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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - La Mañana - Capítulo II - Se despertó temprano por la mañana , antes de salir el sol, y pacientemente se sentó en la entrada de la cueva y comió unos higos secos que había recibido como dadiva de un buen samaritano la tarde anterior.

La Mañana


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo II

La Mañana

Se despertó temprano por la mañana , antes de salir el sol, y pacientemente se sentó en la entrada de la cueva y comió unos higos secos que había recibido como dádiva de un buen samaritano la tarde anterior en las calles de la ciudad, adyacentes al Templo, mientras ejercía su profesión de mendigo.

Observó atentamente que los demás habitantes de las cuevas vecinas comenzaban a dirigirse hacia Jerusalén: en sus calles solicitarían la limosna para poder combatir el hambre y, a veces, alguna túnica o un objeto que alguna familia pudiente decidiera descartar.

Samus perdería el día en el valle, pero quería estar seguro de que nadie observaría sus actividades y cuando estuvo convencido de que ningún otro había quedado en las proximidades, se dirigió al lugar en el que había estado la noche anterior. Usando una vieja tabla y las manos procedió a excavar hasta encontrar la piedra . Comprobó que no era muy grande, y tan perfectamente ovalada como le había parecido la primera vez. Todavía estaba tibia, pero lo bastante cerca de la temperatura normal como para poder cargarla y llevarla hasta su cueva; lo que hizo de inmediato. Al levantarla, notó que no era pesada como lo sugería su apariencia, sino que por el contrario era demasiado liviana; pero desechó pensar por el momento en eso.

Una vez en el interior de su cueva, puso la piedra sobre la roca que había pulido hasta darle la forma de una mesa, y con los ojos del artista que una vez había sido, estudió el objeto tratando de descubrir sus formas. Poco a poco una idea se apoderó de su mente.

Sin temor y con el pulso seguro tomo una de sus herramientas, e hizo una serie de cortes en el centro de la piedra, y luego con un golpe certero la dividió en dos mitades exactas. Trabajó en ello por casi dos horas, febrilmente, hasta que una de las mitades comenzó a adquirir una forma definida. Sabía que tenia varios días de trabajo por delante, pero una extraña fuerza interior parecía haberlo poseído.

Continuó trabajando sin parar, concentrado en las detalladas esculturas y en las figuras que estaba realizando, sin probar bocado, hasta que su cuerpo frágil cayó rendido de cansancio en la improvisada cama y se quedó completamente dormido.

Cuando se despertó, tenía hambre y aunque su mente le ordenaba seguir trabajando, supo que debía alimentarse para poder continuar. A pesar de que ya era tarde, decidió caminar hasta Jerusalén, donde tal vez conseguiría algo con que satisfacer o engañar su estómago. Guardó todas sus herramientas y la piedra en la que estaba trabajando, y emprendió la marcha hasta la ciudad. Antes de llegar, al pasar por la Villa de uno de los patricios romanos, escuchó una voz que decía:

─ ¡Oye tú!─ Sí, ¡Tú! ─ repitió─ ¡Ven aquí!─. Samus obedeció de inmediato y vio que el llamado era de una criada que en ocasiones anteriores le había alcanzado las sobras de los suculentos festines que acostumbraban a realizarse en la Villa.

─ ¿Quieres algo de comer? ─le preguntó. A lo que Samus respondió afirmativamente. ─ Tienes suerte ─continuó la mujer─ La fiesta acaba de terminar y si quieres hay bastante para llenar tu bolsa ─dijo extendiendo su mano para recibir la bolsa de Samus. Espérame aquí ─agregó.

A los pocos minutos la mujer apareció nuevamente por la puerta de la cocina, cargando la bolsa, que evidentemente pesaba bastante, por lo que Samus corrió a ayudarla, agradeciéndole profusamente a ella su generosidad, y a Dios, por su buena fortuna.

─ Tienes faisán, cordero, arroz, pan; también bastantes higos y ciruelas. Que Dios te bendiga hermano ─dijo la sirvienta.

─ Y a ti ─contestó Samus, mientras tomaba un pedazo de cordero de la bolsa, que empezó a saborear de inmediato mientras regresaba a su refugio con bastante comida para unos días, tal vez lo suficiente para terminar su trabajo.


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