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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo IV - Los Essenas - El sol se encontraba alto en el firmamento, Joseph de Arimathea y su hijo Simón caminaban a la par de su carro y su carga, que empujaban dos jóvenes mulas. Padre e hijo habían dejado Jerusalén hacía más de tres horas.

Los Essenas


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo IV

Año 60 de nuestra era

Los Essenas

Al mediodía el sol se encontraba alto en el firmamento, Joseph de Arimathea y su hijo Simón caminaban a la par de su carro y su carga, que empujaban dos jóvenes mulas. Padre e hijo habían dejado Jerusalén hacía más de tres horas. Joseph vio esta oportunidad del viaje para conversar con su hijo, un joven de alta estatura, incipiente barba y agradables facciones, y como todos los jóvenes de su edad, con fuertes convicciones.

Los edificios ya se distinguían a la distancia. A pesar de la imponente muralla de Wadi Qumrán, la silueta del complejo se encontraba bien definida y parecía más una fortaleza que el retiro de la secta de un grupo de religiosos judíos, llamados a sí mismos, essenas. Sus normas de conducta eran el producto de las diferencias y de las inestabilidades de Judea en esos años en los que muchas sectas habían surgido buscando una mejor manera de acercarse a Dios; a pesar de que los essenas tenían una existencia de más de doscientos años como grupo religioso.

─ Padre ─preguntó Simón .─ ¿ Por qué tenemos que venir desde Jerusalén hasta este lugar del Desierto? Ello nos causará una pérdida de tiempo, ya que deberemos retornar nuevamente a Jerusalén para llegar a Joffa, donde embarcaremos hacia Britania. Una pequeña demora puede significar muchas semanas de retraso─.

─ Tenemos que hacerlo hijo ─contestó su padre—. Debo dejar algo muy valioso que me fue confiado con instrucciones precisas.─

─ Hay cien personas en Jerusalén, incluso en nuestra propia familia, a quien confiar cualquier objeto de valor ─continuó Simón mirando a su padre con curiosidad,─. Además, ¿qué es esto de tanto valor que llevamos? Lo único que te he visto cargar son granos y unas jarras de nuestro mejor aceite, y el vino que tenías reservado desde hace años. ¿Por qué esta secta es más confiable que nuestro Templo o nuestros familiares y amigos?─.

─ Este grupo ─contestó Joseph.─ Es el que más cerca se encuentra de las enseñanzas de Jesús, hijo mío. Ellos han renunciado a los bienes materiales y su misión es preservar el conocimiento y los escritos de nuestra fe. Ellos llevan una vida ejemplar de virtud y sacrificio con los mismos preceptos que nos enseñó el Maestro, además fueron suyas las instrucciones para que dejara el objeto en este lugar─.

El lago de sal se encontraba detrás a menos de un milliarium 1, del conjunto de los blancos edificios de piedra. El calor y la aridez se hacían sentir a cada paso, el polvo del desierto cubría completamente las túnicas de los hombres y las lonas que protegían la carga del carro. Los labios tenían un sabor salitre al igual que la atmósfera del entorno. En unos minutos llegaron al muro de piedra que circunvalaba los edificios de la orden. Al acercarse a la muralla, los dos hombres vieron que la misma, aunque servía para dar protección si era necesario, más que nada otorgaba la privacidad para los objetos de la orden y que no podría resistir un ataque organizado. No estaba construida con una doble pared, ni con una superficie plana entre ellas que permitieran la circulación de hombres y armas y sus defensas eran inadecuadas para rechazar cualquier ataque.

Joséph y su hijo se acercaron a las puertas de madera que cuando se abrieron dejaron ver a un hombre vestido con una túnica marrón y una capucha sobre su cabeza. Por entre la espesa barba que cubría su rostro le asomaba una amplia sonrisa con la que les daba la cordial bienvenida al tiempo que les preguntaba el objeto de su presencia.

─ ¡ Hermano! Mi nombre es Joseph de Arimathea y éste es mi hijo Simón. Traigo conmigo unos presentes para vuestra comunidad y un objeto que desearía dejar en vuestra custodia.─ Y dicho esto, Joseph procedió a desatar las sogas que sujetaban las lonas dejando al descubierto varias jarras de aceite, de vino y unas bolsas de granos. 1: milliarium : 1,616.66667 metros

─ Pasad hermanos, los llevaremos hasta donde se encuentra nuestro Superior para que le informen personalmente de sus intenciones y mientras se entrevistan con él, nosotros cuidaremos de vuestra carga y de los animales─. Joseph tomó un envoltorio del carro, llevándolo consigo con extremo cuidado.

Varios miembros de la congregación se habían reunido rodeando a los visitantes mientras esta conversación se llevaba a cabo. Los essenas vestían túnicas iguales y sandalias típicas de su orden. Uno de ellos se apresuró a tomar las riendas de los animales y dirigió las mulas con el carro hacia un bebedero, mientras que otros se acercaban a los dos hombres para escoltarlos hacia uno de los edificios de mayores dimensiones, con amplios ventanales, dentro del perímetro de las murallas.

Una vez dentro, los visitantes se encontraron en un gran salón en el que había alineadas un gran número de largas mesas con taburetes para los escribas. Junto a las paredes se encontraban los tableros que se usaban como escritorios portátiles y que algunos utilizaban para sus trabajos: la copia de los libros sagrados hechos con piel de cordero preparada y cosida hasta formar un largo pergamino que se enrollaba en un scroll , libros iguales a los que ya se encontraban alineados en los estantes de todas las paredes, a excepción del espacio para las ventanas por las que llegaba una adecuada provisión de luz. En cada una de las mesas se encontraban dos lámparas romanas, lo que le indicaba claramente a Joseph, que otro grupo o tal vez el mismo, continuaría la tarea hasta altas horas de la noche.

Cerca de ellos, un grupo de hombres se encontraba uniendo el material y preparándolo para que los escribas lo recogieran y los convirtieran en scrolls que contendrían la palabra de Dios y la de los Profetas, preservándolas para el futuro y el conocimiento de todos los hombres. Casi al final del salón, uno de los miembros de la secta con larga barba y cabellera blancas, se acercó a ellos con una amplia sonrisa exclamando: “¡Joseph de Arimathea! ¡Tantos años!” Joseph miro a este hombre de mediana estatura que con paso firme se le acercaba hasta darle un fuerte apretón de manos. Con una mirada de curiosidad, sin reconocerlo, estrechó a su vez la mano extendida.

─ Joseph, hace casi treinta años que nos vimos por última vez; mi nombre es Judas Iscariote ─dijo el hombre, adivinando la expresión y la pregunta en los otros ojos. Al terminar de escuchar su nombre, Joseph dejó escapar una exclamación de asombro que lo dejó por unos segundos inmóvil, hasta que nuevamente tomó las manos de Judas estrechándolo en un fuerte abrazo.

─ ¡ Pero! ─exclamó─ Se había dicho que después de los eventos, y luego de que apresaran al Maestro, tú te habías suicidado y esta historia fue corroborada por los otros discípulos─. Judas tomó a Joseph por un brazo y por otro a Simón, su hijo, y los condujo a un cuarto en que se encontraban los archivos, que reunía las condiciones necesarias de privacidad. Una vez allí, Judas continuó:

─ Joseph, nadie podría traicionar al Maestro a menos que él mismo lo ordenara. Yo fui el elegido para el cumplimiento de la profecía porque Jesús me dijo : “Tú superarás a todos ellos porque tú, sólo sacrificarás mi envoltura humana, pero no a quien soy”. Yo sabía el precio ─continuó diciendo ─ que debería pagar por mis actos, no sólo el desprecio de mis hermanos y contemporáneos, sino también de incontables generaciones. Él me hizo ver los misterios del Reino y me expresó que Dios es incomprensible y que está más allá del entendimiento humano ─ y agregó—: No hay nada en este mundo que iguale el ganar un lugar en el Reino. Qué importa una falsa percepción de culpabilidad cuando Aquél que todo lo ve conoce la verdad─.

─ ¿Cómo fue que fuiste elegido por el maestro para delatarlo?─.

─ Joseph, ─explicó Judas─. Uno de nosotros tenía que hacerlo. Él conocía mi corazón. Esa noche me llevó aparte de los otros discípulos y me mostró las maravillas del Reino, convenciéndome que debería ser yo quien lo ayudara a cumplir la profecía entregándolo a las autoridades del Templo y, a su vez, a Poncio Pilatos. Mi acción ─ continuó─ mostrará que el Hijo del hombre sacrificó su vida para salvar el alma de todos los seres, cuando con sólo mover un dedo podría haber volado hacia el Padre─.

─ Judas, los otros discípulos no dieron la misma versión de los hechos y algunos, como Pedro, lo negaron─.

─ ¡ Joseph! ¿Crees que Él no lo sabía?─

─ Pero, tú desapareciste─.

─ Tiré las sucias monedas de la recompensa y busqué refugio con los essenas, ya que la comunidad había conocido a Jesús y participaba en la Verdad por Él enunciada. Hacen casi treinta años que me encuentro aquí─.

─ Judas, ¿nunca intentaste encontrar a los otros y aclarar tu situación ante ellos?─.

─ No, Joseph. El Mesías me dijo que mi nombre sería maldecido por generaciones, pero que será reivindicado al final de la infancia de la humanidad─.

─ ¿Cuándo será eso?─.

─ Cuando el nombre del primero sea en el futuro, aquél que señale el nuevo principio. Mi historia, Joseph, ha sido escrita y copiada y será depositada en diferentes lugares para ser leída en el momento que el Señor considere apropiado. Matthias fue nombrado el discípulo número doce, luego de mi desaparición, pero a mi muerte yo sería el trece, es decir, que estaré afuera del grupo de los doce y trascenderé ese número a mi muerte─.

Todos se quedaron en silencio. Los tres hombres se miraron mutuamente y Simón miró a su padre indicándole que era tiempo de partir. Judas comprendió la mirada y preguntó: ─ Pero , ¿cuál es el objeto de tu visita? Me llegó un mensaje que deseabas dejar algo en nuestra comunidad ─, dijo mientras miraba con curiosidad el envoltorio que colgaba del cuello y que Joseph llevaba apretado bajo su brazo. Éste miro a su alrededor y luego se dirigió a una mesa, a pocos pasos, mientras se quitaba la soga de su hombro y la que sujetaba la envoltura y, con cuidado, desenvolvió el paquete sobre la mesa y entonces dejó al descubierto una magnifica copa finamente trabajada de color azulado que brillaba con una luz interior que parecía provenir del interior del mismo material con el que estaba fabricada. Con la luz del sol que penetraba por la ventana, el objeto resplandeció como una joya contrastando con la austeridad del cuarto donde se encontraban.

Judas visiblemente emocionado ante la presencia de la Copa dejó escapar una expresión de admiración. Sus ojos observaban, con la adoración que sentía su alma en presencia del Cáliz. ─¡La Copa Sagrada!─, murmuró. Sólo podía contemplarla, sin atreverse a tocarla. Simón, el hijo de Joseph, también se encontraba fascinado por la belleza del objeto, sin poder apartar los ojos de él.

─ Yo estaba allí cuando le fue ofrecida al Maestro ─dijo Judas conteniendo las lágrimas visiblemente emocionado y con temblor en su voz. Joseph puso su brazo sobre los hombros de Judas y le dijo:

─ Lo sé. Después de su muerte, misteriosamente, la Copa llegó a mí junto con las instrucciones para depositarla con el grupo en Qumrán, antes de dejar Judea. Hace de esto casi treinta años, y yo no sabía que algún día lo llevaría a cabo. Pero Él sí─.

─ ¿Por qué dejas Judea? –preguntó- Judas sin apartar la vista de la copa.

─ Mi hijo, nuestras familias y yo decidimos viajar a Britania. Tenemos parientes allá y yo había visitado las Islas hace más de quince años; es un buen lugar para vivir. Las provincias se encuentran en caos; Judas de Galilea está llamando a la insurrección─.

─ Algunos llaman a este movimiento patriotas y luchadores por la libertad ─dijo Judas— Pero yo los llamaría ladrones y asesinos a ellos y a sus sicariis ─sentenció.

─ Así es, Judas. No creo que pase mucho tiempo antes que las Legiones Romanas cierren sus poderosas manos sobre Judea, y viejos como nosotros, o jóvenes como mi hijo, servirán como esclavos o morirán en los Circos Romanos. Prefiero tomar mis chances en Britania─.

─ Veo que tu decisión esta tomada y quiero desearte lo mejor para ti y tu familia ─contesto Judas, —Pero no has contestado a mi pregunta. ¿Cómo podemos servirte, hermano?─.

─ Judas, el Maestro me indicó claramente que esta Copa debería ser confiada al grupo de los essenas, para que la protejan─.

─ Será un honor y un privilegio conservar en custodia esta maravillosa Copa. La pondremos con otros tesoros confiados a nuestra secta y se anotará bajo tu nombre en el inventario─.


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