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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - El Maestro - Capítulo III - Hacía varias horas que Samus había abandonado su refugio. Había salido a media tarde, después de la puesta del sol y había caminado incansablemente, a paso rápido, llevando con sumo cuidado un envoltorio debajo de su brazo.

El Maestro


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo III

El Maestro

Hacía varias horas que Samus había abandonado su refugio. Había salido a media tarde, después de la puesta del sol y había caminado incansablemente, a paso rápido, llevando con sumo cuidado un envoltorio debajo de su brazo. Finalmente había llegado a la cima de la colina, desde donde pudo ver en el valle una serie de pequeñas casas de piedra de una o dos habitaciones rodeadas por una cerca de postes y ramas que guardaba a los animales para que estos no pasaran a las pequeñas quintas de verduras.

Por las ventanas de las humildes viviendas escapaba la luz tenue de las lámparas de aceite, y por las chimeneas, las columnas de humo blanco de las cocinas. Samus tenía la dirección de la casa que estaba buscando. Su corazón palpitaba con fuerza; esperaba que el maestro se encontrara allí, donde le habían indicado. Se sacudió el polvo de sus vestidos y se avergonzó por la pobreza de sus rasgadas vestiduras y sus sandalias desgastadas.

Cuando llegó a la vivienda que buscaba, acercándose con timidez, escuchó con claridad las voces que provenían de adentro, de varias personas que hablaban en arameo. Con suavidad, golpeó la puerta de madera.

Un hombre salió de la casa y, con curiosidad, le preguntó ─ ¿En qué puedo serte útil mi hermano? ─.se quedó observando la desgarbada figura, extremadamente delgada, el rostro con profundas arrugas y la barba descuidada, la túnica sucia, polvorienta en partes desgarradas y cosida con retazos de diferentes colores.

─ Busco al Maestro ─contestó Samus, mientras sus ojos inquisitivos observaban la escena dentro de la habitación: una gran olla de barro en el centro del hogar, donde creyó sentir el aroma de un cordero cocinándose con algunas legumbres. Varios hombres se encontraban sentados alrededor de la única mesa de la habitación. En medio de ellos se destacaba una figura alta. Todo el ambiente irradiaba una profunda atmósfera de paz.

Maestro, alguien lo busca ─dijo el discípulo.

─ Hazlo pasar, Judas ─y continuó , ─ déjalo acercarse a mí─.

Tembloroso Samus, se acerco al Maestro y al llegar ante él, cayó postrado de rodillas sin atreverse a levantar los ojos

─ Maestro ─dijo. Sé que soy indigno de estar en su presencia, y le pido perdón por ello ─el maestro sonrió y le pidió que continuara .─ Pero hace unos días una estrella cayó del firmamento frente a mi refugio; pude recogerla y con ella he hecho una humilde ofrenda, que quería brindarle, no como pago de lo que habéis hecho por mí, ya que eso jamás podré devolverlo, sino como prueba de la humilde gratitud de mi alma─.

Y diciendo eso, descubrió el envoltorio dejando sobre la mesa una copa de un maravilloso color celeste, exquisitamente esculpida con pequeñas columnas finamente talladas en miniatura, coronadas con arcos de medio punto que remataban en un capitel, en el tope de la copa para apoyar los labios.

La copa descansaba sobre un círculo donde podían verse grabados en miniatura, representaciones de Moisés recibiendo los Diez Mandamientos. Unos reflejos de diferentes tonos y colores brotaron de la copa al exponerla a la luz de la lámpara de aceite y alumbraron toda habitación.

Los discípulos reaccionaron con una exclamación de asombro y también de incredulidad porque semejante obra de arte hubiera podido salir de las manos de ese hombre.

─ Tú no tienes nada que agradecerme, Samus ─dijo el maestro, dirigiéndose a él por su nombre (lo que sorprendió a Samus ya que no se lo había dicho antes) ─ Yo no fui quién te curó la lepra, sólo fui el instrumento de mi Padre, que vio tu profunda Fe y humildad. La prueba de tu total curación se encuentra en la creación de este objeto que muestra tu extraordinario talento, y el restablecimiento completo de tu envoltura mortal. La belleza que producen tus manos es sólo una pequeña muestra de la belleza de tu alma. Lo que nos has dado es apenas un símbolo terrenal del valor de tu espíritu, y vivirá por años con el Hijo del hombre, como uno con su sangre su cuerpo y su Alma, por los siglos que vendrán.─

Los discípulos en silencio no podían apartar los ojos del precioso cáliz traído por Samus.

─ Judas ─ dijo el Maestro—. ¿No tienes algo para Samus?─.

─ ¿Era para él? ─preguntó a su vez Judas, y sin esperar respuesta, tomó de un colgante detrás de la puerta de entrada una túnica nueva beige y un par de sandalias y tres shekels que se encontraban en una de las repisas de la habitación, y se los alcanzó a Samus.

Samus trató con insistencia de rehusar los presentes, pero el Maestro se acerco a él diciéndole: ─Querido Samus, aun tienes la mitad de la piedra con la cual tallaste la copa, con la otra mitad, realiza otro trabajo de similar calidad y llévaselo a Moisés Saladín en Jerusalén. Estoy seguro que él, cuyo negocio es surtir a los ricos mercaderes de la ciudad, valorará la calidad necesaria de tus artículos, para ponerlos en su comercio.

Los tres shekels, servirán para que, antes de presentarte a él, vayas a los baños públicos, arregles tu barba y tus cabellos. Ten fe en ti mismo, como la tiene en ti nuestro Padre en el cielo.─


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