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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo IX - Jerusalen - Hay un negocio de antigüedades en la Vía Dolorosa, entre la sexta y la séptima estación, llamado Barakat. El lugar se encuentra dentro de un edificio del siglo xii, su propietario es una persona altamente reconocida como arqueólogo, tiene una gran reputación

Jerusalen


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo IX

Jerusalen

Cuando Anthony se acercó al mostrador, León lo reconoció de inmediato. Ambos hombres se saludaron y cambiaron algunas frases sobre el viaje por Qumrán y Masada.

Anthony le preguntó por algún traductor de documentos antiguos, un experto idóneo en la escritura de los scrolls, similares a los que se exhiben en el Templo del libro.

Después de pensar unos segundos, León le contestó:

─ Hay un negocio de antigüedades en la Vía Dolorosa, entre la sexta y la séptima estación, llamado Barakat. El lugar se encuentra dentro de un edificio del siglo xii, su propietario es una persona altamente reconocida como arqueólogo, tiene una gran reputación ganada por muchos años y ha participado en importantes descubrimientos de documentos y artefactos antiguos─, deteniéndose por unos momentos continuó,─

Generalmente todos los artículos en el negocio son antigüedades auténticas, aunque muchas de ellas nunca se saben dónde fueron adquiridos ─dijo con una sonrisa—. Este hombre el señor Barakat, es un poco mayor y no se encuentra en la tienda durante todo el día como solía hacerlo antes, pero tiene un asistente a cargo que solía ser profesor de arqueología de la universidad, joven y ambicioso, con gran conocimiento sobre el lenguaje y las escrituras antiguas─.

Anthony escuchó con atención y tomó nota de las direcciones, agradeciéndole profusamente. Con su mochila al hombro dejó la oficina. Llegó al lugar cuando el sol se había ocultado en el horizonte. El local, tal como León había descrito estaba pobremente iluminado, abarrotado de mercaderías en mesas y vitrinas, y tenía el típico olor del que se impregnan los objetos viejos.

Un joven, de unos aparentes treinta y cinco años, alto, casi de la misma estatura de Anthony, de cabellos negros, delgado e impecablemente vestido con un pantalón y saco sport, se acercó enseguida. ─ ¿En qué puedo servirlo?─. ─ Quisiera ver al señor Barakat─ contestó Anthony. ─ El señor Barakat no se encuentra en el local y ya no vendrá hasta mañana a las ocho y media; mientras tanto yo estoy a cargo del negocio ─dijo el joven y luego agregó:─ Mi nombre es David Aviel. ─ ¡Ah!, sí ─contestó Anthony—. El profesor Aviel… León Belinko, del Ministerio de Turismo, me habló de usted; me dijo que es un experto en lenguajes y dialectos antiguos de los primeros siglos─. ─ Soy un estudioso de las lenguas del pasado y todavía tengo mucho que aprender ─contestó─ Pero, ¿en qué puedo serle útil? ─insistió. ─ Quisiera mostrarle algo que he adquirido, y ... quisiera saber si es auténtico─. ─ ¿Puedo verlo? ─preguntó Aviel—Tenemos un lugar más privado. Pase a mi oficina, sígame por favor─. Anthony lo siguió hasta un pequeño cuarto abarrotado de libros y objetos de todas clases, dispuestos en estanterías y otros, sin orden, en el piso.

Aviel se sentó detrás del pequeño escritorio, completamente cubierto de papeles y libros indicándole a Anthony una silla. “Siéntese, por favor”, le dijo. Anthony se quitó la mochila de los hombros, la apoyó en el escritorio y procedió a desenvolver el scroll envuelto entre toallas. Aviel abrió el escritorio y sacó un par de guantes y una lupa potente y comenzó a dar vuelta el scroll.

Anthony notó inmediatamente que el hombre estaba nervioso, a pesar de sus esfuerzos en disimularlo. ─ ¿Podría decirme donde adquirió esto? ─preguntó Aviel. ─ Mientras recorría el desierto, un muchacho árabe me detuvo para preguntarme si quería comprar un scroll ─contestó Anthony y por unos momentos se detuvo para observar la reacción y la visible tensión en el rostro del otro .─ Como parecía algo interesante y si no era auténtico sería igual una excelente pieza, lo compré sin vacilar. El precio no era exorbitante─. ─ ¿En qué parte del desierto?─. ─ No estoy seguro, no presté atención ─mintió Anthony─ ¿Es eso importante? ¿Es el documento realmente antiguo?─. ─ No lo creo ─contestó Aviel, ─ En nuestro negocio un gran número de turistas nos trae artefactos que son falsificados, sólo uno de cada cien resultan reales─ explicó con una sonrisa y Anthony de inmediato supo que estaba mintiendo. ─ Creo que para mayor seguridad, si me lo deja un par de días le podría dar una evaluación completa─. ─ ¿Cuánto me costaría? ─preguntó Anthony. ─ Por favor, nunca cobramos a los clientes por una evaluación. Si es verdadero tal vez podamos arreglar con otros clientes que son coleccionistas, lo que significaría para usted una gran ganancia─.

Anthony no necesitaba más pruebas para comprender que el individuo estaba mintiendo, y que el documento era con seguridad auténtico Fue entonces, cuando Aviel preguntó otra vez: ─ ¿Podría dejar el scroll conmigo un par de días?─. ─ Lo lamento, pero me voy mañana para Estados Unidos, así que es imposible ─contestó Anthony. ─ Si me permite unos minutos, voy a buscar un libro sobre la escritura usada en los scrolls de cobre que se encuentra en el Templo del Libro, y vuelvo enseguida ─le pidió Aviel.

A Anthony no le gustó quedarse solo y mientras esperaba envolvió cuidadosamente el documento y lo colocó en la mochila; así que cuando Aviel regresó estaba preparado para partir. Esto fastidió al encargado del negocio que trató de demorarlo explicando que había enviado por el libro y se lo traerían en unos minutos. Sin embargo, Anthony le agradeció y salió rápidamente.

Al salir, apurado por abandonar el lugar, equivocó la calle que debía tomar y cuando se dio cuenta de esto para regresar, se encontró con tres individuos que intentaron sacarle la mochila. Anthony se defendió agarrando a uno de ellos por la muñeca y dándole una patada con toda su fuerza entre las piernas.

El individuo de inmediato cayó como una bolsa de papas al suelo, pero los otros dos, aunque retrocedieron un poco, le mostraron unas sevillanas automáticas de hoja ancha y entonces Anthony optó por escapar y correr en dirección a la puerta de Damasco siguiendo su camino a través del mercado entre una enorme multitud de gente que le dificultaba el paso, pequeños tractores llevando mercaderías o retirando desperdicios.

Cuando ya llegaba notó que los dos individuos lo seguían empujando unos carritos para acercarse sin ser vistos, atacarlo y volver a intentar quitarle la mochila. Una fracción de segundo antes de que los dos carritos lleguen a él, Anthony –gracias a sus años de entrenamiento– pegó un salto, lo que provocó que los dos carros chocaran entre sí. Oportunidad que Anthony aprovechó para aplicarle una patada en el rostro a uno de los individuos y casi simultáneamente, con el canto de la mano, otro golpe en la parte posterior del cuello al otro. Después y sin mirar atrás corrió antes que nadie pudiera percibir lo que sucedía y subió a un taxi.

─ ¡Al Hotel King David! ─, le ordenó al conductor. Una vez en su habitación, revisó su mochila para observar si el scroll no había sufrido daño. Se sentó un rato frente al televisor, pero estaba demasiado nervioso para prestar atención a las noticias. Tomó su celular y marcó un número y cuando escuchó respuesta dijo: ─ John… Anthony aquí─. ─ ¿Qué sucede hermano? ─contestó la voz de otro lado del receptor. ─ ¿Dónde estás? ─le preguntó Anthony. ─ Estamos con el grupo disfrutando del Mediterráneo, en un hotel en Tel Aviv─. ─ ¡Magnífico! Te cuento: parece ser que los documentos no son tan falsos como pensabas. Mañana salgo a las once de la mañana hacia Roma y necesito una escolta desde el hotel al aeropuerto─. Y después procedió a narrarle todo lo acontecido hasta lo sucedido en el Mercado. ─ Tienes que encontrarte en el aeropuerto tres horas antes, así que, ¿estarás dejando el hotel a las ocho? ─preguntó John. ─ Sí─. ─ Estaremos a las siete en el hotel. Hasta mañana─.

A pesar de encontrarse en un tercer piso, Anthony verificó la cerradura de las ventanas y colocó una pequeña campanilla que aseguró la cerradura de la puerta; cualquier ínfimo movimiento sería suficiente para que la misma sonara. Sacó el seguro de su pistola y la colocó en su mesa de luz con un proyectil listo en la recámara. A las siete en punto de la mañana siguiente , John con dos de sus camaradas se encontraron con Anthony en el lobby del hotel. ─ El equipaje ya está en el auto John, excepto una valija de mano que llevo conmigo en la cabina ─dijo Anthony. ─ Entiendo ─contestó John García, agregando─ ¿Cuáles son tus planes, si alguien aparece como tu piensas, para poder enfrentarlos y capturarlos?─ ─ ¡No! No quiero un enfrentamiento, intervendría la policía y tendría demoras, preguntas, etc. ─hizo una breve pausa antes de continuar,.─ Tal vez, nadie nos siga y todas las precauciones sean excesivas─. ─ Esperemos que así sea, Anthony. Jerry, Tom y yo viajaremos en la 4 x 4 contigo y el resto nos escoltará con las motocicletas. Nos están esperando a unas pocas cuadras del hotel─.

Una vez que llegaron al estacionamiento, Anthony le entregó la valija de mano a Jerry que se ubicó en el asiento trasero junto a Tom, y ambos sacaron sus armas poniendo un proyectil en la recámara. Lo mismo hizo John al acomodarse al lado de Anthony. ─ ¿Listo? ─preguntó Anthony. ─ ¡Listos! ─repitieron los otros tres. Salieron rápidamente del estacionamiento, tomando la Av. Rey David que los conduciría a la carretera que llevaba al Aeropuerto. Cada dos cuadras se unían dos motos a la caravana, siempre dos al frente y el resto a cien o doscientos metros detrás. En ese momento fue cuando sonó el celular de Anthony. ─ ¿Hola? ─preguntó. ─ Anthony, aquí Walter ─. ¿ En qué problemas te encuentras ahora? John me dijo algo anoche y tengo un satélite observando la caravana─. ─ Gracias, Walter ─contestó—. Es largo de contar…, esta tarde llegaré a Roma y te mostraré lo que llevo─. ─ Bien ─dijo la voz del otro lado del tubo─ Estaremos vigilando, buena suerte─. ─ ¡Anthony! ─dijo Jerry excitado.─ Dos coches sospechosos se aproximan a gran velocidad hacia nosotros─ ─ Lo sé; los he visto, tomaremos la carretera secundaria 443 que nos llevará también al aeropuerto. Al frente tengo lo que parecería un accidente y no tengo otro acceso ─contestó Anthony aplicando abruptamente los frenos para tomar la curva de tal modo que las gomas parecieron abandonar el auto. Todos observaron que a los dos coches que los perseguían se le unía un tercero a corta distancia hasta la entrada de la 443, que a esa hora de la mañana se encontraba atestada de autos con chapa árabe de Cisjordania.

A pesar de lo congestionado de la carretera, Anthony pudo ganar cierta ventaja, aunque los coches que lo perseguían se mantenían aún cercanos. De pronto vieron a unos doscientos metros hombres del Ejército o la Policía. Detenerse los pondría en una situación complicada por las consecuencias de sus acciones. Tanto perdieran o ganaran, la intervención de las autoridades no era una opción oportuna que estaban dispuestos a enfrentar.

─ ¡ Ajustarse los cinturones de seguridad! ─gritó Anthony.─ Vamos a cruzar por el campo. Y después de decirlo, con un giro brusco al volante, salió de la carretera. Bajando por la pendiente, cruzó el alambrado que delimitaba una propiedad privada y entró en los terrenos cultivados, sobre los que fue dejando unas huellas profundas con su camioneta todo terreno. Al salir del campo tomaron por un camino auxiliar sin pavimentar y llegaron a la Ciudad de Modin, donde retomaron la carretera para llegar al aeropuerto. Una vez allí, el único incidente fue la explicación que debieron dar ante la locadora de autos por el estado del vehículo─

A las once, Anthony se encontraba sentado en primera clase, con un vaso de whisky y soda en una mano y el documento en una valija pequena bajo su asiento, que pudo pasar sin control gracias a su pasaporte diplomático del Vaticano.


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