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El Espejo de Barro - Capítulo 26 - Nombramientos - A la Lucero, en agradecimiento por los servicios prestados, la nombraron comandante de los ejércitos de rescate del pincelado mundo pozuno, milicia flamante.

Nombramientos


El Espejo de Barro

Capítulo 26

Nombramientos

A la Lucero, en agradecimiento por los servicios prestados, la nombraron comandante de los ejércitos de rescate del pincelado mundo pozuno, milicia flamante que tuvieron que inventar a la luz de los hechos, ya que jamás en sus más de diez mil años de antigüedad se habían encontrado en situación como ésta. Al indio lo dejaron durmiendo para siempre con un hechizo con el cual, si todo salía bien, no se despertaría nunca y si se despertaba habría olvidado quién era y qué hacía, por lo que quizás tuvieran suerte y se dedicara a recorrer el mundo con el carromato del circo haciendo malabares y trapecismos sin siquiera sospechar su verdadero origen.

La comandante Lucero tuvo permiso otorgado para visitar alternadamente ambos mundos y fue ella quien llevó correspondencia oral de un mundo a otro transmitiendo los mensajes con hechos ya que no era muy ducha en el manejo de las palabras. Cada temporada que pasaba en aquel pozo se llevaba con ella su chino, el hijo de ambos y las dos chinas. Disfrutaban enormemente de aquella vida pacífica pero como el chino y el niño solían extrañar un poco los problemas de la vida en la tierra, cada tanto se volvían todos en una caravana de bártulos que costaba días ordenar.

Se siguió respetando la decisión de los suicidas que decidían saltar dentro del pozo, y si bien en un principio hubo una oleada masiva de los que deseaban escaparse de este mundo torturante, luego las cifras se estabilizaron.

Así como a la Lucero la nombraron comandante de las milicias de rescate, a Calixto, el pueblo lo nombró oficial cuidador del pozo, guardián firme de la baranda de madera y hierro que construyeron para proteger las entradas y salidas. Así fue que algunas noches recibió algunos trepadores a los que dejó salir, no sin antes asentarlos en su cuaderno volátil y otras noches dejó zambullirse a otros, llevando las cuentas detenidamente. Su mujer, a quien él finalmente había perdonado, le llevaba la cena a su cuartel de frontera y se quedaba a pasar las noches con él.

Cuando volvía la Lucero con su familia achinada se armaban unos bailes fenomenales de música tropical y pasitos ensayados en los que todo el mundo amanecía bailando, y se generaban unas noches de amores desaforados como en un carnaval del altiplano. Algunos aprovechaban la ocasión para ponerse unas máscaras blancuzcas repletas de plumas y brillantinas y así hacerse pasar por personas de un mundo o del otro, según cómo estuvieran de humor.

La Lucero empezó a venir además con un séquito de autorizados al baile, que desaparecían como por arte de magia dentro del pozo al primer rayo del sol. Calixto era el único que sabía quiénes eran unos y otros porque llevaba los registros en sus papeles volubles, pero cada carnaval él tenía el permiso de hacer papel picado con ellos y regarlos por encima de las muchachas que se tiraban al piso a intentar armar los rompecabezas de trocitos de papel para saber si el muchacho aquel con el que estaban bailando era un bello y bueno pozuno o un buenazo terrestre con quien valía la pena quedarse a compartir la vida.

Nunca lograban armar pieza alguna del rompecabezas festivo, de todos modos decidían pasar una noche divertida antes de que saliera el sol y se les fuera la magia para siempre. De aquellos amores perdidos nacieron unos niños con un aura rubia iluminada que no se supo nunca si eran hijos de la bondad acuática o eran buenos nomás a fuerza de amor de madre y sopa caliente de abuela. Calixto a veces creía saber, pero se cuidaba muy bien de mantenerse callado. Cumplía muy bien su trabajo y el silencio era parte de la contratación.


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