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El Espejo de Barro - Capítulo 18 - Los niños - De tantos amores salvajes y contrariados que se sucedieron en el pueblo por aquellos años nacieron miríadas de niños que llegaron todos juntos volando desde el sur como una escuadra dispuesta a pelear la paz.

Los niños


El Espejo de Barro

Capítulo 18

Los niños

De tantos amores salvajes y contrariados que se sucedieron en el pueblo por aquellos años nacieron miríadas de niños que llegaron todos juntos volando desde el sur como una escuadra dispuesta a pelear la paz. Venían frescos y rozagantes en pañales y con los ojos bien abiertos aterrizaron uno a uno en cada casa dispuestos a devolver con sonrisas los cuidados de madre que les propiciaran. Algunos venían volando de más lejos y llegaron un poco crecidos pero casi todos fueron bien recibidos.

Los que no, tomaron la primera casa como una triste escala de vuelo y volvieron a partir hacia otro destino, a veces dentro del mismo pueblo. Otras veces sobrevolaban el caserío como golondrinas buscando orientarse y partían hacia el este, o hacia el oeste, perdiéndose en el horizonte. Seguramente llegaran un poco golpeados a sus segundos aeropuertos de destino, pero el tiempo los ayudaría a reponerse de tanta parada no deseada. Estos bebés, como todos los bebés del mundo, crecieron cada uno con aptitudes diferentes. Fue el recibido en la casa de la Lucero y el chino el que se desarrolló con más luz de todos ellos. Era aún pequeño y ya sabía hablar tres idiomas: el local, el pozuno y el más exquisito mandarín que su padre le enseñaba con una tablilla oscura y rasgos chinescos a fuerza de tizas de colores. Sabía distinguir, de entre todos aquellos dibujos de hombrecitos con paraguas y casas con mínimos techos y puntos y redondeles, aquel término especial que su padre le pedía. Con el tiempo pasó a comunicarse en el idioma que le parecía conveniente en cada oportunidad y, como había heredado la luz de los ojos de su madre, casi siempre eran los sentimientos y las miradas los que le hacían la verdadera comunicación.

Las mamás les preparaban pasteles celestes que rellenaban con los almíbares de los sueños, los que hervían por la mañana temprano antes de que los pequeños se despertaran. En una cazuela, a punto de hilo flojo primero y punto caramelo más tarde, cocinaban los sueños de sus hijos, mezclando hadas y muñecos con caídas en el vacío y tazones de leche tibia. Estos pasteles, espolvoreados en caliente con azúcar molida eran un bocado de los dioses y los mismos chicos, al comérselos, revitalizaban las fibras de sus sueños nocturnos, y los adultos rejuvenecían dando brincos por la plaza y saltando a la soga como chiquillos en una ronda de padres que parecía no tener fin.

Otras veces las madres amasaban mezcolanzas de huevos de gallinas solteras con harina de los trigales que crecían del otro lado del arroyo y manteca de leche de las cabras, y hacían las masitas más ricas que pudieron comerse en la historia de la humanidad. Les daban formas de mariposas, o pajaritos, pero con el tiempo empezaron a darles formas más tristonas como redondas o cuadradas, porque las mariposas buscaban cualquier resquicio de la puerta del horno para escaparse aleteando de tanto calor de infierno y los pájaros más grandes, imposibilitados de huir, morían asados impregnando las masas dulces de un olor a pluma chamuscada que las hacía horribles. Cuando querían ir sobre seguro les daban forma de piedra para que no se movieran de allí donde las habían dejado cuando crudas.

Con las frutas se hacían mermeladas que las madres guardaban en unos frascos vestidos con telas de colores, que luego, cuando llegó la época de la campaña para vaciar el pozo, debieron desocupar y los dulces quedaron repartidos en tazones sin asas o platos viejos en algún rincón de las alacenas hogareñas.

La Lucero amasaba con maternal ternura los bollos para su hijo, pero siempre le daba formas celestiales a la masa, cuando no era una estrella, era una luna, o un colibrí con las alas desplegadas, o una abeja y su flor, con lo cual el pobre chico casi se muere de hambre porque todas, invariablemente todas las porciones de masa escapaban del horno, unas retornando al cielo de donde parecían haberse caído y otras se iban a los árboles o al jardín de donde parecían pertenecer. Cuando la Lucero abría la puerta del horno las bandejas estaban vacías. Tuvieron que venir las vecinas a darle lecciones de urbanidad y a enseñarle a hacer las galletas cuadradas y así el alimento de su hijo dejó de escaparse volando.

Contaban quienes habían logrado saborear una masita de mariposa que no logró salir del horno que ésta seguía aleteando dentro de la boca, llevando alas al alma de quien la probaba y que los pajaritos que esquivaron el destino de chamuscarse invitaban a volar a quien los comiera. Estas raras masitas sólo se conseguían cada muchos años y llegaban a pagarse fortunas por probar una de ellas aunque más no fuera una vez en la vida.

Para vestir a sus pequeños, las madres hacían primero las telas en unos telares de ramas de árbol con unas fibras vegetales entrelazadas por las espinas en los extremos. Con lana de oveja hilada a fuerza de carreteles de madera y tiempo, tramaban entre aquellas fibras los dibujos más bonitos de la región.

Pensando en sus pequeños, les dibujaban soles en la ropa y las iniciales siempre bordadas en la espalda para que el crío pudiera volver de la mano de un grande si se perdía caminando alguna tarde. Para los días de calor, las niñas usaban unos vestidos blancos cortos que empezaban impecables y terminaban con unos manchones verdes de pasto y grises de tierra voladiza. Los varones solucionaban todo con unos pantalones cortos y unas chaquetas sueltas y frescas que las madres les cosían a partir de otras prendas en desuso de sus padres.

La vida parecía fluir dulce y transparente hasta que poco tiempo después llegaron las épocas en las que el pueblo, como en una obra faraónica, dirigidos por el indio con los invisibles látigos del miedo, acarreaba botellas vacías hacia el pozo, y las volvía a llevar llenas en el continuo movimiento de los malabares hacia la plaza donde a sol y sombra, calor o frío, los hombres del pueblo agitaban las aguas del pánico. Los pequeños gateaban entre las piernas de aquellos hombres y hubo alguna oportunidad en que un malabarista trastabilló y llevó al otro mundo al bebé aún agarrado a sus pantalones mojados.

Las veces en que esto sucedió, la Lucero esa misma noche descendió al pozo por la escalera, al llegar al nivel del agua se lanzó para buscar al pequeño y en algunas oportunidades los encontró felices y pachorrientos y los trajo de vuelta. Una vez se cruzó a la gorda que flotaba a la deriva y sonriendo le hacía adiós con la mano. La Lucero hubiera querido sacarla de allí pero renunció antes de emprender la tarea porque la vaquillona, de la que le habían contado la historia, era más o menos cuatro veces ella. Otros niños ya habían sido embotellados y sacados de aquel mundo, se encontraban dando brincos sobre la cabeza de alguno de los más de mil malabaristas. Sería imposible recuperarlos. Cuando esto sucedía, la Lucero lloraba durante horas y el nivel del agua del pozo volvía a crecer otro medio metro. No salía de allí hasta que el chino la llamaba con sus tiernas palabras cortas y musicales invitándola a subir.

El temor mayor de todos fueron siempre las aguas de aquel pozo que estaba en la calle frente al bar del pueblo. Los niños tenían prohibido aparecerse por allá, pero si alguno se salía del cuidado de su madre, todas las mujeres se convertían en madres y lo mandaban de vuelta no permitiéndole acercarse. Claro que siempre hubo traviesos que se escabulleron de todas las miradas y, avanzando como en sombras, en los exactos momentos en los que aquellas mujeres miraban hacia la vereda de enfrente, o se detenían a acomodar sus bolsos, o entrecerraban los ojos para arreglarse el pelo que el viento les ponía delante de la cara, aquellos pícaros se filtraban hacia las calles prohibidas. Muchos de ellos se arrojaron a las aguas y estuvieron ahogados muchos años hasta que se supo qué pasaba con aquel pozo y se recuperaron sus vidas dentro de las botellas o los trajo la Lucero en esas zambullidas nocturnas en las que intentaba devolverle la paz a alguna madre destrozada.


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