+
El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada Capítulo XXX - Colombia - La segunda aeronave llegó al sitio asignado, una vez completado el lanzamiento del primer C-130. Los gendarmes, los guardias Suizos, juntamente con Nicholas, Thomas y Anthony se encontraban pocos minutos después descendiendo detrás de los Gurkhas.

Colombia


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XXX

Colombia

Los hombres estaban alineados en la puerta trasera de los dos C-130. El sol teñía de rojo el firmamento antes de desaparecer detrás de la línea del horizonte. Como una larga línea roja ofrecía su reflejo sobre las aguas verde oscuras del Océano Atlántico. Estas comenzaban a agitarse formando líneas blancas, pequeñas olas que pronto crecerían con la fuerza de la gravedad lunar.

Hugo, Thomas, Nicholas y Anthony se encontraban entre el personal, comprobando e inspeccionando el armamento, sus paracaídas, y lo más importante, el estado emocional de cada hombre. No había que preocuparse mucho por ello, ya que todos eran soldados profesionales, especialmente los Gurkhas que tenían experiencia en un gran número de misiones en todas partes del mundo. Pero para todos esta era una misión para la que se habían presentado como voluntarios. Se notaba que la adrenalina estaba corriendo por su sistema nervioso, esperando el momento en que la aeronave remontara para entrar rápidamente en acción. A las nueve de la noche, los hombres sentados con sus paracaídas se encontraban listos mientras el aparato carreteaba por la pista y en unos minutos se encontraron en el aire. El vuelo transcurrió sin incidentes. Como todo avión militar, el C-130 rugía con el sonido de los motores a hélice que dejaba poco lugar para las conversaciones; las escasas ventanillas en las dos puertas laterales no permitían las referencias visuales. Después de dos horas de vuelo llegó la orden de lanzarse y todos, en perfecto orden, se alinearon en la puerta abierta de salida. Se lanzaron primeros los Gurkhas y el Mayor Hugo, que fue el último de ese grupo. La segunda aeronave llegó al sitio asignado, una vez completado el lanzamiento del primer C-130. Los gendarmes, los guardias suizos, juntamente con Nicholas, Thomas y Anthony se encontraban pocos minutos después descendiendo detrás de los Gurkhas. Sobre la negrura de la selva, comenzó a caer una suave llovizna que no ayudaba mucho a los comandos.

—Anthony —sonó la voz de Walter en su audífono—. Los tengo a todos como luces titilantes en mi monitor, la superficie es tan oscura como el firmamento y parecen estrellas moviéndose en un cielo de negro terciopelo. No hay una luz en millas, en el complejo de los Narcos se ven sólo unas pequeñas luces que parecerían fuegos frente a las casas y otras que parecen ser luces de lámparas de kerosene. No se puede negar que tienen un excelente camuflaje.

—Espero felicitarlos personalmente cuando llegue allí —contestó cínicamente Anthony—. Ahora estoy muy ocupado tratando de eludir esta maldita llovizna. Además estoy por aterrizar tratando de encontrar algún claro entre los árboles y maniobrar mi paracaídas para dirigirlo hacia él. —Bien Anthony, una vez en tierra —exclamó Walter—. Mantente en contacto. El primero de los hombres que encuentre un buen lugar para reunirse, que me lo comunique y les daré las coordenadas para reunirlos a todos allí. Necesito que alguno pueda indicarme la mejor locación, ya que si bien tengo el infrarrojo, esta maldita lluvia no me permite una visión muy clara, que es lo que querría tener en esta ocasión.

Anthony maniobró las cuerdas del paracaídas al ver un claro en la espesura, una hectárea libre de grandes árboles. A pesar de que se veía cubierta de malezas y arbustos, y a pesar de la llovizna, tenía sus anteojos infrarrojos que estaban trabajando muy bien. El color azulado le daba un aspecto surrealista al entorno. Sintió el contacto de la tierra en sus pies y trató de moverlos en una carrera que igualara la velocidad de descenso, pero los enredó entre las matas de la vegetación haciéndolo caer y las sogas lo arrastraron unos metros. Se repuso de inmediato y recogió el paracaídas y una vez hecho esto, llamó por su radio:“ ¡Walter!...¿Puedes verme?”

—No muy bien, pero te escucho y tu microchip parpadea muy bien —respondió con una risa jocosa. —Abre el canal general para dirigirme a la tropa. —Listo ¡habla! —contestó Walter. —Anthony, a todo el personal. ¿Algún problema con el descenso? Sólo conteste el que tuvo problemas. El silencio en la banda fue un alivio para Walter, Anthony, Thomas y Nicholas, sensación que se reflejó en sus respectivos rostros como así también en todos los rostros ávidos de noticias del aterrizaje de sus camaradas. —Bien. Por lo que puedo ver a mi alrededor, tengo una magnifica posición: un claro rodeado de altos árboles, posiblemente más de una hectárea, tal vez dos —informó Anthony al grupo de comandos—. ¿Walter? —preguntó—.Tú tienes la palabra, ¿es mi situación la indicada para iniciar las operaciones desde aquí, o tenemos una mejor posición en otro lugar que consideres más apropiado?

—Creo que donde has caído es uno de los mejores puntos, y la ventaja es que es equidistante a todos los puntos que me aparecen en el monitor, así que les indicaré a cada uno la dirección a seguir, y supervisaremos sus movimientos y avances sobre el terreno. Tu distancia del hangar, es de 8.2km, la separación entre tus hombres y el punto de reunión se encuentra en un diámetro de 5km. Aunque no te encuentras en el centro de ese círculo, nadie tampoco se encuentra a más de 2.8km. La mayoría a no más de 1200 metros.

— ¡Perfecto!, —contestó Anthony—. Si todo sigue así, estaremos listos para avanzar en una hora y treinta minutos. Durante los próximos cuarenta minutos, todos los hombres se reunieron en el claro en el que Anthony había descendido. El mayor Hugo Surraco, Thomas y Nicholas se encontraban con sus hombres, revisando sus armas, diez de ellos con bazucas. Formaron diez pelotones de veintidós hombres cada uno y decidieron avanzar a diez metros de distancia, cubriendo un frente de casi sesenta metros. Walter cuidaría permanentemente que las distancias se mantuvieran dentro de los límites razonables.

Dos hombres al frente de cada grupo cortaban la maleza con los machetes y se turnaban cada kilómetro, para abrir una brecha en la espesura por donde el resto avanzaría. No era tarea fácil avanzar por una selva tropical con la molesta llovizna que caía sobre ellos empapando sus ropas. De vez en cuando oían el sonido de algún animal, que alertado por la presencia de los seres humanos corría a cambiar de refugio, o el de algún ave que volaba de su nido emitiendo sus graznidos de defensa. A las cuatro y media de la madrugada,los transmisores le advirtieron a Anthony y a sus hombres que habían llegado lo bastante cerca del hangar y de los guardias apostados a su alrededor. — ¿Puedes decirme cuántos hombres están de guardia, y transmitirme la imagen en nuestros monitores de mano? —pregunto Anthony a Walter. —Afortunadamente, la lluvia ha cesado y si puedes ver el cielo, hay muchas menos nubes y se ven las estrellas y el cuarto creciente lunar, y yo puedo ver las imágenes de la superficie. Así que ahora te transmito lo que recibo —contestó Walter, —Ya lo tengo, lo mismo que a mis hombres; las nubes decidieron alejarse justo a tiempo —dijo Anthony. —Hay ocho hombres de guardia —informó Walter—. Establecen un control de dos grupos de cuatro que caminan en una dirección y cuatro en la otra, circundando el edificio. La falta de uno de ellos, avisaría a los otros que algo sucede. —Gracias Walter. Comprendo lo que me dices; creo que tengo la forma de solucionar esto, déjame consultar —dijo Anthony y llamó por su radio:“¡Hugo!...Puedes venir un minuto”. —Voy a verte —contestó Hugo. —Una vez junto a Anthony, éste dibujó en el barro una figura rectangular y dijo:

—Tenemos aquí el hangar, estos son los ocho guardias, no hay forma de que podamos atacarlos uno por uno sin que se note la falta de uno de ellos —dijo Anthony. —Es simple —contestó Hugo—. Acabamos con todos al mismo tiempo. —Es lo que tenía en mente —dijo Anthony. —Necesitamos veintiocho hombres. Veinte se deslizarán y posicionarán a unos metros de donde los guardias hacen sus rondas, con los relojes sincronizados, y al mismo tiempo, dos de mis hombres atacarán a cada uno de los guardias. Una vez dispuestos, les quitarán la ropa necesaria para que ocho de los nuestros se vistan con sus uniformes y continúen el patrullaje, mientras tú , Anthony y los hombres que necesites, entran al hangar y rescatan a Susan —dijo Hugo presentando su plan de acción. —Perfecto —contestó Anthony—. ¿Cuándo comenzamos? — ¡Ya!

Veintiocho de los Gurkas fueron seleccionados por el Mayor Hugo, que los acompañó, arrastrándose por los pastos y los arbustos del área. Él se colocó en el centro de la parte angosta del Hangar, a suficiente distancia para poder visualizar la patrulla de los guardias, en los dos laterales. Necesitaba que cuatro de los guardias se encontraran en el recorrido más extenso, y cuando ello ocurrió, ordenó el ataque. Diez de los Gurkas de cada lado se levantaron al unísono y cayeron sobre los desprevenidos guardias sus famosos cuchillos Nepaleses ( kukri) --. Los ocho reemplazantes se cambiaron de ropa inmediatamente, mientras los veinte hombres que perpetraron el ataque con precisión cronométrica, arrastraron los cuerpos inertes hasta unos matorrales.

Anthony y quince hombres, ocho Gurkhas y siete Guardias suizos, se aproximaron corriendo sin que nadie lo notara hasta la puerta del hangar, la que encontraron cerrada. Pero Anthony tenía la experiencia necesaria para abrir cualquier cerradura. Llevaba un equipo completo para ello, y ésta no era una de las más complicadas. De cualquier modo, debía proceder con cuidado por si alguien estaba de guardia en el interior. Afortunadamente, los dos guardias que encontraron estaban muy ocupados jugando a las cartas, y fueron dominados enseguida, atados y amordazados.

Una vez obtenido el control se dirigieron a la puerta que conducía hasta una escalera y a otra puerta, que Anthony volvió a abrir con sus herramientas sin ninguna dificultad. Los hombres descendieron entonces por la escalera de hierro desembocando en un tubo de chapas corrugadas de unos cuatro metros de diámetro. La parte inferior del mismo era plana con un piso de hormigón. Desde el centro del piso al punto más alto de la circunferencia del túnel, estimaron la altura en unos tres metros. Como lo había descrito el Cardenal Menabrito –por boca de Saturnino quien había informado acerca del lugar y de sus claves–, observaron las distintas aberturas que no conducían a ninguna parte y que se abrían a ambos lados del túnel. Las mismas tenían cargas explosivas listas para volar a quienes no conocieran las combinaciones correctas, que debían presionarse en determinadas paredes de los túneles.

Contaron las entradas de la parte derecha del túnel doblando e introduciéndose en la décima abertura. Después de caminar unos metros, presionaron la clave “318jra”, que se encontraba en una caja electrónica en una de las paredes adyacentes a una puerta. Esta se abrió dejando ver una escalera, que ascendía casi cuatro metros. Al entrar a una habitación en un sofá cama, estaba dormida la enfermera que cuidaba a Susan. La misma se despertó asustada al ver la cantidad de hombres que habían entrado a la habitación: ─¿Quiénes son ustedes?, ¿Qué quieren?─. — ¡No importa eso! —grito Anthony con voz amenazante.─ ¿Dónde está Susan?─. —Está en el otro cuarto. Ella está bien, se encuentra en buen estado─. Mientras que la mujer hablaba, Anthony corría hacia la puerta indicada, sin poder abrirla, lo que lo obligó a decirle a la mujer con tono amenazante: ─“¡Abra esa puerta! ¡Ya!”─.

La enfermera con la mano temblorosa marcó la clave que permitía la entrada a la habitación donde Susan había permanecido encerrada esos días. Al abrirse la puerta, Anthony encontró que Susan estaba esperándolo, alertada por la conversación y las luces que la habían despertado. Al ver a Anthony entrar al cuarto, gritó su nombre. Ambos se confundieron en un abrazo apasionado hasta que uno de los guardias suizos, golpeándole el hombro les indicó que debían salir de los túneles cuanto antes. Después de poner a la enfermera un par de esposas y una cinta adhesiva en su boca, iniciaron la huida. Lo pudieron hacer sin mayores problemas. Los ocho Gurkhas todavía seguían en su puesto como los guardias originales y rápídamente Anthony y los demás comandantes les ordenaron desplegarse a ambos lado de la pista de aterrizaje. Susan quedó bajo la custodia de tres Gurkhas, a pesar de sus protestas para permanecer con Anthony.

Hugo, Thomas, Nicholas y Anthony luego de una breve conferencia decidieron dividir al resto de los hombres en dos grupos para proteger la pista de aterrizaje. Ya habían dado las instrucciones a los C-130, con el resto de los hombres de la DEA y al C-130 Gunship, los que se encontraban sobrevolando el área.

Sesenta hombres, dos ametralladoras pesadas GAU- 19/A, de 12.7x99mm, con 1300 rondas por minuto con tres cañones fueron instalados a cada lado de la pista. El poderoso rugido de los motores de los C-130 atronó el aire. El Gunship fue el primero en acercarse para el aterrizaje. El sonido hizo alertar a los efectivos, y una sirena sonó avisando a los guardias, que saltaron de sus camas. Rápidamente, vestidos sólo con sus pantalones y con sus armas salieron a las calles, mientras los líderes trataban de comprender lo que sucedía, aunque no tardaron mucho en organizar sus fuerzas y más de doscientos hombres armados corrían hacia la pista de aterrizaje se donde encontraron con la resistencia organizada que defendía el aeropuerto.

El barrido de las ametralladoras pesadas y el certero fuego de los bazucas diezmaron al primer contingente, mientras el Gunship carreteaba por la pista deteniéndose frente al aparente poblado. Una vez en posición, los defensores se retiraron apresuradamente y comenzó el ataque de la poderosa aeronave con los105mm Howitzer, dos 40mm cañones que hacían retroceder el pesado aircraft, más de cinco metros por el retroceso del disparo. Y el fuego de las pesadas doble ametralladoras de 25mm con mas de 6000 rondas por minuto ofrecía un espectáculo apocalíptico. Varias de las viviendas, o lo que simulaban ser, desaparecían cada vez que las cruzaba un disparo de los Howitzer.

Mientras el Gunship presentaba una defensa y un ataque de incomparable poder, los otros dos C-130 habían descendido, abriendo sus puertas traseras por la rampa de la que descendían los agentes de la DEA, uniéndose a los hombres de tierra. El Cardenal Menabrito y el señor Baldeón estaban entre el contingente, ya que ambos habían insistido en acompañar al grupo. El poder aéreo demostrado y las unidades en la superficie hicieron que los defensores del complejo de los Narcos abandonaran sus posiciones; algunos huían en dirección a la selva y otros, simplemente, se rendían. Sólo tomó treinta minutos al Gunship en la superficie para que todas las defensas cesaran la resistencia.

Los efectivos de la DEA se hicieron cargo de los prisioneros, los médicos de la expedición se encontraban atendiendo a los heridos y el Cardenal Menabrito y Baldeón se encontraban en la pista donde las camillas se habían instalado al aire libre para darle los primeros auxilios a los heridos. El Cardenal estaba asistiendo a algunos heridos cuando, de pronto, desde la selva, un francotirador hizo un disparo que lo alcanzó en el pecho. No llegó a caer del todo, ya que Baldeón pudo sostenerlo en sus brazos y enseguida fue asistido por un par de enfermeros que se encontraban próximos a ellos. Con rapidez, uno de ellos rasgó las vestiduras del Cardenal, exponiendo un agujero sangrante en el pecho del tamaño de una moneda de 10mm. Enseguida se acercó el médico para examinarlo.

—Ha sido muy afortunado Cardenal, unos centímetros más y le hubiera tocado el corazón —le dijo a Menabrito que no había perdido la conciencia. —Si no hubiera sido tan “¨huevón” de estar en este lugar, hubiese sido más afortunado —contestó el Cardenal y al terminar de decirlo forzó una sonrisa en sus labios, que hizo reír a los que lo rodeaban y admirar su coraje para tomar en broma a la muerte.


comparte esta página en: