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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - El Meteorito - Capítulo I El sol había descendido hacia varias horas. La noche extendía su manto de terciopelo negro y las estrellas brillaban, acompañando la luna llena que, con suave luminosidad vestía de un resplandor azulado las colinas que rodeaban el valle.

El Meteorito


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo I

Año 33 de nuestra Era

El Meteorito

El sol había descendido hacía varias horas.

La noche extendía su manto de terciopelo negro y las estrellas brillaban, acompañando la luna llena que, con suave luminosidad vestía de un resplandor azulado las colinas que rodeaban el valle.

Samus dejó que la fresca brisa del desierto lo acariciara después del abrasador calor del día.“Esta noche será bienvenida”, pensó mientras extendía su cuerpo cansado entre los trapos que cubrían la hierba y sobre las hojas secas que había juntado, que lo protegían del duro y frío contacto de la piedra, su cama en el refugio de la cueva y su hogar –como para tantos otros de su clase– en el desierto.

Una simple abertura de la montaña, que en el pasado había sido el refugio de los animales, no muy profunda, pero lo suficientemente amplia para acomodar su frágil cuerpo, lo resguardaba de las inclemencias del tiempo y protegía sus pocas pertenencias: unas pocas herramientas para el corte de piedras y finos mármoles.

En un tiempo, hacía muchos años, esas habían sido sus únicas y más preciosas pose siones, su orgullo y su profesión; recuerdos en la niebla del pasado, que a veces pensaba realmente no había existido y solo había sido un sueño.

De pronto, un silbido penetrante lo despertó y una luz blanca y brillante iluminó la mísera cavidad, lo hizo ponerse de pie y mirar con curiosidad y cierto temor el exterior; hacia el valle ahora totalmente alumbrado por el resplandor rojizo que, al estrellarse a poca distancia de donde Semus se encontraba, había originado un objeto tan brillante como la luz del mismo sol.

A pesar del temor que invadió su cuerpo y con las piernas temblando, Semus se apoyo en las rocas de la entrada, dirigiendo su vista hacia el círculo brillante, rojo y anaranjado, que parecía emanar de suelo del desierto entre dos monolíticas piedras a pocos paso de la cueva.

Solo unos segundos duró su indecisión porque enseguida desechó el temor que lo embargaba, y con paso firme se dirigió en dirección al pequeño cráter producido por el violento impacto. Una vez allí, a pesar de la iluminación tenue que brindaban la luna y las estrellas, observó con detenimiento lo que parecía ser una masa incandescente de piedra, y acercando sus manos temblorosas sintió el calor que emanaba de ella.

Miró a su alrededor para asegurarse que nadie más que él hubiera presenciado el impacto, pero para evitar que alguno de los habitantes de las cuevas vecinas encontrara el hallazgo, recogió con sus manos arena y piedras y cubrió el objeto celestial. Afortunadamente, la consistencia del suelo –una arena fina en la superficie, rocas pequeñas y grandes por debajo– había evitado que el objeto se enterrara a una gran profundidad, y Samus pudo alcanzarlo con solo extender sus brazos.

Una vez hecho esto, repasó una y otra vez el lugar suavizando la superficie y agregando piedras en diferentes posiciones para que nadie viera algo diferente en el entorno del desierto, y luego se dirigió nuevamente al agujero volteando su cabeza hacia atrás varias veces, hacia el lugar del impacto donde se encontraba el misterioso objeto.

Ya de regreso junto a los trapos que llamaba su cama, le costó trabajo volver a dormir. Los nervios, la caminata, y el trabajo de ocultar el objeto lo habían dejado totalmente desvelado. Pensó en las noches en las que había observado las extrañas luces de las estrellas cruzando el espacio, las que dejaban a su paso, por unos instantes, huellas luminiscentes en la oscuridad del firmamento.

A pesar de las historias que contaban quienes decían haber visto caer una muy cerca de ellos, él no había experimentado nunca hasta ese momento, esas extrañas maravillas de los fuegos de la noche.


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