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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo XXIII - Preparacion del Comando - En Castel Gandolfo, en el nuevo complejo de oficinas y centro de estudios, Walter había organizado una reunión. Anthony ya había llegado a las siete y ambos se encontraban conversando, mientras esperaban la llegada de los demás.

Preparacion del Comando


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XXIII

Preparacion del Comando

En Castel Gandolfo, en el nuevo complejo de oficinas y centro de estudios, Walter había organizado una reunión. Anthony ya había llegado a las siete y ambos se encontraban conversando, mientras esperaban la llegada de los demás: el comandante de la Guardia Suiza, Thomas Kutchenmeister, y Nicholas, jefe de la gendarmería del Vaticano. En las paredes colgaban cuatro gigantes pantallas digitales de televisión.

Cuando estuvieron todos presentes, se abrieron las puertas dobles de entrada y apareció el mayor Hugo Surraco, una figura conocida y respetada por su actuación y coraje frente al enemigo en Jabal al-Nusyriyah, Siria.

—Señores —dijo con su acento inglés—. Les pido perdón por mi tardanza. El hombre lucía su completo y elegante uniforme militar.

—Caballeros —continuó Walter—, lo que están viendo en la pantalla es lo que ocurre en este momento en un remoto lugar de la selva de Yaru, en Colombia. La imagen proyectada desde los satélites mostraba una densa selva tropical, un río serpenteando desde unos cerros formando algunas cascadas de agua, unos claros entre los tonos de verde de las diferentes especies de árboles, y una espesa vegetación en la que se observaban un grupo de pequeñas casas, muy cerca una de las otras, unidas por una red de calles de tierra de no más de cinco metros de ancho. En el poblado se veía escaso movimiento de nativos.

—Ahora observen lo que sucede cuando aplicamos el zoom —dijo Walter a medida que los lentes ampliaban las imágenes—. Y los hombres observaron entonces los detalles del pavimento asfáltico de la pista de aterrizaje, los cajones de montaje con sus ruedas de traslado y la madera que era usada para hacer crecer las plantas. Las chapas de metal que cubrían la estructura del hangar estaban pintadas con colores en tonos verdes amarronados similares a los usados para el camuflaje.

—Ahora observen la pantalla número uno —señaló Walter. En ella se veía el mismo poblado y un punto luminoso y titilante de color rojo que se movía lentamente dentro del hangar, luego el punto salió del edificio y caminó en línea recta, pero ninguna figura apareció en el exterior. Al mismo tiempo, una serie de números al costado de la pantalla mostraba 4,5 metros.

—Estas cifras —aclaro Walter—, es la medida aproximada de profundidad del nivel +0.00. ¿Qué nos dice? Que la comunicación entre los distintos edificios es subterránea,

—Eso les da una gran ventaja si hay un ataque —agregó Anthony.—. Ya que pueden atacarte por la retaguardia o bien pueden desaparecer completamente. ¿Qué opinas Hugo? — le preguntó al Mayor Surraco.

—Anthony, este es un terreno en el que mi personal está acostumbrado a desenvolverse, pero me gustaría saber cuántos hombres tienen, con qué clase de armamento cuentan y tener un detallado mapeo de los túneles. Evidentemente, ellos esperan tarde o temprano un ataque y esos pasajes subterráneos son un arma importante para desarrollar una estrategia —y guardando silencio por unos momentos, continuó –. Mira Anthony, tengo un mes de vacaciones y permiso para ayudarte. Mi regimiento de treinta y tres hombres, para los cuales he solicitado la misma licencia, está a tus órdenes. ¿Cuándo tendrías una información completa del área?

—Considero que de tres a siete días, pero necesitaríamos la ayuda de alguien que conozca la zona —sentenció Walter—. En una hora llegará el señor Baldeón, conocido escritor y periodista colombiano, que es agregado de la Embajada de Colombia en Roma y nos visitará para prestarnos información de las áreas y cómo podríamos desarrollar nuestro plan táctico de la zona. Además el director de la CIA lo ha recomendado especialmente.

Luego de estos comentarios, Walter, Anthony, Hugo, Thomas y Nicholas continuaron estudiando las fotos de los satélites con las imágenes magnificadas para encontrar la forma de ejecutar un asalto a la base de los secuestradores. A las diez en punto, el señor Baldeón, el Cardenal Gallelli y el Cardenal Menabrito, este último primado de México, fueron anunciados en la sala de conferencias. El Cardenal Gallelli introdujo al señor Baldeón al grupo, mientras tanto Anthony después de saludarlo, le explicaba acerca del secuestro de Susana sin que se comentaran las otras circunstancias por las que se llevó a cabo. Walter mostró las imágenes de la selva, a las que el señor Baldeón reconoció de inmediato.

—Señores, creo que de acuerdo con las conversaciones que mantuve con los Cardenales, ustedes necesitan un informe acerca de las condiciones locales de ciertas áreas de Colombia. Desearía brindarles una somera información que les permitiera obtener de alguna una manera una visión real de lo que significa un secuestro en esos lugares que están observando. Mi experiencia de más de 28 años en mi profesión de periodista y como colaborador con la DNE en Colombia, y el compartir a diario los continuos conflictos me dan esta autoridad para informarles. Y durante casi media hora, sin interrupción, puso en conocimiento de los presentes la forma de trabajar de los traficantes de narcóticos, las guerrillas etc. Para todos quedó claro que:

–Colombia y su gente han venido sufriendo la persecusión implacable de dos grupos guerrilleros: las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), unidos a los narcotraficantes. -Todos estos grupos tienen un objetivo principal que es el secuestro, no importa de quién. Secuestran a industriales, ganaderos, políticos, policías, militares, e inclusive a toda persona común aunque no sea acaudalada.

─Secuestran a los ganaderos o industriales que no paguen la contribución obligatoria llamada la “vacuna”. Esta vacuna es mensual y en el caso de los ganaderos es por cada res.

─También actúan sobre los comerciantes en los pueblos y ciudades, y el pago es por cada almacén o producto que tenga el comerciante. Obligan al industrial (por ejemplo, al vendedor de cerveza) a pagar por cada cerveza que se vende.

─Reciben financiación también del narcotráfico. Hoy no existen mayores narcotraficantes que los guerrilleros. El señor Baldeón agregó: —Por lo que conozco de los secuestrados que fueron liberados o escaparon, les puedo decir lo siguiente: Nunca los secuestrados están en un sitio fijo, los mantienen caminando todos los días, cruzan de una zona o departamento a otro, siempre acompañados por grupos de ocho a diez guerrilleros. Por lo general los secuestrados están atados por el cuello y por las manos y los pies, con cadenas y candados. Duermen en lo que llaman “cambuches” construidos con madera de árbol a treinta centímetros del piso para evitar que se mojen cuando llueve –lo que sucede casi todo el tiempo– y para evitar ser dañados por animales. Los hombres se cubren con plásticos negros o por hojas gigantes que existen en la región, se alimentan la mayor parte del tiempo con arroz, lentejas o frijoles, papa o yuca. Beben agua de los arroyos, que es la que también le dan de tomar a los secuestrados.

─A pesar de todo lo ante dicho, hoy mi país, Colombia, está luchando por conseguir la estabilidad y creo que con la ayuda internacional estamos en camino de armar el aparato policial que pueda construir una Seguridad Nacional. Todo esto que he enumerado son los casos extremos, de los que hoy hay muy pocos porque se los ha combatido y los que aún existen son por la afluencia de dinero que reciben del narcotráfico.

–Dices que los secuestrados, mujeres y niños, son contínuamente trasladados de una a otra localidad —interrumpió Anthony— ¿Crees que harán lo mismo con Susan?

—Es muy difícil de predecir —contesto Baldeón—, ya que esto es un secuestro internacional, y no ha sido perpetrado por la guerrilla regular que opera en nuestro país. El rescate que han pedido o pedirán puede condicionarse a una conversación internacional, lo que es imposible desde el medio de la selva. Por lo que he visto del área en que se encuentra ahora, esta gente tiene herramientas muy sofisticadas, transportes y aviones preparados, que en pocos minutos estarían en pista levantando vuelo. —Sí, es verdad —interrumpió Hugo—. Con las panorámicas que hemos observado, deben pensar que son impenetrables al radar y a una posible fuerza de rescate. Deben sentirse muy seguros. —Estoy de acuerdo contigo —contesto Anthony—. Creo que podemos armar un plan estratégico contando con que Susan permanezca en ese lugar, que incluya movimientos tácticos alternativos en caso de que traten de moverla a otra población.

—Anthony —dijo entonces el Cardenal Menabrito —. La Iglesia tiene contigo y tus hombres una gran deuda de gratitud, la que nunca podremos pagar. Como ustedes saben he pasado gran parte de mi vida durante los años de mi formación eclesiástica como misionero en esa parte de Colombia. Estimo mucho ese país y a su gente, creo que soy respetado entre las poblaciones indígenas y todavía —agregó con una sonrisa— puedo hablar algunos de los dialectos del lugar. Te pediría entonces que me permitas viajar a la región para observar y para averiguar lo que pueda serles de utilidad para la liberación de Susan.

—Su Eminencia, le agradecemos de todo corazón su oferta para colaborar —contestó enseguida Anthony—. Pero no podemos arriesgar su vida. El señor Baldeón, que tiene experiencia en esta clase de tareas, se ha ofrecido gentilmente para servirnos como punta de lanza en el área. —Anthony —insistió el Cardenal—, Susan escaló sola y de noche una montaña; una pared vertical para rescatar a su Santidad y ahora que necesita ayuda, ¿vas a negar a un príncipe de la Iglesia que haga lo mismo por ella? Es lo menos que la Santa Iglesia puede hacer.

—Su Eminencia, “welcome to the team” —dijo Anthony con la voz un tanto quebrada por la emoción.

—Esto ya lo hemos conversado y decidido con Su Santidad. Salgo esta tarde en una visita a los grupos indígenas de la región. Su Santidad Pedro II, gentilmente, me ha facilitado su avión privado y luego de pernoctar una noche en la Capital, viajaré a la Selva del Yaru. Posiblemente mañana estaré allí —y dirigiéndose a Walter le pidió: —Walter voy a necesitar un asistente que me instruya durante mi viaje y, si es posible, que permanezca conmigo para poder comunicarme con el grupo.

Creo que las “vestiduras de misionero” serán un gran cambio para alguno de tus colaboradores... —terminó agregando después de una pausa que todos celebraron con sonoras carcajadas.


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