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El Espejo de Barro - Capítulo 21 - Los muertos - Durante muchos años el pueblo había arrojado sus muertos dentro de aquel pozo, en una ceremonia ancestral que los unía a todos en el llanto.

Los muertos


El Espejo de Barro

Capítulo 21

Los muertos

Durante muchos años el pueblo había arrojado sus muertos dentro de aquel pozo, en una ceremonia ancestral que los unía a todos en el llanto. El cura se había opuesto siempre a tan herético ritual, pero el peso de la costumbre había sentado la tradición con una fuerza de ley.

Allí se dirigían, llevando al difunto en una caravana de perros flacos por las calles del pueblo hasta llegar al pozo frente al bar, que bajaba sus persianas durante unos minutos por respeto a la memoria del muerto, o a la viuda. El cura pronunciaba unas palabras cortas, picaneado desde atrás por la punta del bastón de algún anciano sensato que lo obligaba a redondear y cortar antes de que hubiera una deserción masiva por aburrimiento o el cajón con el muerto se les cayera de las manos a los dormidos fieles.

En medio de un lamento final, los presentes arrojaban el cajón que cortaba el agua a la altura de los pies y como una flecha caía en silencio dentro de aquel agujero oscuro. La fila volvía ya dispersa y el bar abría otra vez sus persianas, y dejaba ver a los parroquianos en su interior, que se habían quedado timbeando puertas adentro en silencio mientras duraba la ceremonia en la calle.

Cuando el pozo fue vaciado, y en muchas de las botellas aparecieron unos féretros con la madera musgosa y repleta de licopodios y corales, los muertos pudieron encontrar al fin la paz del cementerio.

Éste había sido construido unos pocos años antes sobre una de las barrancas que daba al río, cerca del barrio de los más pobres, para que los muertos tuvieran una vista perfecta del amanecer, en una metáfora simple de la otra vida. Para la época de las lluvias, la tierra se hizo barro y éste con el transcurso de las semanas se aflojó, con lo que varios cajones cayeron por la barranca. Sabedores de las técnicas de navegación por los años transcurridos en el pozo profundo, se acomodaron enseguida y, pies para adelante, salieron surcando las aguas del río rumbo al océano que los esperaba pleno.

En la peor noche de tormenta, fueron varios los féretros que cayeron al agua y se fueron navegando juntos, como una flotilla de mar, guardándose unos a otros de los piratas y corsarios que pudieran asaltarlos y robarles tan preciada carga de muerte. A la mañana siguiente, dos cajones asomaban en la barranca, a medio colgar, apenas sostenidos por las raíces enredadas de unas plantas tumbadas.

La Lucero se acercó y les dio el empujón final que estaban esperando y los dos rezagados, una vez en el agua, apuraron sus cortas brazadas hechas con las ovaladas manijas de bronce. Poco tiempo después lograron alcanzar la flota, a la que se unieron como palomas perdidas que se alinean a la escuadra que se les adelanta. Así siguieron hasta el océano donde se perdieron de vista aunque varios de los viajeros de aquellos años comentaron el hecho en las últimas páginas de los diarios.

El cementerio fue reconstruido y como nunca volvió a llover tanto, los muertos descansaron en tierra firme por más de cien años.


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