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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo XVIII - Robo en el Vaticano - Daniel había seleccionado cuidadosamente a los individuos que se utilizarían en la “Operación Vaticano”: Maurice Phearson de cuarenta y cinco años, un especialista en cajas fuertes que había sido contratado para algunas operaciones privadas en busca de tesoros históricos para Lord Whittaker.

Robo en el Vaticano


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XVIII

Robo en el Vaticano

Daniel había seleccionado cuidadosamente a los individuos que se utilizarían en la “Operación Vaticano”: Maurice Phearson de cuarenta y cinco años, un especialista en cajas fuertes que había sido contratado para algunas operaciones privadas en busca de tesoros históricos para Lord Whittaker. Había purgado varias condenas por intento y robo de bancos, era conocido como la Llave ya que no había cerradura que pudiera resistirse a su toque mágico.

Un segundo hombre: Bob Young, el Designer, especialista en robos a exclusivos modelos de famosos modistos. Había trabajado con gran talento, en su juventud, en los conocidos salones del haute Couture de París hasta que su adicción a las drogas y el bon de vivre lo hicieron aterrizar en la cárcel. Dada su virtuosidad en el dibujo y el arte, se había especializado en la falsificación de cuadros y documentos, profesión de la que Lord Whittaker hizo uso en varias de sus aventuras comerciales, especialmente por sus conexiones con el mundo de las drogas ilícitas y con exportadores e importadores de las substancias prohibidas.

Otro era Charles Mathis, un huérfano que se crió en un circo. Era uno de los más expertos trapecistas y equilibristas del circuito europeo hasta que un robo en la caja del circo, a pesar de ser inocente, lo condujo a la cárcel, donde conoció a Maurice y a Bob. Los tres formaron una amistad de por vida y no tardaron mucho en entrar al servicio de Whittaker, ya que sus habilidades los hacían indispensables en muchos (sino todos) los trabajos del Lord.

Andrew Johnson era un ex marino entrenado como comando y experto en explosivos. Había cometido un único crimen: intentar matar su esposa y a su amante con una carga explosiva en el auto de éste, lo que lo llevó a la cárcel con una pena de diez años, de las que sólo cumplió cinco por buena conducta. Naturalmente su eficiencia en explosivos y artes marciales eran cualidades que servían perfectamente al equipo de Lord Whittaker.

Maurice, Bob, Charles y Andrew estaban dando los últimos toques a su maquillaje y a su ropa. Supervisados por Bob, los cuatro hombres se habían transformado en cuatro mujeres de mediana edad para pasar como mucamas de la compañía de maestranza contratada por el Vaticano, lo que les permitiría el libre acceso a las oficinas para alcanzar su cometido. Una vez que Bob estuvo satisfecho con su apariencia subieron al automóvil que los conduciría a la Plaza San Pedro. Maurice y Bob habían estudiado y memorizado por horas los planos del lugar, cada pulgada de los corredores y el lugar donde debían esconderse, que estaba siendo remodelado. Confiaban que una vez allí y considerando que eran lo suficientemente experimentados, encontrarían un lugar donde esconderse.

Charles y Andrew, a una hora determinada tendrían que comenzar una discusión en los corredores para permitir a los otros dos tomar los documentos y desaparecer del lugar, confundiéndose entre la multitud de la Plaza. Una vez en ella, los cuatro hombres se mezclarían entre la multitud de trabajadores, que a media noche comenzaban su labor en los lugares públicos.

Cuando llegaron al edificio, Maurice y Bob se alejaron del grupo. El encargado de las tareas de limpieza que había recibido su compensación, hizo caso omiso de la falta de dos las operadoras. Enseguida se dirigieron a la oficina asignada a la Hermana Rosa en el segundo nivel subterráneo. Maurice hizo gala de su idoneidad al abrir la cerradura en solo unos minutos. Aún no se habían hecho los cambios en la seguridad de la oficina y la operación, tal como lo habían supuesto, no les llevó más de veinte minutos, y una vez adentro, encontraron un closet, donde hicieron lugar para ocultarse. Charles y Andrew al mismo tiempo colocaban los dispositivos explosivos que provocarían el humo, no tóxico, pero suficiente para causar pánico en las oficinas de los distintos niveles. Ambos traían un pequeño tanque y una máscara plástica con oxigeno, en caso de que fuera necesario. Ese mínimo equipo les permitiría salir del edificio sin mayores problemas.

Dentro del closet, Bob sostenía el dispositivo electrónico que accionaría una vez que tuvieran en sus manos los documentos. A pesar de su experiencia, las horas parecían transcurrir lentamente para ambos hombres encerrados acrecentando el nivel de adrenalina, que en general los invadía antes de dar un golpe. A las ocho y media, el comandante Thomas, los dos guardias suizos, el cardenal Gallelli con una caja en sus manos y la hermana Rosa entraron a la nueva oficina. Una vez dentro y cerradas las puertas, el Cardenal Gallelli le explicó a la hermana Rosa:

─Hermana, venimos del estudio de Walter y solo traemos el scroll de cobre que ya fue fotografiado, pero aún falta hacer lo mismo con el otro. Este llevó mucho más tiempo de lo esperado y no quisimos demorarnos, sabemos que usted espera en unas horas a un importante grupo de especialistas para comenzar los estudios preliminares─.

─Gracias Cardenal, con éste será suficiente hasta que llegue el otro — dijo Rosa.

En ese momento, el ruido de una puerta al abrirse llamó la atención del grupo, que de pronto se vio enfrentado a dos pistolas 45. Maurice y Bob se habían cambiado las ropas con las que habían entrado la noche anterior, pero se habían dejado el maquillaje para no ser reconocidos, en caso de que hubiera visores televisivos de seguridad.

─ ¡Silencio! ─les ordenaron.─ Ni una palabra, manos hacia arriba y todos de frente a la pared─. Con rapidez, los hombres los fueron esposando a uno a uno, sellándoles además las bocas con una tela adhesiva con militar eficiencia. Sin ninguna prisa tomaron el scroll apoyado sobre una de las mesas y con todo cuidado lo pusieron en una mochila acolchada para protegerlo de cualquier golpe o caída.

Sólo cuando Bob estuvo convencido de que no había más nada que hacer en esa oficina, y podían escapar, tomó el detonador digital y accionó el botón. En segundos se escuchó una detonación en el piso de abajo. De inmediato se activó la alarma y, casi al mismo tiempo, se escuchó a la gente que corría por los corredores, momento que fue aprovechado por los bandidos para salir, cerrar la puerta con llave y mezclarse con los que trataban de evacuar el edificio. La carga en el corredor explotó tal como estaba programado y así también, sucesivamente, lo harían cada diez minutos las que se encontraban en cada piso. Los anteojos y el pequeño respirador, similar al usado en los aviones, les daban a los bandidos una enorme ventaja para poder eludir todos los obstáculos, y en solo pocos minutos, encontrarse en la plaza a la que ya llegaban, haciendo sonar sus sirenas, los coches de policía. Con rapidez llegaron al auto que los esperaban en el que de inmediato festejaron el éxito de su misión.

En el Hotel Westin Excelsior, sobre el 125 de la Via Vitorio Veneto, los esperaba el Profesor Aviel, quien sin decir una palabra tomó el paquete que le entregaron. Una limusina que lo aguardaba lo conduciría a un aeropuerto privado en las afueras de Roma. Mientras viajaba, Aviel luchó contra la tentación de abrir la mochila y examinar los documentos. “Esperaré hasta que lord Whittaker lo haga”, pensó. Ya le había adelantado las buenas noticias por teléfono.


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