, la máxima autoridad en la tierra de la Iglesia Católica. Finalmente componiendo su voz, en la misma forma que deliberaba sus sermones se dirigió a los fieles congregados en el templo, observando los acontecimientos a miles de kilómetros de distancia.

-Miren a nuestro Simón, verdaderamente el elegido de Dios para guiar a la Iglesia por estas épocas de incertidumbre. El Papa que esperábamos. Indicando con sus manos a los asistentes que se arrodillaran, dijo –Oremos. -Señor, te damos hoy gracias, por habernos dado un nuevo Papa, el cual, sabemos que está lleno de la bondad y generosidad poco comunes. Además de las virtudes de fuerza y coraje, amor a Dios y a los fieles e inocentes de este mundo.- y continuó, luego de una breve pausa. -Dadle Señor toda la ayuda que necesita, para que este siglo, verdaderamente pueda llamarse El de la paz y el entendimiento. -Amén -respondieron los presentes.

Los guardas Suizos, cerraron los ventanales, después de que el Papa, se dirigió a los fieles en la plaza. Aún se escuchaban las manifestaciones de alegría y el nombre de Pedro, repitiéndose entre la muchedumbre. En la sala, todos los cardenales aguardaban respetuosamente al Papa, esperando sus instrucciones. Dirigiéndose a ellos, el Papa dijo -Quiero agradecer a cada uno su espíritu de devoción y humildad, ya que desechando toda ambición personal, unánimemente han puesto su confianza en mí, para dirigir los destinos de la Iglesia que habéis presidido por un gran número de años. -Hizo una breve pausa, mirando al conjunto de los 35 Príncipes de la Iglesia, los cuales se encontraban en silencio, atentos a las Palabras del nuevo Pontífice. -Sé que es este un período de tribulaciones que nuestro Señor ya anticipó por medio de las revelaciones de Pablo. Podemos ver que las persecuciones han comenzado, no por las mismas razones, pero sí con el mismo objetivo.

Diferentes religiones culpan al Catolicismo, y otras ramas de la Iglesia, de los problemas que atraviesa hoy el mundo. Estamos en una encrucijada de caminos. Mi misión es llevar la comprensión a aquellos que quieran escuchar el mensaje de Fe, Esperanza y Caridad, no para una raza en particular o religión, sino para todos los habitantes del mundo. Convencerlos de que nuestra misión en la tierra es preparar a la raza humana, para alcanzar el paraíso prometido, y que son los mismos deseos que todas las religiones existentes tienen para aquellos que profesan su respectiva FE. -Ahora, -continuó -no quiero tomar más de su tiempo, pero no quiero que pase este día, sin agradecer nuevamente a cada uno de ustedes, el hecho de que hayan puesto vuestra fe, en mí.

Quiero que retornen a sus aposentos y disfruten de un merecido descanso por estas difíciles jornadas -al decir esto, su mirada, se posó en cada uno de los presentes, como si sus palabras fueran dirigidas personalmente y no al grupo. -Quiero tomar dos días, para orar, reflexionar y meditar, pidiendo la ayuda a nuestro Señor, para que me ilumine dándome la sabiduría necesaria, para enfrentarme a las dificultades que debemos superar. Quiero reunirme con ustedes, en dos días, para recibir sus consejos antes de que emprendan sus viajes de retorno a sus respectivos países. Sus ideas serán imprescindibles para mí y nuestra Iglesia en el futuro inmediato.

Dicho esto se dirigió a la doble puerta que lo conduciría al corredor que lo llevaría a su departamento privado. Pero antes de salir por ella dejó que cada uno de los cardenales se acercara a él, y le agradeció a cada uno nuevamente su fe y su voto. Cada uno besó el anillo del pescador que se había colocado en su mano izquierda, mientras que con su derecha, bendecía con un gesto, la cabeza de los príncipes de la Iglesia.

El Papa esperó hasta que el último de ellos saliera, deteniendo brevemente al Cardenal José Calvanti, el último en dejar la sala. -Monseñor –le dijo -quisiera verlo mañana a primera hora en mi despacho. -Será un placer para mí su Santidad -contesto éste. Simón, al notar a Leopoldo Travanti, en el corredor, le hizo señas para que se le acercara. -Leopoldo -Exclamó, sin detener su paso fuerte y firme que era su característica. -¿Cómo ha pasado esto? Monseñor Travanti, era uno de los más capaces obispos de la Iglesia. Un dedicado escolar, de 45 años de edad, con varios títulos Universitarios en su currículum, incluido el de doctorado en artes y derecho canónico, y capaz de hablar varios idiomas fluidamente. Tenía ya 15 años en el Vaticano. Los últimos 5 años, sirviendo como secretario privado del último Papa.

-¡Los designios del Señor, son misteriosos Su Santidad! –Contestó Leopoldo mientras trataba de permanecer junto al Papa, que continuaba caminando con paso firme. Al llegar a las puertas de su departamento, el Papa con una seña, lo invitó a pasar.

El living era una larga habitación decorada simplemente, si se tiene en cuenta como modelo, la artística decoración del palacio, de moldes dorados, amplios espejos, pinturas y esculturas, creadas por los extraordinarios artistas de todas las épocas. Esta habitación, si bien tenía en sus paredes las molduras características formando paneles para ser embellecidos por obras de considerable valor artístico, estaban desnudas de los mismos. Solo una maravillosa Última Cena, era el punto focal del mismo. Confortables sillones de cuero y elaboradas mesas junto a ellos, estaban diseminados por la habitación, algunos muebles y gabinetes eran el único adorno de la vasta sala. Una vez cerradas las puertas que separaban el cuarto del corredor, el Papa, le indicó un sillón a Monseñor Travanti y le pidió que se sentara. Mientras tanto, el Papa, se quitó cuidadosamente la doble corona de su cabeza y se sentó frente al Obispo.

-Tú has estado 5 años junto a Su Santidad, mi predecesor. Posiblemente más que nadie, tú conoces los íntimos pensamientos de Su Santidad acerca de los problemas que la Santa Iglesia está atravesando. ¿Hay algo que puedas recordar sobre su trabajo y que nosotros podamos continuar para efectuar un cambio en las tribulaciones que la Madre Iglesia y los seres humanos estamos padeciendo? –Se detuvo por un momento, mientras observaba el rostro de Travanti, el cual, sin expresar una palabra, movía su cabeza en un gesto negativo. Finalmente después de unos minutos contestó. -No que pueda pensar en estos momentos Su Santidad, -y continuó. -Solo que………pero NO! No tiene ningún sentido…. fueron sus ultimas palabras, pero posiblemente incoherentes. -¿Qué? -Interrogó prestamente el Papa. -Dime hijo, cada una de sus palabras cuenta. En ellas puede haber un mensaje que necesitamos dictado por el Señor.

-Sus últimas palabras fueron -dijo Travanti -Non’e per fuoco….e’ per bo…booo.rg……aaaaaa. Con estas últimas letras como su último suspiro, tomó mi brazo con inusitada fuerza. -Esperó unos segundos mientras el Papa, reflexionaba, tratando de encontrar algún sentido a esas palabras y continuó -Pero su Santidad, yo no prestaría mucha atención a esas últimas palabras, recuerde que estaba fuertemente sedado. -Dices que estaba bajo severa sedación? -Preguntó el Papa. -Si Su Santidad -Respondió -Pero le repito, tomó mi brazo casi diría violentamente, abriendo sus ojos, para luego morir recobrando una expresión de paz y tranquilidad -Non e’ fuoco, e` borggg -repetía el Papa -Que significa Borggg? ¿Crees que es sólo una palabra o es media sentencia? -¡No lo sé su Santidad! -Contestó -No le había prestado mucha atención hasta este momento, pero trataré de pensar si hay algo que pueda relacionarse con las conversaciones que he tenido con Su Santidad en el transcurso de estos últimos meses -y continuó -Tal vez, tendríamos que considerar que fuera una expresión casual, que se le escapara de su mente alterada por las drogas que le aplicaron para calmar el terrible dolor, o alguna memoria que apareció de pronto en mente.

Simón, lo contemplaba en silencio mientras Travanti hablaba pero movía su cabeza en forma negativa. -¡No! Leopoldo ¡NO! ¡NO! Hijo mío, no existen casualidades en la viña del Señor. Cada hecho, obedece a una razón, la correcta interpretación puede resolver un gran misterio. -continuó ¿Borge a? ¿Borgiii? ¿Borgga? piensa, mi querido Leopoldo. ¡piensa! Puede ser muy importante.

Mientras Leopoldo permanecía sentado, Simón se paseaba, como era su costumbre al enfrentarse un problema, a largos pasos por la habitación ante la mirada inquisitiva del sacerdote –Arregla que mañana el médico privado de su Santidad venga a hablar conmigo. Necesito información acerca de todas las circunstancias de su enfermedad y su defunción.

Además, –agregó -Me gustaría que alguien me diera diariamente una tour por una sección diferente del palacio, hasta que me encuentre familiarizado con él. Como dicen en Argentina “me encuentro como un perro en una cancha de bochas”, aunque tal vez más apropiado sería decir que, como Cristóbal Colón, no sabía a dónde iba y cuando llegó no sabía en dónde se encontraba. Esto causó una carcajada en el sacerdote que a duras penas trataba de reprimir sin éxito hasta que Simón se le unió en una franca y espontánea risa, que duro un par de minutos.

-La última te causó más gracia ¿No Leopoldo? ¡Ja ja ja ja! -Bueno supongo que mi dormitorio estará detrás de alguna de estas puertas. -Si su Santidad, esa a la derecha -dijo señalando una de ellas. -Gracias -dijo acompañando a Leopoldo hacia la puerta de salida de los departamentos. Mientras salía, escuchó que el Papa repetía -Berggia, Borge, Borggi…


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