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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo XXXII - En el Yate de Lord Whittaker - El yate se encontraba anclado en la Isla de Creta, en el Mediterráneo, no en el club náutico sino frente a la isla, desde donde podía verse la Fortaleza que los venecianos habían construido cuando la dominaban.

En el Yate de Lord Whittaker


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XXXII

En el Yate de Lord Whittaker

El yate se encontraba anclado en la Isla de Creta, en el Mediterráneo, no en el club náutico sino frente a la isla, desde donde podía verse la Fortaleza que los venecianos habían construido cuando la dominaban, magnífica construcción que engalanaba la isla desde hacía más de quinientos años.

Alguien podría discutir que la fortaleza y otras obras dejadas por ellos no representaban ni el uno por ciento del daño ecológico causado por la depredación de los árboles, que en el pasado adornaban el entorno de la Isla. Y que esas obras no pueden comparase a la majestuosidad de ese pasado natural que los venecianos, fabricantes de barcos, depredaron totalmente acabando con la riqueza maderera de la región para satisfacer sus necesidades marítimas y militares.

El Mar Mediterráneo como siempre lucía su sólido piso celeste que se unía al celeste del firmamento en la línea del horizonte. Sin embargo, la calma del mar no atemperaba en nada el estado de ánimo de Lord Whittaker dentro del yate. Las noticias de Colombia, la pérdida del laboratorio, la idea de Saturnino vivo y listo para servir de testigo contra él hacían que John Whittaker se consumiera en llamas. Billones de dólares en drogas habían desaparecido y su red de distribución había sido destruida. Su nombre no aparecía en ningún papel, a pesar de que pudiera ser implicado por testigos, ya que actuaba representado por terceros y sus abogados y su fortuna lo mantendrían fuera de la cárcel.

—Tú me envolviste en esa estúpida aventura de los scrolls —le gritaba a un compungido Profesor Aviel, que hacía más de media hora que estaba soportando una diatriba sin cesar de Lord Whittaker—. Y tú, Daniel, me convenciste que sería fácil hacer desaparecer a Saturnino y quedarnos con la producción y el laboratorio. ¿Qué quedó de todo esto? Un scroll de cobre que nadie puede descifrar y el recuerdo de algo que pudo ser y no fue por la incompetencia de tres individuos y mi idiotez de confiar en una sarta de ineptos ignorantes.

A medida que continuaba la conversación, el volumen de la voz y los adjetivos aumentaban en proporción directa a los insultos que salían de su boca. Los insultos y los gritos de Lord Whittaker continuaron sin cesar por casi dos horas más, hasta que por fin parecieron hacerle efecto los calmantes que había tomado y un mayordomo lo acompañó a descansar. Antes de retirarse les pidió a Aviel y a Daniel que permanecieran en el yate para decidir más tarde el plan de acción. Dos horas después, se volvió a reunir con sus hombres en el salón comedor del yate. A ellos se les había sumado Charles, que después de tomar un avión procedente de Atenas, había contratado una lancha para llegar a bordo.

─En primer lugar les pido disculpas por mis palabras de hace unas horas─comenzó Lord Whittaker.─ Pero ustedes deben comprender mi reacción al ver destruido, en sólo unos pocos días, todo aquello que con tanto esfuerzo había creado durante años. Y todos hemos cometidos pequeños errores cuya acumulación ha originado este resultado catastrófico─.

─Milord ─Aviel tomo la palabra.─ Si bien es cierto esto que voy a decir, parecería el pensamiento de un jugador. Todavía tenemos el rollo, yo he comenzado a traducirlo a pesar de que no tuve el tiempo necesario para hacerlo por completo. Lo que he comprendido hasta ahora es que se trata de un inventario del tesoro del Segundo Templo, que los romanos destruyeron y del que luego se perdió toda referencia. En el rollo se precisan coordenadas, similares a los datos que nos brinda el que se encuentra en el Templo del Libro, con una cierta vaguedad en la ubicación del punto de inicio.

De acuerdo con la información que poseo sobre lo que ha estado sucediendo en el Vaticano, los tres especialistas –incluyendo la Hermana Rosa– han retomado el trabajo y han hecho importantes avances en la traducción de los documentos y sin dudarlo, pienso que ellos pueden hallar las coordenadas correctas. Si mantenemos una vigilancia estricta sobre Anthony y su prometida y sobre la hermana Rosa, tendremos una oportunidad de recuperar todo aquello que se ha perdido. ─ ¿De cuánto estamos hablando? Me refiero al tesoro, por supuesto ─preguntó Daniel. ─De diez mil talentos de oro ─contestó Aviel. ─¿Y eso equivale a...? ─No hay consenso general en cuanto al peso de un talento de oro. -Respondió Aviel-. ─Pero, probablemente, si tienen paciencia por unos minutos les diré que es lo qué, en general, se conoce de los pesos y las medidas antiguas. El talento es una unidad determinada por el volumen de agua en un ánfora, que corresponde a 27kg o, aproximadamente, 60lb inglesas. Los romanos consideraban sus talentos de un peso de 100lb.

Algunas autoridades han establecido que el peso de un talento es de 33kg, es decir 75lb, con una variación de 20kg a 40kg; es decir, que a 20 dólares por gramo sería igual a 20.000 dólares por kilo, tomando el menor peso serían 400.000 dólares por talento. De ellos, 10.000 tendrían un valor de 4000 millones de dólares. Pero mucho de ese oro se encuentra acuñado en monedas de esas épocas de países e imperios desaparecidos, lo que hace que el valor de las monedas supere más de diez veces el valor de su peso. Y, de acuerdo al documento, hay mucho más que eso. Suponiendo que pudiéramos conseguir ese tesoro, estamos hablando de más de 10 billones de dólares.

─ ¡Madre de Dios! ─dijo Daniel con el asentimiento de Charles, y ante la mirada impasible de Lord Whittaker. ─Decididamente debemos concentrar todo nuestro esfuerzo en obtener ese tesoro y esa Copa, sea o no sea el Santo Grial. ¡Yo la quiero! ─Exclamó Lord Whittaker. ─¡Daniel, limpien todas las huellas digitales del rollo!─. ─No es necesario. Nadie lo ha tocado sin guantes ─intervino Aviel. ─ ¡Bien!, ─contestó Whittaker.─ De todas maneras tomen todas las precauciones, ya que lo devolveremos inmediatamente─. ─Pero… ¿Por qué? ─preguntó Aviel. ─Simplemente, no podemos poner en riesgo ese objeto ─contestó Whittaker. ─Sospechar y tener pruebas son dos cosas diferentes; además si ellos son los que harán las investigaciones para nosotros, queremos que tengan el mejor material a mano─.


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