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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo XXII - Rumbo a Colombia - Unas horas después ya se vislumbraba la selva amazónica colombiana, la llamada selva virgen, habitada principalmente por tribus indígenas. Zona de sierras, de ligeras lloviznas y temperatura estable. Allí, cercano al caserío Yaguara, encontrarían la camuflada pista de aterrizaje y al tan famoso jefe Saturnino

Rumbo a Colombia


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XXII

Rumbo a Colombia

El Jet que transportaba a Susan aterrizó sin problemas en el aeropuerto privado Yamoussoukro, en la Costa de Marfil. Las autoridades dieron el visto bueno, y aprobaron sin cuestionamiento el permiso médico a cambio de una fuerte suma de dinero.

La República de Costa de Marfil, que cubre una superficie de 322.460km², es un poco más grande que el Estado de Nuevo México en EE.UU. Su precaria economía la hacía un lugar ideal para realizar operaciones ilícitas internacionales, dada la burocracia oficial y el uso de gratificaciones para cambiar la apariencia de los hechos.

Una vez en pista, y a pesar de que el destino informado a las autoridades era el aeropuerto de Londres, se llenaron los tanques del avión como para un vuelo transatlántico, lo que nadie cuestionó. Una hora después, el avión despegaba hacia el verdadero objetivo, un aeropuerto clandestino en la selva de Yaru.

Unas horas después ya se vislumbraba la selva amazónica colombiana, la llamada selva virgen, habitada principalmente por tribus indígenas. Zona de sierras, de ligeras lloviznas y temperatura estable. Allí, cercano al caserío Yaguara, encontrarían la camuflada pista de aterrizaje y al tan famoso jefe Saturnino, asociado recientemente a las operaciones que Lord Whittaker tenía a su cargo para la distribución de drogas en todo el continente europeo.

Con sólo veinticinco años de edad, había heredado de su padre el mando de la gavilla de narcotraficantes y la amistad con las diferentes agrupaciones nativas. La astucia que lo caracterizaba como líder y el mismo valor y desenfado con que manejaba el machete o cualquier arma que cayera en sus manos, magnificaba su imagen. Este mestizo hablaba varias lenguas propias del lugar, tales como la maku, tucano, witto-bora y ticunas y manejaba el laboratorio "Tranquilandia II" –así se lo conocía–, un campamento de unas ciento cuarenta chozas agrupadas en forma de poblado y unas doscientas diseminadas en los alrededores de la selva y las colinas circundantes.

Adyacente a la cuenca del rio, el laboratorio completamente camuflado, pese a su apariencia de choza con paredes de troncos y techos de paja y ramas, era un complejo de elaborados túneles en los que se realizaban las diferentes preparaciones químicas de la cocaína que culminaban en la zona de empaquetado y embarque mediante tubos de transporte hasta el hangar donde se encontraban los aviones. Las paredes interiores de los edificios y los túneles eran similares a cualquiera de los laboratorios más avanzados del mundo, con sofisticados y modernos equipos químicos.

Más de veinte pequeños tractores se encontraban en movimiento entre las plantas y los arbustos cultivados en grandes contenedores de madera, montados sobre ruedas que se movían hacia la pista de aterrizaje, logrando un perfecto camuflaje, imposible de detectar desde el aire si no se poseían las coordenadas correctas. La operación era en extremo eficiente y sólo se tardaba treinta minutos en despejar o cubrir la pista.

Siguiendo los procedimientos, el aparato que transportaba a Susan aterrizó en el aeropuerto de “Tranquilandia II”. Una enfermera que había acompañado el vuelo de cuarenta y ocho horas, comenzó a despertar del sopor a Susan. Una vez que lo consiguió y logró que caminara, la condujo con ayuda de otros hombres fuera del aparato a una oficina dentro del hangar, y por una escalera a un corredor que a primera vista parecía un tubo, con sus paredes y cielo raso forrados con chapas de metal corrugado.

Después de recorrer casi doscientos metros, doblaron a la izquierda y a los pocos metros subieron por una escalera hasta llegar al nivel de la superficie, aproximadamente cuatro metros, hasta llegar a una habitación que parecía ser parte de una casa con unas pequeñas ventanas con rejas de hierro, por las que Susan alcanzó a ver algunos árboles con pájaros multicolores en sus ramas.

Finalmente, decidió preguntar a su captora: — ¿Dónde estoy y por qué me secuestraron?

—Señorita, estoy aquí sólo para cuidarla—dijo la enfermera—. Ya vendrá alguien para explicarle su situación.


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