+
El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo XXVII - Operacion Colombia - El Cardenal Menabrito descendió del helicóptero que lo transportaba. Varios vehículos todo terreno, pertenecientes a la DEA, lo esperaban a su llegada. El señor Baldeón y otro individuo se acercaron.

Operacion Colombia


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XXVII

Operacion Colombia

El Cardenal Menabrito descendió del helicóptero que lo transportaba. Varios vehículos todo terreno, pertenecientes a la DEA, lo esperaban a su llegada. El señor Baldeón y otro individuo se acercaron.

—Su Eminencia —dijo el señor Baldeón—. Permítame presentarle al agente especial Alex Bierregaard, quien nos acompañará y le informará de algunos problemas en los que usted puede ayudarnos. Como usted tal vez se ha enterado, se ha llevado a cabo un atentado contra el famoso líder de los narcotraficantes Saturnino... Creo que usted lo conoce.

— ¡Yo! —exclamó asombrado el Cardenal. —Sí, su Eminencia, Saturnino asistió a las clases de la escuelita nativa de la Parroquia de la Virgen de Guadalupe, fundada por un misionero llamado Padre Héctor Menabrito. —Ahorita sí —contestó con una sonrisa, recordando ese lugar tan añorado por su corazón—. Saturnino estuvo ocho años con nosotros, creo que desde los siete hasta los quince. Era muy inteligente, fue nuestro monaguillo durante mucho tiempo —el Cardenal se quedó en silencio unos minutos antes de continuar—. Me dices que está herido, y me parece imposible creer que Saturnino tan profundamente religioso y buen alumno en la escuela, pueda haber descendido tanto. Si no les parece mal, me gustaría verlo. ¿Está herido de gravedad? —preguntó.

—Tiene varias heridas de bala —le informo Alex—. Una muy cerca del corazón. Están esperando la llegada de un cirujano especialista para extraerla; sus chances de sobrevivir son muy pocas, y a pesar de haber sido traicionado por sus mismos camaradas, se ha rehusado a darnos información alguna.

Su eminencia —continuo Baldeón—, quisiéramos pedirle si pudiera hablar con él, tal vez a usted le dará la información que necesitamos. —Caballeros —contestó rápidamente—. Si me lo dijera, yo no podría traicionar el secreto de confesión. — ¡No!, Padre —contestaron al unísono los dos hombres—. Queríamos que usted hablara con él, aunque en verdad no sabemos si nos permitirán hacerlo —el señor Baldeón se quedó en silencio unos momentos y luego continuó—: Pensamos que tal vez a usted le dijera algo que nos fuera de utilidad para atacar el complejo y rescatar a la señorita Susan. —Siendo así, cuenten conmigo. ¿Vamos ya al hospital? —Sí, su Eminencia —contestó Alex.

Las dependencias de la DEA se encontraban dentro de unas veinte hectáreas, a unos veinte kilómetros del lugar donde había aterrizado el helicóptero que había transportado al Cardenal Menabrito. Se trataba de varios edificios prefabricados, que conformaban un complejo de oficinas y vivienda para el personal para más de treinta hombres de seguridad, galpones y talleres, y una sala de primeros auxilios equipada como un hospital militar de campaña.

Una vez dentro, los vehículos se detuvieron en el hospital. Al entrar a la sala de recepción, Alex se dirigió a la oficina privada donde le informaron que el cirujano estaba operando a Saturnino hacía tres horas. Esperaban que se demoraría una hora más y no se le podría dar permiso para hablar con el paciente por veinticuatro horas, después de haberse completado la cirugía.

Cuando la operación terminó se informó que el paciente, salvo alguna complicación, estaba fuera de peligro y el Cardenal Menabrito y Baldeón fueron conducidos a una casa de huéspedes habilitada para alojar a miembros de la organización, de paso por el área.

Mientras transcurría esa noche en Colombia, Anthony, el Mayor Hugo, el comandante Thomas, y el comandante Nicholas con sus hombres, volaban desde el aeropuerto militar en las inmediaciones de Roma, rumbo a la base americana de Guantánamo en Cuba, desde donde se lanzaría el grupo de comandos hacia Colombia para rescatar a Susan. Los C-130 Gunship se encontraban ya en Guantanamo, con su carga de equipos, armas y municiones listos para la operación.

Se estimaba llegar a Guantánamo a las ocho, descansar cuatro horas, estudiar el terreno desde donde se lanzarían en paracaídas a media noche –seis millas del aeropuerto secreto–. Recibir los microchips, con los que Walter podría conocer la posición de cada uno de los hombres en la zona de combate y guiarlos con la radio transmisora en el área.

Mientras tanto, el Cardenal Menabrito se encontraba desde la siete en la sala de recepción del hospital, esperando que Saturnino se restableciera lo suficiente para dar, en caso que consiguiera convencerlo, las informaciones que ayudaran al rescate de Susan. Había sido informado por Walter que a medianoche los Comandos bajarían en paracaídas a pocos kilómetros de distancia de la base de los secuestradores y harían el trayecto a pie por la selva. Cualquier información que evitara que alguien del grupo cayera en una trampa, aportaría al éxito de la misión.

El grupo ya se encontraba en la base de los Estados Unidos, en Guantánamo, Cuba haciendo los preparativos para iniciar el operativo a las nueve. Recién a las once y media, después de cuatro horas y media de espera, se acercó uno de los médicos para informarle a Menabrito que podía ver al paciente. Mientras lo acompañaba hasta la sala en la que se encontraba Saturnino, le advirtió: —Su Eminencia —dijo—. Debe usted limitar el tiempo que hable con el paciente, cualquier indicio de agotamiento, dificultad al respirar, llame de inmediato a la enfermera.

Saturnino se encontraba cubierto por un cubrecama de un blanco purísimo que ofrecía un gran contraste con la tonalidad oscura de su piel, acentuada además por la exposición al viento y al sol. El Cardenal observó el cuerpo tendido: el de un hombre maduro más allá de su edad real, no el rostro redondo y alegre del muchacho que se complacía en servir a los demás y siempre con una sonrisa. La persona que veía ahora tenía un rostro duro y una expresión seria, que aún podía adivinarse a pesar de todos los tubos que lo conectaban y del efecto de las drogas inyectadas como calmantes en su cuerpo. Los ojos de Saturnino estaban cerrados. No dormía, pero era como si deseara hacerlo. De pronto, los abrió, parpadeando un tanto, ya que la figura de Menabrito con sus vestiduras de Cardenal, llamaron poderosamente su atención. Con voz débil susurró al reconocerlo: “Padre Héctor (nadie lo llamaba así desde hacía años) ¿Qué hace usted aquí, Padre?”.

—Aquí me ves, hijo mío —contestó—, visitándote. —Padre Héctor, tiene que irse de aquí. Pedraza me quiso matar, va a querer matarlo también —dijo Saturnino con la respiración agitada, lo que hizo que la enfermera, que se encontraba frente al monitor, se acercara apresuradamente. Pero el Cardenal logró tranquilizarlo.

—Saturnino, escúchame con cuidado. Tú has sido traicionado por un hombre poderoso en Europa, que compró tu lealtad con el dinero necesario para montar una gran organización, pero una vez que la misma creció del modo en que lo hizo decidió que tu eras muy peligroso para él, así que también compró a tus hombres, quienes trataron de asesinarte —le explico el Cardenal.

—No se preocupe, Padre Héctor —dijo Saturnino—. En poco tiempo estaré bien y cuando mejore, los mataré a todos. —Saturnino, ¿sabes dónde te encuentras? —le preguntó el Cardenal. —En un hospital —contestó. —No, hijo mío, en manos de la DEA, y no te darán menos de treinta años de condena. Los signos vitales del paciente se agitaron y la enfermera se acercó con una hipodérmica, pero Saturnino logró reaccionar antes y le dijo al Cardenal: “Padre Héctor, no quiero que me metan adentro”. —Lo comprendo, hijo mío, pero tú tienes que pagar el daño que has hecho a la sociedad.

Mientras tanto, los agentes de la DEA escuchaban y tomaban nota de la conversación y cuando la enfermera se acercó a aplicarle un calmante al paciente, aprovecharon para llamar al Cardenal Menabrito.

—Su Eminencia —dijo uno de los agentes—. Parece ser que Saturnino podría aceptar una oferta de nuestra organización. Le proponemos que a cambio de que nos dé información de la operación y las defensas del lugar, lo que permitiría que nuestros hombres no sufran bajas en el ataque, podría haber una restitución y un cambio de identidad en otro país. Podríamos arreglarlo, especialmente si nos da suficiente evidencia para procesar a los culpables, como asi también a Lord Whittaker y sus asociados.

—Hablaré con él tan pronto como despierte del efecto del tranquilizante que le han aplicado —dijo el Cardenal—. Ahora permítanme hablar con Walter Jerusalinsky en Roma para informarle estos nuevos acontecimientos y que éste, a su vez, lo consulte con los hombres que junto a los vuestros rescatarán a Susan Martin mañana.


comparte esta página en: