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El Espejo de Barro - Capítulo 14 - Tardes de calor - Cuando llegaban los peores calores del verano, casi medio pueblo se iba al río a pasarlo mejor y no sufrir tanto los embates del sol y la tierra caliente.

Tardes de calor


El Espejo de Barro

Capítulo 14

Tardes de calor

Cuando llegaban los peores calores del verano, casi medio pueblo se iba al río a pasarlo mejor y no sufrir tanto los embates del sol y la tierra caliente. Partían a media mañana como enloquecidos, cantando cumbias y sacudiendo las canastas atiborradas de frutas y panes, llevando el ritmo de aquellas canciones inventadas dispuestos a exorcizar el calor y refrescarse el alma en el agua.

Después del almuerzo algunos se dormían, otros se amaban con paciencia y otros armaban unas rondas de alucinados que amenazaban con despertar a los que soñaban.

El día se les pasaba en un tris, dándose chapuzones intermitentes, espantando los insectos con unas hojas de palmeras secas y bebiendo un poco de jarabe de miel los más pequeños y un poco de alcohol los mayores.

La Lucero participó de muchos de estos días de agua, como los llamaban los pobladores, y muchas veces adoró ir pero muchas veces también adoró quedarse, porque el pueblo, sumido en el calor, quedaba vacío como una ciudad fantasma, hueca de seres, con sus casas sumergidas bajo el sol.

Con el indio en los primeros tiempos pero luego definitivamente con su chino amante, preferían quedarse en la paz total de un pueblo en silencio.

Muchas mañanas calurosas se sonreían el uno al otro cuando la línea colorada de los termómetros de mercurio que colgaban en las paredes de las casas empezaba a trepar. Cuando ya antes del mediodía veían las caravanas bulliciosas que bajaban hacia el río cantando, al chino le brillaban los ojos y a la Lucero se le sacudía el alma, mientras un flechazo como de viborita le recorría la espalda de abajo arriba. Eran sus tardes de calor.


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