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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada Capítulo XXXI - Nuevamente en la Oficina - Hablaron en general ya que los detalles específicos de los mismos no podían ser discutidos ni divulgados. Regresaron a la una y media y en las oficinas ya las estaban aguardando los profesores Schonfield y Mitchner.

Nuevamente en la Oficina


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XXXI

Nuevamente en la Oficina

La hermana Rosa desconectó la alarma del despertador, pero éste seguía sonando y pasaron unos segundos antes de que se diera cuenta que en realidad llamaba su teléfono. Miró la hora, eran las seis y media “¿Quién sería a esa hora de la mañana?

—Hermana Rosa —escuchó la voz de Walter—. Pensé que le gustaría saber que Susan ha sido liberada y que los profesores Schonfield y Mitchner están en camino a Roma. El Cardenal Gallelli ha hecho arreglos para que a las siete y media se le envíen dos hombres de la Guardia Suiza para escoltarla, y ha asignado dos guardias más permanentes en la entrada de su oficina.

—Gracias querido Walter —contestó—.No podías haberme dado mejores noticias. Después de cortar la comunicación, se apresuró a ducharse. Tenía menos de una hora. El Cardenal Gallelli se encontraba ya en la oficina cuando la hermana Rosa llegó. Con ella traía el borrador con las notas que había traducido del documento, y ambos se sentaron para hablar al respecto.

—Su Eminencia, no puedo decirle la emoción que siento al trabajar en estos maravillosos documentos —dijo Rosa. —Espero que tus colaboradores lleguen hoy a Roma, y estoy seguro de que están tan ansiosos como tú de trabajar en ellos —contestó Gallelli—. Seguramente estarán aquí después de almorzar.

—Espero que sí, serán una gran ayuda para mí —dijo Rosa y agregó—. Estoy segura de que en las semanas próximas tendremos gran parte de los documentos traducidos. Lógicamente, para que los mismos puedan ser publicados tardaremos más de seis meses o tal vez un año. Pero, si Dios quiere, en unos meses tendremos un texto para poder leer e investigar sus ramificaciones históricas.

—Son documentos que no tienen historia, pese a que ellos mismos son historia; pero cuentan hechos sin previa certificación como la copia de los textos sagrados, que pueden diferir en unas palabras del original —señaló Gallelli—.Por lo poco que has traducido, estos parecen ser la narración de lo acontecido en Masada, de cuyos únicos documentos históricos tenemos la narración de Josephus que no fue testigo de los hechos, pero los describió como si hubiera sido él, parte integrante de los zelotes en la fortaleza.

—Sí —dijo Rosa sonriendo—. Especialmente el emotivo discurso a sus hombres. —Estoy ansioso de ver qué es lo que nos descubre nuestro documento de esos hechos, si es que llega hasta ellos —expresó El Cardenal Gallelli.

—Creo que sí, su Eminencia, el documento es extenso y es además complicada su lectura, aunque se encuentra en óptimas condiciones de preservación, dos mil años es mucho tiempo; hay palabras borradas, además de otras desconocidas al menos para mí, pero espero que Schonfield o Mitchner las conozcan o tal vez, entre los tres, podamos deducirlas —dijo Rosa.

—Estoy seguro de que tendremos un magnifico trabajo de reconocido mérito internacional —le aseguró el Cardenal Gallelli —.Querida hija, tengo una cita con Su Santidad, quien está muy interesado en tu trabajo. También en las noticias de Anthony y sus hombres en Colombia, principalmente en Susan, como tú bien sabes, ellos y especialmente Susan, colaboraron en su rescate hace unos meses. Su Santidad fue informado enseguida de su liberación y ahora le relataré todos los detalles.

—Gracias por haber venido, Su Eminencia y le agradezco la posibilidad de colaborar en esta magnífica experiencia, para la que me preparé toda mi vida. Seguiré trabajando con los documentos y espero que mis colegas lleguen esta tarde.

Una vez que el Cardenal Gallelli dejó las oficinas, la Hermana Rosa y su asistente Norman trabajaron diligentemente en reunir tres copias de las fotos ampliadas de los documentos, y en especial de aquellas partes que tenían mayor dificultad para ser leídas y ciertas palabras que Rosa encontraba dudosas. Prepararon tres carpetas con copias exactas de los documentos clasificados que distribuyeron en cada escritorio de los miembros del grupo, además de todos los documentos de referencia que podrían necesitar. Limpiaron la enorme mesa de conferencias, designando tres lugares en los que prepararon libros de notas. En una punta de la mesa, colocaron un pizarrón para poder discutir y explicar los asuntos y en la otra, una pantalla para mostrar diapositivas o fotos.

Con todo en orden, Rosa invitó a almorzar a la hermana Normam al comedor del convento, cerraron las puertas y dejaron en la entrada de custodia a los dos Guardias Suizos. Ambas salieron del Vaticano y caminaron menos de cien metros hasta el Convento, donde se sentaron en la mesa comunal recibiendo y compartiendo sus respectivos trabajos.

Hablaron en general ya que los detalles específicos de los mismos no podían ser discutidos ni divulgados. Regresaron a la una y media y en las oficinas ya las estaban aguardando los profesores Schonfield y Mitchner.


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