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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo VII - La Cueva - La ascensión fue lenta ya que los senderos a seguir habían sido hechos por animales, siguiendo el trazado que obedecía a las necesidades e instintos de los mismos, hasta que llegó a un lugar donde una gran cantidad de rocas se encontraban amontonadas como si hubieran caído en una avalancha

La Cueva


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo VII

La Cueva

El reloj vibró en su muñeca a las seis y media. Un resplandor rojizo entraba por la abertura cubierta de plástico transparente que servía de ventana a la carpa. Se levantó y una vez afuera, removió las cenizas en el improvisado fogón rodeado de piedras. Encontró que entre ellas se encontraban algunas brasas aún rojas y enseguida agregó más ramas y apoyó la cafetera de aluminio mientras comenzaba a desarmar la carpa que acomodó con prolijidad en la parte trasera del vehículo. A las siete y media, después de cargar una generosa porción de café en su taza térmica, apagó cuidadosamente todo vestigio de fuego, dio una última mirada al lugar y recién entonces inició el viaje hacia el lugar que había marcado la noche anterior.

Le tomó más de una hora recorrer los casi veinte kilómetros que lo separaban de ese lugar. Por fin, llegó a la base de la montaña y el vehículo no pudo avanzar más. Era el punto desde donde, Anthony no tuvo dudas, había procedido esa luz.

En la base instaló otra vez la carpa y en pocos minutos estuvo listo para escalar la montaña . La ascensión fue lenta ya que los senderos a seguir habían sido hechos por animales, siguiendo el trazado que obedecía a las necesidades e instintos de los mismos, hasta que llegó a un lugar donde una gran cantidad de rocas se encontraban amontonadas como si hubieran caído en una avalancha. Unos pasos más atrás de ellas, la abertura de una cueva que con seguridad habría quedado al descubierto al caerse las dos grandes rocas que ahora se encontraban a ambos lados de ella, en la ladera de la montaña.

Anthony intentaba mentalmente reconstruir la secuencia de la avalancha y sus efectos posteriores, cuando escuchó unos ruidos que provenían del interior de la cueva. Decidió esperar en la entrada ocultándose entre las piedras, pensó en la suerte que tenía y agradeció la estupidez del que se encontraba allí, que la noche anterior no había ocultado el resplandor del fuego. Afortunadamente su acción le permitia vivir este momento. Esperó con paciencia hasta bien entrada la mañana cuando escuchó nuevos ruidos, más cercanos, como si alguien se encontrara empujando o estuviera haciendo rodar algunos objetos pesados. Entonces se despojó de su saco de camuflaje, se aseguró que su cuchillo estuviera listo y observó la entrada, para actuar si fuera necesario.

No tuvo que esperar mucho para ver a un joven árabe, posiblemente un pastor, que se acercaba empujando una caja de madera de más de un metro o un poco más de alto y más de un metro y medio de largo por un metro de ancho, aún con los sellos puestos.

Una vez afuera de la cueva, el individuo se sentó en una piedra, mirando hacia el frente. El joven árabe parecía no tenía más de diecisiete años, aunque su rostro mostraba una incipiente barba y bigote y debía medir un metro sesenta y cinco, pero era fornido y bien parecido.

El muchacho se incorporó y comenzó a romper los sellos de la caja que había arrastrado desde el interior de la cueva. Con una piedra trataba de romper algunas de las maderas de la caja, hasta que una de las esquinas cedió y dejó al descubierto el contenido: una caja más pequeña, a la que empezó a abrir con el mismo procedimiento. Fue en ese momento cuando Anthony salió despacio a su encuentro.

─ ¡Hola! ─le dijo en su mejor árabe─. Allah, te proteja a ti y los tuyos. Me llamo Anthony.─ El joven que no esperaba encontrar a nadie, se mostró sorprendido y asustado al ver la figura de Anthony con su equipo de camuflaje, su metro ochenta de estatura y el enorme cuchillo en su cinturón. Y a pesar del cordial saludo y la amplia sonrisa del extranjero, comenzó a transpirar profusamente.

─ ¿Cómo te llamas? ─le pregunto Anthony.

─ Sardar al Mokada ─le contestó el joven.

─Vi tu fuego anoche ─continuó Anthony, —Veo que has encontrado algo interesante. ¿Quién más está contigo?─.

─ Mis hermanos que fueron a buscar ayuda para llevar las jarras y pronto estarán aquí─.

─ ¿Cuántas más hay en la cueva? ─preguntó Anthony.

─Hay más de veinte ─contestó Sardar—.Creo que yo pude contar esa cantidad, pero son todas mías, yo las he encontrado, y por ley me pertenecen─.

─No dudo que son tuyas, Sardar, pero déjame ver lo que tienes, tal vez pueda comprarte algo; por ejemplo...,esa caja que tienes en la mano. ¿Cuánto quieres por ella?─.

─20 000 dólares ─contestó el árabe sin vacilar.

─ ¿Estás loco? ─dijo Anthony con una amplia carcajada, —Mejor voy a denunciar el descubrimiento al departamento de Antigüedades, así podré comprarlo a un precio razonable─.

─ ¡Espera un momento! ─dijo Sardar rápidamente, y haciendo una pequeña pausa continuó, ─ ¿Cuánto me ofreces?─.

─Te doy cien dólares ─contestó Anthony.

─ Dame quinientos dólares y es tuya─.

Anthony se acercó y miró detenidamente el contenido de la caja. Pensó que no tenía mucho tiempo y quería tener la caja en su poder porque era una verdadera antigüedad. Cualquier cosa que hubiera dentro valdría veinte veces los quinientos dólares.

─Muy bien, te doy eso por las dos cajas─.

El árabe se negaba a darle las dos por menos de setecientos cincuenta dólares; él había escuchado las historias de aquellos que se habían enriquecido con el hallazgo de viejos documentos y compraron ganado y varias esposas, mudándose a hermosas casas en la ciudad y varias Ford pick-up . Así que pensó que aunque no hacia un buen negocio, habría muchas más cajas y vasijas en la cueva, y que esa era una suma que él no ganaría en un año.

─Te doy quinientos dólares por las dos cajas y me ayudas a llevarlas al pie de la montaña, de lo contrario…─dijo Anthony sacando el celular de uno de sus bolsillos.─ llamo al Departamento de Antigüedades─. Sardar observando la actitud de Anthony y el celular en sus manos vaciló solo unos instantes más y aceptó la oferta.

Durante el descenso, Sardar comenzó a murmurar frases que Anthony no pudo entender, pero se imaginaba que estarían dirigidas a sus familiares más cercanos y que no serían exactamente deseos de felicidad.


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