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El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada - Capítulo XIII - Aviel in Londres - El avión de British Airlines, en su vuelo directo desde Jerusalén llegó a horario a Londres. Todo transcurrió sin inconvenientes, a pesar de las restricciones en los aeropuertos, aunque un tanto relajadas en los últimos meses desde la firma del histórico convenio de Paz, que todavía seguía implementando el aparato de seguridad.

Aviel in Londres


El Tesoro del Templo y la Copa Sagrada

Capítulo XIII

Aviel in Londres

El avión de British Airlines, en su vuelo directo desde Jerusalén llegó a horario a Londres. Todo transcurrió sin inconvenientes, a pesar de las restricciones en los aeropuertos –aunque un tanto relajadas en los últimos meses desde la firma del histórico convenio de Paz – que todavía seguía implementando el aparato de seguridad. Una vez que pasó de la sección de inmigración, David Aviel encontró inmediatamente su nombre en una cartulina y reconoció al chofer de Lord John Whittaker.

─ Buenos días, Denby ─le dijo extendiendo la mano. ─ Buenos días, señor Aviel ─le contestó a su vez el hombre, repitiendo el gesto. —Bienvenido, Lord Whittaker lo espera en su club con otros señores para almorzar.─ dicho esto tomó las dos maletas y se dirigió hacia el estacionamiento mientras David lo seguía.

Una vez en el Rolls Royce, Denby se dirigió hacia la ciudad distante unas pocas millas, directamente al club. Como era habitual, una leve llovizna caía sobre Londres y sus alrededores. David pensó mientras observaba el paisaje a través de la ventanilla, alejándose del aeropuerto, en los recuerdos de su juventud como estudiante en la Ciudad Universitaria de Londres y en lugares tan famosos como Picadilly Circus, Trafalgar Square, Westminster Abby, London Bridge and the Jewish Museum, con su significativa colección de escritos judíos, Libros de oración y muchos otros objetos, y en El British Museum y sus valiosas colecciones asiáticas de artesanía islámica, manuscritos históricos y literarios, su grandiosa colección de oro y plata; antigüedades que ahora recordaba como para ser ofrecidas al mejor postor

De pronto el chofer le indico que estaban próximos a llegar a destino. Aviel había estado otras veces en el Country club del que Lord John era uno de los propietarios, pero nunca dejaba de intimidarlo la típica arquitectura inglesa de esa mansión del siglo xvii perfectamente restaurada, rodeada de impecables y cuidados jardines, plantas y estatuas a ambos lados de la calle de entrada detrás de los portones de hierro forjado y las fuentes que adornaban el camino de acceso a la entrada principal.

Una vez allí el portero del club le indicó al maitre que lo condujera hacia la mesa donde se encontraba Lord Whittaker con otros tres caballeros.

─¡Ah!, David, bienvenido, te presento a Daniel , Charles y Peter─.Lord Whittaker evitó darle los apellidos de sus huéspedes y Aviel tampoco preguntó por ello, pero notó que John lo presentó como el profesor Davil Aviel. La mesa estaba servida en un pequeño cuarto separado del comedor principal por una sola puerta para mayor privacidad. ─Por favor, David, ─dijo John indicándole un lugar cercano a él. ─Siéntate e infórmanos acerca de los documentos─. David esperó que el mozo se retirara y cerrara la puerta y comenzó a hablar: ─Solo tuve unos minutos para examinarlos y no tengo dudas de que son auténticos, pero no puedo asegurarlo hasta llevar a cabo algunas pruebas e investigaciones. Pude alcanzar a leer algunas líneas, parecía ser una copia del 3 Q15, aunque mucho más completo y aunque estaba deteriorado, me intrigó un nombre en la lista, un tal Arimathea. Esos nombres no eran inusuales en Jerusalén por esos tiempos, pero en la lista figuraba como el propietario de una copa─. De inmediato los hombres se miraron unos a otros, pero no dijeron nada esperando que Aviel continuara. ─Las próximas líneas eran unas listas de monedas y ciertas cantidades de oro que estarían en el Templo de Jerusalén.

Deseo aclararles que si los documentos son verdaderos y si tienen las instrucciones correspondientes para poder encontrarlos, algunas estimaciones han establecido diez mil talentos de oro. Nadie ha podido hasta la fecha establecer el peso exacto de un talento, que oscila entre quince y veinticinco kilos. Solo el valor del oro estaría valuado en unos cuatro billones de dólares, sin contar que una gran parte fueran monedas, monedas atesoradas por el pueblo judío con gran sacrificio y enviadas al templo ─David hizo una pausa antes de continuar.─

Deseo destacar que cada una de ellas además de su valor intrínseco, posee un valor numismático y un valor emotivo inconmensurable. Pero primero necesitaríamos estar en poder de los documentos y hacer los estudios correspondientes─.

─ ¡Bien! ─interrumpió John. ─Lo que he podido averiguar es que los documentos pertenecen a un tal Anthony Góngora, ex marino de los Estados Unidos, con más medallas de las que puede poner en su pecho, ex CIA y hoy Jefe de los Servicios de Seguridad de M’TC (M’ Transworld Corporation), e integrante del rescate del Papa que se implementó en cuarenta y ocho horas. Cómo entró en posesión de los documentos, no lo sabemos con certeza, pero el Papa ha enviado un gran número de agentes a los territorios del Mar Muerto, el día posterior a su llegada a Roma─. ─Tú nos comentas los puntos fuertes, pero dime: ¿Cuáles son los débiles de este hombre, familiares, esposa o amantes, hijos...? ─preguntó John.

─Su padre se encuentra en África, en la región del Kilimanjaro con un grupo de amigos planeando escalarlo. Anthony tiene una prometida, Susan Martin, que se encuentra cerca del Monte Everest, en el Himalaya, esperando que mejore el tiempo para tratar de escalarlo por segunda vez. Ella también intervino en el rescate del Papa─. ─¿Tienes a alguien por allí? ─preguntó Lord John. ─Sí, he enviado diez hombres para Nepal en avión privado y si fuera necesario escalarán detrás de ella. No podrá escapar y consideré que era la mejor solución después de nuestra conversación de ayer─. ─ ¡Perfecto! ─dijo John, y dirigiéndose a los otros, le preguntó a uno de ellos. ─Tú, Charles, ¿que tienes?─ ─No es fácil obtener información del Vaticano y menos de las actividades del Papa, pero sé que hoy hubo una reunión con el Cardenal Gallelli, el secretario privado del Papa, alguien que responde a la descripción de Anthony y una monja─. ─Rosa Fernand ─interrumpió Aviel. ─ ¿Quién es esa? ─preguntó Lord John. ─Es una de las más famosas arqueólogas y lingüistas del mundo, no solo en traducción de libros religiosos sino también experta en el lenguaje en que el 3 Q15 fue escrito; no existen más de dos o tres personas que puedan igualar sus conocimientos o superarlos─. ─Peter, toma nota de los nombres, ya que debemos neutralizar también a la monja y al tal Anthony ─ordenó Lord John. ─A este último, necesitaríamos matarlo y enterrar su cadáver o tirarlo al mar ─contestó Peter─, ya que él y sus hombres tienen instalado un microchip especial (según se sabe por rumores, el Vaticano tiene varios satélites que pueden ubicarlos en cualquier parte del mundo).Si esto fuera cierto, al momento de capturarlos nos rodearían no menos de mil hombres─. ─Dejemos de lado al hombre y en el caso que esa tal Susan posea uno de esos chips, tendremos que llevarla a un lugar en que los satélites no lo cubran ─dijo Lord John. ─Tengo ese lugar ─dijo Peter. ─! Perfecto!, ahora lo que necesitamos es poner nuestras manos sobre los documentos. ¿Cómo hacemos eso? ─dijo Lord John, dirigiéndose a los presentes, que se miraron entre ellos, al mismo tiempo que exclamaban: ─ ! Imposible!─. ─Si es así, necesitaremos tomar de rehén a la mujer y obtener los documentos a cambio de ella ─sentenció Lord John.


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