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Pedro II El Romano - El Ultimo Papa? - Capítulo XVIII - Chiquitita - Cuando Monseñor Travanti abrió de par en par, apareció un pequeño cachorro de pelo negro con una mancha blanca en la parte izquierda de su cuello y pecho, con su cola rematada en un penacho del mismo color.

Chiquitita


Pedro II El Romano - El Ultimo Papa...?

Capítulo XVIII

Chiquitita en El Vaticano

El Papa, se encontraba en su despacho, leyendo papeles y escribiendo notas en un bloque de papel oficio amarillo. Como era su costumbre, dictaba también en su pequeña grabadora de mano, que nunca faltaba en su bolsillo.

Monseñor Travanti, después de golpear, entró al despacho y se acercó al escritorio esperando que el Papa pudiera atenderlo. En un momento, el Papa dejando su pluma, levantó su cabeza inquiriendo el motivo de la interrupción. -Perdón Su Santidad ¿Está usted muy ocupado? -No Leopoldo – contestó -¿Qué sucede? -Hay alguien muy importante aquí, sin previa cita, que pide verlo inmediatamente, y creo que si usted no lo toma a mal lo haré pasar ya mismo.

El Papa se quedó totalmente sorprendido por la inusual forma en que Leopoldo le había anunciado a su visitante, sin decir su nombre, solo que era muy importante. Trató de preguntar a Leopoldo, pero éste, sin darle lugar y con rápidos pasos, se acercó a la puerta.

Mientras tanto Simón, se levantó prontamente de su escritorio y se encaminó hacia la puerta de su despacho. Cuando Monseñor Travanti la abrió de par en par, un pequeño cachorro de pelo negro con una mancha blanca en la parte izquierda de su cuello y pecho, con su cola rematada en un penacho del mismo color, entró ladrando alegremente y corriendo hacia la figura de blanco. Simón se agachó para recibir a la pequeña perra, que lo saludaba lamiéndole la cara. -¡Chiquitita, qué alegría! -Le decía mientras permanecía arrodillado dejando a la perrita saltar alrededor y morderle suavemente sus manos. Los ladridos resonaban por la amplia oficina, y sus gemidos de alegría se escuchaban fuera del despacho. Los Sacerdotes y Monjas, miraban curiosos la inusual escena en el Recinto del Vaticano. ¡Ja ja ja! Reía fuertemente el Papa, mientras no cesaba de acariciar a Chiquitita.

Sus primos le trajeron el pequeño animal desde Palestina, hacía 3 años. Chiquitita era descendiente de otra perrita que la novia de Simón tenía antes de fallecer y que era una llamada Chiquitita. En la casa de Myriam, siempre había perros, y ella los alimentaba, cuidaba y bañaba. Al morir Myriam, y Simón permanecer internado en el hospital de Nueva York, Chiquitita quedó en la casa materna, en donde siempre dejaron una perra descendiente de la original.

Cuando tres años atrás una exactamente igual a la Chiquitita de Myriam nació, Ahmed, su hermano, llamo a Simón con las noticias. Simón envió su avión particular y un veterinario, para tramitar y facilitar todos los permisos, que permitieran su entrada a los Estados Unidos, aplicándole cuantas vacunas hicieran falta. Si bien esta perrita traía consigo una carga de recuerdos y dolor del pasado, Simón había depositado en ella, una forma mantener viva la memoria de la única mujer que había amado. Jamás pudo olvidarla. Todo cuanto había hecho, era en su honor y no importaron los años pasados, solo esperaba el momento en que pudiera encontrarse con ella. Algunas veces pensó en que, si no había un cielo después de esta vida, al menos el final de la existencia sería al mismo tiempo el final de su dolor. Pero por su fe tan poderosa sentía que debía cumplir una misión, cuál, no lo sabia. Aún así siempre pensó que El Señor tenía una para él. Su camino había sido trazado, lo sabia y hoy más que nunca conocía el rumbo que debía seguir.

Chiquitita había sido desde el primer día, la mascota de las oficinas ejecutivas de la Compañía de Simón. Permanecía acostada debajo de su escritorio y en cada reunión del directorio, a menos que estuviera en uno de sus paseos diarios. La llevaban en la Limusina hasta el Club de Golf del cual una de las corporaciones de Simón era dueña. Allí daba largos paseos por el magnifico entorno y era saludada por todos los asociados que sabían que era la perra más rica del mundo. Algunas veces, los agentes de seguridad que la acompañaban en todo momento, se quejaban ya que Simón no permitía que le colocaran que ninguna cadena o collar.

Ella estaba perfectamente educada y era obediente, pero a veces, algún pájaro o ardilla, hacía que todo el mundo a su alrededor tomara unos minutos de ejercicio, corriendo por el campo de golf, detrás de cualquier cosa que hubiera llamado la atención de Chiquitita.

Detrás de la perrita, ingresó el Padre Fabián, quien se arrodilló, esperando la atención del Papa que rápidamente se dirigió a él. Tomándolo por sus brazos le dio un fuerte y efusivo abrazo por varios minutos diciéndole -Mi querido Fabián. -Su Santidad -Dijo, mientras le besaba el anillo del pescador. Lágrimas de orgullo y satisfacción corrían por sus mejillas de ver que Simón, en la posición más importante del planeta en la Iglesia Católica Apostólica Romana, su amigo, sí era el ser humano más capaz para ocupar el trono de Pedro.

Chiquitita, seguía dando vueltas en torno a los dos hombres con sus ladridos y gemidos de llanto y alegría por ver nuevamente a Simón después de las 3 semanas que él había permanecido en Italia. Simón, dirigiéndose al sacerdote le preguntó -¿Cuando has llegado? -Acabamos de llegar. No tienes idea de los problemas que tuve en el aeropuerto: Que ¿Por qué el animal no usa collar? ¿Por qué no está en una Jaula? Finalmente averiguaron que llegamos en el avión privado del Papa, y todo se solucionó, pero tienes que ver las miradas que nos echaron. -Lo mismo sucedió en Wall Street cuando llegó. -Contestó El Papa. -

Después todo el mundo le compraba golosinas de perros a mis espaldas. Era el personaje más popular del edificio. -Dirigiéndose a Monseñor Travanti. -Leopoldo ¿Crees que tendremos problemas con Chiquitita en el Vaticano? -Su Santidad -Contestó este con una sonrisa, pasándole la mano por la cabeza a Chiquitita. -Usted puede traer un elefante, si así lo desea. -Bueno Fabián -El Papa se dirigió al sacerdote. -Tengo el resto de la tarde ocupada, Leopoldo atenderá a tus necesidades y esta noche cenaremos juntos en mi apartamento. -Y agregó -Mientras tanto quisiera que te ocupes de Chiquitita, Leopoldo -Dijo dirigiéndose a éste -Necesitamos alguien que pueda ocuparse de Chiquitita, que la lleve a caminar por los jardines y tenga cuidado de sus necesidades.

-Su Santidad, si me permite. -Intercedió Fabián -Me tomé la libertad de traer con nosotros a Rafael, usted sabe que sus padres son de Roma y con el cual Chiquitita tiene una larga relación de 3 años. Nadie mejor que él para cuidarla, además quería venir desesperadamente. -Gracias Fabián, fue lo mejor que podías haber hecho. -Contestó el Papa. -Bueno todo está resuelto. -Y continúo con voz mucho más baja. -Espero que habrás traído algunas botellas de mi despacho, antes de que desaparezcan en las manos de mis sucesores. -Pude poner varias cajas de Chateu Laffitte en la bodega del avión, estarán en su bodega personal después que las pasen por Aduana, Su Santidad. -Contestó Fabián, con una sonrisa de complicidad. A lo que el Papa contestó con una carcajada diciéndole -Me has dado una gran alegría llegando aquí con Chiquitita. La verdad es que extrañé ese pequeño cuerpecito y sus muestras de cariño. Ahora vete y nos veremos esta noche.

Fabián nuevamente se arrodilló y besó el anillo Papal. Se podía ver que Simón se sentía un tanto abochornado por la acción, pero sabia que era parte del protocolo y que Fabián de ninguna manera aceptaría no seguir el debido ritual aunque Simón se lo ordenara. Chiquitita, se quedó mirando a Fabián en dirección a la puerta. Sin saber que hacer miró al Papa, hasta que éste le dijo -Ve con Fabián Chiquitita. -Con lo que obedientemente, comenzó a trotar detrás del sacerdote que ya estaba en la puerta esperándola.

En la antecámara, varias personas que esperaban audiencia con el Papa miraban curiosos la escena inusual de un perro en los sagrados recintos del Vaticano. Entre ellos se encontraban los Cardenales Giulianni y Gallelli.

El Cardenal Giulianni comentó un tanto sarcásticamente- -¡Quién sabe que otras maravillas nos deparará el futuro! -¡Vamos Giulianni! –dijo el Cardenal Gallelli -¿Nunca tuviste un perro cuando niño? -y agregó con un gesto irónico -En esos tiempos remotos andaban sueltos por las calles, o los usaban en el Circo Romano. –dijo ante la mirada fulminante del Cardenal Giuliani, la que de pronto se convirtió en una sonrisa al decirle -Espero que no necesites mi voto para Papa. -Luego entraron al despacho mientras Leopoldo cerraba la puerta detrás de ellos, sonriendo por los comentarios que acababa de escuchar.


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