+
El Espejo de Barro - Capítulo 15 Los políticos - Los políticos organizaban cenas en el club social en las que invitaban a los vecinos importantes del pueblo. El domingo de la elección, la escuela fue un alboroto.

Los políticos


El Espejo de Barro

Capítulo 15

Los políticos

Fue por aquella época que llegaron los políticos. El tendido de las vías del tren estaba a mitad de camino y la estación estaba siendo construida, por lo que había vientos de esperanza para estos lugares, que aquellos liberales se ocuparon de aventar. Venían con unas camionetas con parlantes y unos tipos de vozarrones que pregonaban maravillas, invitando a votar dos domingos después. Prometían de todo, incluso arreglar el puente que después de una tropa de militares y soldados a pie con su paso redoblado había quedado rajado en varias partes. El capitán a último momento había ordenado cambiar el paso a los soldados pero el taconeo de las botas hizo que no oyeran bien por lo que el sacudimiento fue creciendo a cada paso, con cada fila de hombres que se agregaba sobre el largo puente, y así fue que quedó debilitado y un alud de barro tiempo después le iba a volar tres columnas.

Los políticos organizaban cenas en el club social en las que invitaban a los vecinos importantes del pueblo. Por las mesas iluminadas por unas lamparitas que pendían de cables desde los altísimos techos, pasaron el chino y el indio, la mujer de Calixto, loca como estaba, que se sonrió toda la noche y los políticos aprovecharon para tomar fotos, la Lucero que iluminaba la cabecera con su belleza, las gemelas – sus maridos no estaban, contratados durante estas tres semanas como guardaespaldas de cuanto personaje importante apareciera por ahí- , y los dos médicos, a los que prometieron la construcción de un brillante e inoxidable hospital que los pobladores se quedaron esperando durante más de un siglo y nunca llegó.

Fue después de una de las cenas en que uno de estos tipos, con la seguridad que le daba el poder, el dinero mal habido y unos tragos de más, se quiso llevar a la Lucero para el hotel. Ella, que no sucumbió a sus palabras porque percibió el engaño desde un inicio, le dijo que no con sonrisas pero luego tuvo que apelar a su arsenal de uñas y rodillas para sacárselo de encima.

En una de estas cenas, el indio aprovechó para pedir que, como obra pública, vaciaran el pozo peligroso drenándolo aguas abajo hasta la quebrada. Era la época en que aún no había conseguido reclutar todos los malabaristas necesarios y en que se apilaban botellas por las calles. El político, que no quería comprometerse con nadie de manera seria, en un primer momento dijo que sí e invitó otra rueda de vino pero cuando vio que el indio insistía se excusó diciendo que debía consultarlo con sus superiores, y que sin la firma del ministro le resultaba imposible comprometerse a tanto.

El domingo de la elección, la escuela fue un alboroto. Ya para media mañana, se empezaban a organizar las mesas para un asado con baile en el fondo del club social al que le habían trabado las puertas de ingreso. Sólo se podía acceder a través del portón del fondo de la escuela, lindante con el club, después de haber votado. Las papeletas de la lista contraria habían sido quemadas la noche anterior en una fogata en la plaza junto a la fuente, y el día de la elección habían mandado dos matones a controlar el puente para que a nadie se le ocurriera venir al pueblo a hacer ningún tipo de reclamo.

Con las brasas de la fogata, que transportaron en carretillas desde la plaza hasta el jardín de atrás del club social, y más ramas que agregaron solícitos vecinos, desde la noche anterior, un par de hombres cocinaban unos cabritos en una cava en la tierra hecha a fuerza de palas y con el fondo cubierto de piedras. Cuando la carne empezó a estar a punto, el olor a cabrito asado se desparramó por todo el pueblo y atrajo a los habitantes hacia el patio del club. Algunos avanzaban como drogados dirigidos por el aroma que se había instalado en sus estómagos. Con las panzas llenas, a la hora de los postres se armó el baile. Todo el mundo se divertía, los del pueblo porque cualquier ocasión era buena para festejar y los políticos porque la elección había sido un éxito. Con varios pueblos del interior como éste en donde obtuvieran el cien por ciento de los votos, podrían pelearla en la capital, donde los degenerados de sus contrincantes se oponían a este tipo de prácticas y pretendían ganar ellos.


comparte esta página en: