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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo VIII - La Reunion en Haifa - Al pasar por las calles que rodean la bahía, visualizó los exclusivos barrios del Monte Carmel donde se encuentra “Carmel Center ” con sus hoteles cinco estrellas y sus atractivos edificios y residencias que ofrecen una espectacular vista del Mediterráneo.

La Reunion en Haifa


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo VIII

La Reunion en Haifa

Anthony observaba desde su espejo retrovisor las dos cajas de madera que había adquirido. La verdad es que no sabía exactamente lo que contenían. Debía apresurarse si quería llegar a tiempo para la ceremonia de la inauguración de las obras del Primer Canal que conduciría las aguas del Mar Mediterráneo hacia el Mar Muerto

Afortunadamente para Anthony, Israel cuenta con una excelente red de carreteras que lo llevaron con rapidez por Jerusalén y Nablus. Se detuvo en Nazareth y en una estación de servicio se aseó y se afeitó en el baño y se puso ropa limpia y apropiada para asistir a la ceremonia. Luego continuó por la ruta que en pocos minutos lo condujo a Haifa. (Simón Rosenthal, Pedro II, había decidido que el primer trabajo a realizarse para curar los males del planeta debía comenzarse a pocos kilómetros de la vibrante ciudad de Haifa).

Anthony tardó casi una hora en cruzar la ciudad, ya que sus calles se encontraban atestadas por el tráfico de turistas y la gran cantidad de dignatarios e importantes personalidades que se reunirían para asistir a las ceremonias del comienzo de una de las obras más importantes para el futuro y para las relaciones entre Israel y sus vecinos árabes.

Al pasar por las calles que rodean la bahía, visualizó los exclusivos barrios del Monte Carmel donde se encuentra “Carmel Center ” con sus hoteles cinco estrellas y sus atractivos edificios y residencias que ofrecen una espectacular vista del Mediterráneo y la Bahía en la que se destaca la Torre del Dagón Silo en la cima de la colina.

Al salir del área urbanizada y a unos dos kilómetros encontró los efectivos de seguridad israelitas que cerraban el acceso a la carretera a toda aquella persona que no se encontrara en la lista de invitados. Una vez que examinaron los documentos diplomáticos de Anthony y revisaron su vehículo minuciosamente buscando posibles explosivos, le permitieron estacionar en el área destinada al efecto. Anthony miró su reloj y vio que eran las nueve y media de la mañana, y aunque sólo faltaba media hora para el inicio de la ceremonia, antes de cerrar el vehículo y sin poder contener más su curiosidad, procedió a romper los sellos con una de las herramientas para cambiar las ruedas que usó como palanca. Con cuidado, sin embargo, quitó las maderas que habían conservado perfectamente su estructura, a pesar del tiempo que habían estado en la cueva que Anthony esperaba fuera de dos mil años.

Cuando el contenido de la caja quedó al descubierto pudo ver el típico scroll, similar en formato a aquellos que había observado en el Museo del Libro, de color beige oscuro y en muy buen estado de conservación en comparación a los que había observado a través de las cajas de vidrios. A pesar de su curiosidad contuvo su ansiedad de examinarlos comprendiendo que debería minimizar la exposición de los mismos al medio ambiente. Por lo tanto, los cubrió de inmediato y tapando la caja con una lona pesada, cerró el vehículo y se dirigió hacia donde se concentraba un gran grupo de personas, seguramente alrededor de Su Santidad, Pedro II.

Lo reconoció en medio de otros dignatarios pertenecientes a la Iglesia Católica. Se destacaba por su blanca vestimenta y su imponente figura, que lo distinguía de los otros miembros del Colegio de Cardenales, y de otras personalidades de diferentes religiones; rabinos, sacerdotes cópticos, ministros protestantes y otras figuras oficiales de diferentes países, entre los cuales se destacaban la Vicepresidente de los EE.UU., los Presidentes y Primeros Ministros de Europa, África, Medio Oriente, América Central y Sudamérica, algunos importantes contribuyentes al fondo especial de ayuda creado por el Papa, los CEO de varias corporaciones internacionales, John García y sus hombres, el Mayor Hugo asignado al Batallón Gurka, los Príncipes Mario y Albert La Porte, y otros que colaboraron en el heroico rescate del Papa hacía solo unos meses, que habían sido invitados por su Santidad para dar comienzo a los trabajos de construcción del Canal.

Pedro II estaba describiendo los alcances del proyecto a nivel económico-social, y la labor que se desarrollaba, señalando las grandes máquinas que levantaban nubes de color rojizo y que movían toneladas de tierra y rocas de un lado a otro del desierto en la Península del Sinaí. Los ingenieros, como los encargados y los trabajadores especializados, movían excavadoras y Caterpillars y se veían grúas construyendo edificios prefabricados para depósitos y las viviendas de los trabajadores.

El personal estaba compuesto por hombres árabes, israelitas y de otras nacionalidades, que trabajaban hombro a hombro para completar los objetivos del proyecto; un espectáculo nunca antes visto en la historia de la región. El Papa alababa la labor de los representantes de Israel, Palestina, Irak, Siria y Libia. Con la ayuda de Dios, la región sería el Paraíso que les fue prometido para vivir en paz y prosperidad.

─Éste es nuestro primer proyecto, pero mientras estamos hablando, otros similares se están repitiendo en diferentes partes de África: desalinización y canales que impedirán que el desierto se extienda, con suficiente agua para fertilizar la tierra y dedicarla a la agricultura. Con esto, mis queridos amigos, junto con la creación de escuelas, institutos técnicos y universidades, reconstruiremos el mundo descuidado durante tantos años─.

Todos los presentes miraban con admiración a Pedro II que en tan poco tiempo había conseguido lo que se consideraba imposible. el milagro de que distintos hombres, enemigos por siglos se unieran otra vez como hermanos que eran para reparar las heridas infligidas al planeta, y al mismo tiempo crear las condiciones ideales para una paz duradera. Al caer la tarde los diferentes grupos comenzaron a dirigirse a los vehículos que los conducirían al aeropuerto o a sus hoteles.

Anthony se encontró con sus compañeros de armas, el entonces Capitán, hoy Mayor Hugo Surraco y con John García y sus motociclistas. Juntos estuvieron observando la ceremonia y disfrutaron la audiencia especial con Pedro II, en la que recibieron un especial agradecimiento por parte del Vaticano y del mismo Papa.

Después de la audiencia, Anthony fue hasta su vehículo con John y el Mayor Surraco, y sacó nuevamente el scroll .

─ ¿Qué tienes en las manos? ─preguntó John.

─Quería mostrarles esto ─contestó Anthony,— Se lo compré a un muchacho árabe en el camino─. John no pudo contener la risa. ─ ¿Cuándo aprenderás Anthony? Déjame verlo─. Anthony le tendió la pequeña caja, con una serie de inscripciones, en antiguos caracteres hebreos y John la abrió para ver el contenido.

─Parece auténtico─dijo después de examinarlos por unos minutos y pasándoselo nuevamente a Anthony que se lo dio al Mayor Hugo. El Mayor parecía genuinamente interesado—. ¿No habrás pagado mucho por esto…?─ Anthony no contestó.

─ Pagaste mucho por él, ¿no es verdad? ─y agregó con una amplia sonrisa─. Bueno, al fin, es sólo dinero─. Y apretando el acelerador de su motocicleta, se alejó seguido por los del grupo que se despidieron saludando con el signo de la victoria.


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