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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo XXXVII - La Cueva en Masada - La piedra permaneció estática por unos segundos y luego comenzó a moverse, lentamente, y sólo se detuvo cuando logró encajar en una ranura hecha en el piso de la cueva, paralela a la abertura y allí se asentó perfectamente, regresando a la verticalidad que había perdido momentáneamente.

La Cueva en Masada


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XXXVII

La Cueva en Masada

Pocos fueron los que pudieron dormir toda la noche. A las seis de la mañana todos estaban calentando su café y tostando su pan. Era un día hermoso, el cielo de verano sobre las montañas se teñía poco a poco de colores amarillos y anaranjados, colores que empujaban el azul intenso del cielo.

Los operadores, con la primeras luces del amanecer, ya se encontraban en la cima probando los motores y sus mecanismos. Walter también ya había colocado su láser apuntando y señalando el lugar y se acercaba al “comedor” para tomar su bien ganado desayuno, y eso fue lo que les comentó al sentarse, a Susana y a las monjas, las tres vestidas con pantalones, camisas y chaqueta color beige del tipo exploradores. Una vez tomado el desayuno, todos, incluido el Sargento Mayor Gundar, experto en explosivos, iniciaron el ascenso a la montaña, lo que les llevó casi cuarenta y cinco minutos. Una vez en la cima, Anthony, Walter y el sargento Mayor Gundar, ascendieron a la plataforma llevando unos taladros, unas mechas especiales para granito y algunos explosivos plásticos. Descendieron a una adecuada velocidad hasta que llegaron a la marca del láser. Walter detuvo la plataforma un poco más abajo para no obstaculizar la luz con la masa de la plataforma o de los cuerpos y así poder señalar con un marcador indeleble el punto exacto para taladrar y después aplicar la carga.

─Señores ─dijo Walter.─ Todos mis cálculos para ubicar este punto están basados en las más exactas fórmulas matemáticas, pero las instrucciones que recibimos de aquellos tiempos citan cubitos y otras medidas basadas en Dios sólo sabe qué medidas humanas. Esperemos que haya podido interpretar exactamente esas instrucciones. Mientras Walter ofrecía estas disculpas prematuras, el sargento Mayor Gundar con su drill a batería y una mecha de titanio estaba tratando de abrir un agujero en la roca. Sólo demoró quince minutos para cada uno, en total una hora y quince minutos después, los cinco orificios se habian perforado colocando una pequeña cantidad de plástico explosivo en el centro y a los otros cuatro, a distancias equidistantes, los conectó a un detonador y una vez hecho esto, indicó que elevaran la plataforma. Ya en la cima, Walter ordenó las cámaras del satélite para enfocar con el zoom el punto en que se realizaría la operación. El sargento Mayor Gundar pulsó el detonador y se escuchó una apagada explosión. Desde la plataforma todos pudieron observar cómo volaban algunos fragmentos de piedra.

─ ¡Hugo! ─llamó Anthony por el teléfono.─ Escuchaste la explosión, ¿qué más viste?─. ─Sí, la escuché. Y con mis binoculares, pude ver como volaban unos pedazos de roca, pero nada más. ¿Tendría que haber visto que algo saliera de las rocas? ─preguntó Hugo. ─ ¡Maldición! ─exclamó Walter.─ Tengo que volver a mis cálculos y comenzar de nuevo. Lo siento Anthony. ─agregó dándose vuelta y comenzando a caminar hacia la rampa. No había recorrido más de cincuenta metros cuando escuchó los gritos de Anthony: ─“¡Walter!... ¡Walter!...Están cayendo rocas y arena”─. Walter regresó corriendo hasta la plataforma en la que lo esperaban Anthony y el sargento Gunar. Cuando llegaron a un nivel por encima del agujero de los dos cubitos (aproximadamente 90cm) sus ojos pudieron leer sin dudas la palabra escrita en el frente de la piedra, el término griego “Osioi”. ─El antiguo griego nunca me pareció más atractivo ─dijo Walter besando la roca. (En sus años de Universidad había tenido que retomar esa materia dos veces). ─Jamás hubiera podido imaginar que esta roca no fuera una masa sólida con el resto de la ladera ─agregó luego.─Si esto es parte de una rueda de piedra y nosotros hemos eliminado las trabas que le impedían rodar, lo que tendríamos que hacer es empujarla lateralmente y se abriría, ¿verdad?─ ─Bien, tratemos entre los tres ─dijo Anthony.─A la cuenta de tres,...uno...dos...y tres─. La fuerza combinada de los tres hombres movió, peligrosamente, para un lado y para el otro, la plataforma sostenida por los cables, pero no la roca.

─Un momento ─dijo Anthony.─ Los individuos que construyeron esto usaban una silla que colgaba de una soga, no tenían ningún andamio de tubos de acero, ni herramientas mecánicas, pero si mucho tiempo y gran habilidad para trabajar la piedra. ¿Estamos de acuerdo?─ ─Sí ─contestaron los otros dos. Anthony agregó ─La posibilidad de mover esta piedra con un simple movimiento desde afuera podría darse si alguno de nosotros se aleja empujándose colgado hacia el exterior y volver con los pies golpeando una o varias veces un punto determinado hasta lograr que la piedra se moviese unos pocos centímetros necesarios para que la misma se desplazara hasta el punto que se ubicara en una especie de riel tallado en las roca del piso de la cueva para poder moverla luego rolándola como se usaba en las tumbas de la antiguedad, con un tope como dintel que no le impedía caer─

─No sé si funcionará, pero bien vale la pena probarlo. ¿Lo hacemos con la plataforma?─dijo Walter.─Subamos y yo bajo con la silla y lo pruebo ─propuso Anthony.─De acuerdo── dijeron los otros dos. Pocos minutos después, gracias a un arnés que lo sujetaba por el cuerpo y colgado de un fuerte cable de acero, Anthony se encontraba nuevamente frente a la palabra griega escrita en la piedra.

Con sus piernas se impulsó para ganar fuerza, usando su cuerpo como parte de un brazo de palanca. Varias veces tocó la roca hasta que, con ambas piernas y toda la potencia de sus músculos, logró empujarla por su parte inferior.

La piedra permaneció estática por unos segundos y luego comenzó a moverse, lentamente, y sólo se detuvo cuando logró encajar en una ranura hecha en el piso de la cueva, paralela a la abertura y allí se asentó perfectamente, regresando a la verticalidad que había perdido momentáneamente.

La piedra al terminar de abrirse dejo al descubierto el contenido del recinto, un sitio que Anthony rogaba encontrar intacto, tal como lo habían dejado otros hombres dos mil años atrás.


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