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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo XII - Londres - No podemos dejar perder esos documentos, no sólo por el oro sino por los otros tesoros que podríamos encontrar. Toma el primer avión a Londres de inmediato ─ordenó Lord John con tono autoritario.

Londres


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XII

Londres

El mayordomo se acercó a Lord John Whitaker que se encontraba con un grupo de huéspedes en la recepción de honor por el cumpleaños de su esposa, la condesa Silvia Nimia de Corvaland.

─Perdón, Sir John, tiene usted un llamado─. ─ ¿No te he dicho que no puedo atender a nadie esta noche? ─Lo he informado, pero me indicaron que es muy urgente y que le mencionara que es el profesor Aviel de Jerusalén─. ─Bien, pasa la comunicación a la biblioteca; esta vez haré una excepción. Gracias, Albert ─y con esas palabras Lord John siguió a su sirviente hasta el amplio estudio de la residencia y allí tomó el receptor. ─Aviel, espero que tengas una buena explicación para que me haya retirado de la fiesta en honor de mi esposa ─dijo con tono amenazante en su voz. ─Lord John ─dijo la otra voz─ Ha aparecido en mi comercio una copia del 3 Q15 y en buen estado de conservación─. ─ ¿La tienes? ─preguntó Sir John. ─No, no pude obtenerla ─contesto Aviel. ─Por informaciones que he podido recopilar, se encuentra en camino al Vaticano─.

─ ¿Tu crees que el scroll es la copia del 3 Q15 con las indicaciones correctas y completas?─. ─Creo que es más que eso -confirmó Aviel─. Por lo poco que he podido leer, descubrí que en una línea del scroll se indica que los bienes –sesenta cofres con diez mil monedas de oro, cada uno– pertenecen al templo, y había otras muchas líneas del mismo tenor─. ─ ¿Tú crees que lo que has visto es verdadero? ¿Por qué me lo cuentas a mí?─

─Lord John ─contesto Aviel ─. El hombre que vino a Barakat no era un turista común. Pude identificarlo por el vídeo del negocio y por la información del hotel donde se hospedaba; su nombre es Anthony Gongora. Este hombre fue el líder de los comandos que rescataron al Papa hace unos meses. El trajo personalmente el scroll. De acuerdo con lo que conversamos ese día, tengo la certeza de que posee otro más.

Los tres hombres que envié a recuperar el documento esa noche, después que él partió, fallaron miserablemente en el intento. Los vehículos que envié para interceptar su coche tampoco lograron su objetivo, pues fue secundado por una escolta. He podido averiguar que actualmente se encuentra en Roma, posiblemente en el Vaticano─.

─No podemos dejar perder esos documentos, no sólo por el oro sino por los otros tesoros que podríamos encontrar. Toma el primer avión a Londres de inmediato ─ordenó Lord John con tono autoritario.

Lord John estaba sumamente nervioso y acusaba mentalmente de ello al Profesor Aviel. Durante años, en su vida había tenido una sola pasión: poseer esos objetos que habían tenido un gran significado en la historia del planeta; todo aquello que tenía que ver con el pasado, especialmente aquellos que se refirieran a hechos religiosos de los primeros tiempos. Tenía esta ambición desde que había finalizado sus estudios de arqueología en Oxford, y dueño de una amplia fortuna y de una posición social de renombre, se había convertido en un coleccionista ampliamente reconocido en el mundo.

A través del Profesor Aviel había obtenido varios objetos de procedencia dudosa, no por su origen y autenticidad, sino por cómo habían sido obtenidos. Lord John se dirigió a un sector de la estantería de libros, apretó un botón que se encontraba detrás de unos volúmenes, y enseguida se abrió silenciosamente una parte del mismo dejando al descubierto una puerta de acero inoxidable que conducía a su museo privado. Allí pasaba gran parte de su tiempo admirando y estudiando con intensa compulsión imposible de saciar. Allí todo se hallaba perfectamente ubicado en estantes y vitrinas: gran cantidad de antiguos volúmenes, scrolls, tapices, joyas, monedas, pequeñas estatuas y adornos que habían desaparecido de otras colecciones privadas y otros museos.

Esta compulsión de Sir John era cubierta, sin cesar, por el profesor Aviel y sus conexiones con el mundo subterráneo de la mafia especializada en objetos de arte y antigüedades. Mientras contemplaba su maravillosa colección, su mente se dirigió al scroll de cobre que Aviel examinara. Si era una copia del 3 Q15, sería una magnífica adquisición, más aún, si al ser traducido diera las coordenadas y datos geográficos precisos para encontrar el lugar donde estaba escondido el tesoro del Templo desde hace dos mil años.

El solo pensar en ello y en su consecuencia, obtener algunos de estos objetos guardados por tantos años, le erizaba la piel ya que estos objetos pertenecían al templo desde antes de su destrucción, como las monedas de oro que los judíos enviaran como contribuciones desde diferentes puntos de Europa y de Oriente.

No permaneció mucho tiempo más en su museo personal y regresó rápidamente a la fiesta, la que se había desplazado a los jardines aprovechando una de esas raras noches de perfecto clima en Londres.


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