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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo X - Roma - El Vaticano -Su oficina en el Vaticano se encontraba llena de manuscritos, en especial del primer siglo de nuestra era. Otros estaban en la biblioteca secreta del Vaticano a la que ella tenía acceso por autorización del Cardenal Gallelli y algunos otros archivos, con el permiso del Papa.

Roma - El Vaticano


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo X

Roma - El Vaticano

La hermana Rosa Fernand estacionó su pequeño Fiat y al bajar del auto y abandonar el confort del aire acondicionado de su vehículo sintió el calor opresivo de esa mañana de junio.

“Gracias a Dios no tenemos la obligación de usar el hábito negro”, pensó. Pero igual apresuró sus pasos para recorrer los doscientos metros hasta la entrada de las oficinas del Vaticano. Una vez en el hall central se dirigió a uno de los tres ascensores que la llevarían al piso donde se encontraba su oficina, una de las más amplias del séptimo bajo nivel, con un anticuado pero excelente sistema de renovación de aire; sólo carecía de las ventajas de la luz solar.

Se trataba de un espacio amplio, pero con las paredes cubiertas en su totalidad de bibliotecas con pesados y antiguos volúmenes, y scrolls , algunos auténticos y otros de reproducción casi perfecta.

La hermana Rosa medía un metro sesenta y pesaba, aproximadamente, unos sesenta kilos. Tenía un rostro bello y sus enormes ojos castaños no representaban, por el momento, sus cincuenta años, de los que treinta dos, los había dedicado a servir a Dios. Primero había sido asistente enfermera en un hospital de Tel Aviv, donde había aprendido el hebreo. Allí se le había asignado, de modo permanente, el cuidado de un rabino de edad muy avanzada. Durante tres años –hasta la muerte del hombre– la hermana Rosa perfeccionó su hebreo, no sólo por los diálogos extensos con el enfermo, sino también por las lecturas de la biblioteca que el Rabino tenía en su cuarto.

Estas lecturas de los libros y sus notas se referían, exclusivamente, a las investigaciones realizadas por el Rabino durante toda su vida dedicada al estudio del hebreo de uso cotidiano, de los siglos anteriores y posteriores al nacimiento de Cristo. Generalmente los especialistas y estudiosos toman el lenguaje con que están escritos los libros religiosos y no la lengua de la calle y dialectos de diferentes áreas del país.

El Rabino había despertado en ella la pasión no solo por el lenguaje del individuo común de Jerusalén, sino además por los antiguos documentos y sus transcripciones. Rosa recordaba su sorpresa cuando se le notificó que era la heredera de esa magnífica biblioteca con todas sus notas y monografías.

Esos tres años fueron para ella el comienzo de los siguientes treinta de estudios e investigaciones que la convirtieron en una de las más expertas traductoras e intérpretes de documentos antiguos en el mundo; junto con los estudios de arqueología e historia, especialmente de los primeros siglos de la era cristiana. Su especialidad eran los textos religiosos, pero también el lenguaje común y algunos de los dialectos.

Su oficina en el Vaticano se encontraba llena de manuscritos, en especial del primer siglo de nuestra era. Otros estaban en la biblioteca secreta del Vaticano a la que ella tenía acceso por autorización del Cardenal Gallelli y algunos otros archivos, con el permiso del Papa.


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