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El Espejo de Barro - Capítulo 13 - Los médicos - En un principio fueron una suerte de brujos emigrados que salieron de su pueblo en canoa por las aguas turbias río abajo por culpa de una peste extraña que no pudieron curar en su gente.

Los médicos


El Espejo de Barro

Capítulo 13

Los médicos

Los médicos habían llegado al pueblo a bordo de una lancha mitológica en los tiempos de la fundación del caserío. Así, al menos, creían los que allí vivían. En realidad, en un principio fueron una suerte de brujos emigrados que salieron de su pueblo en canoa por las aguas turbias río abajo por culpa de una peste extraña que no pudieron curar en su gente, lo que les hizo ganar el desprestigio absoluto que los forzó a escaparse una noche con unas pocas provisiones. Estaban ya casi muriendo, días después, bajo el sol calcinante en aquella barcarola cuando, desde la orilla, unas voces les gritaron algo que no llegaban a oír pero que en su desesperación interpretaron como una cálida bienvenida. Descendieron con la prestancia que les daba su supuesta sabiduría superior e inflando sus flacos cuerpos de orgullo se acercaron a las pobres gentes diciéndoles que eran médicos, que venían de curar una rara enfermedad y que estaban relevando la orilla del río para comprobar si había nuevos casos de la extraña peste. Como allí no los había, en un principio les dijeron que se quedarían a esperar la otra patrulla que subiría por el río en días más, días menos. Como la otra barca jamás apareció, ya que era un invento de uno de los dos brujos, se instalaron en el caserío para siempre.

Tuvieron la inmensa suerte de encontrarse con un pueblo bien alimentado, feliz, simple, que cantaba y bailaba, que se hartaba de hacer el amor en siestas larguísimas y que reía mucho. De haber dado en un poblado con problemas de algún tipo, a los brujos se les hubieran desenmascarado sus caretas de sabiduría, pero estas gentes se curaban a sí mismas con alegría, diversión y amor por lo que no necesitaban sus ciencias ocultas.

Llevaron una vida simple, montaron un pequeño hospital con techo de paja y paredes de piedra donde atendían los nacimientos y las heridas de peleas. Los puntazos de cuchillos no eran algo cotidiano, pero de tanto en tanto aparecían dos medio borrachos con algún tajo profundo por el que les fluía sangre y alcohol. Los dos brujos, vestidos ya de médicos con unos delantales blancos que les trajo el camión un jueves, cosían y calmaban y como cada tanto alguno se les moría, ellos eran los primeros en avisarle al cura para que fuera preparando las misas.

Cuando la Lucero llegó al pueblo, se empleó un tiempo en la enfermería donde se dedicó a curar a los salpicados con agua del pozo. Los dos brujos, antes de transcurrida una semana, ya estaban enamorados de ella, con su delantal blanco y su cofia tomada al pelo largo y ondulado por apenas unas pequeñas hebillas discretamente colocadas sobre su cabeza. Ella se dedicaba de lleno a su trabajo y casi no los veía, enamorada en aquellos primeros momentos de su indio pozuno. Cuando tiempo después supo la verdad del plan de su indio y se distanció de él para siempre, ya habían armado entre los tres tal relación de camaradería que un amorío con uno de ellos hubiera sido una infidelidad contra el tercero que quedara afuera. Decidieron que sería mejor andar de a tres, sin celos ni rencores. Así estuvieron un tiempo, hasta que luego llegó el chino que apareció en su vida y la enamoró para siempre.

Los dos brujos se quedaron curando gente con su vieja técnica, traída quién sabe de dónde, de oler a los enfermos; rara vez erraban su pronóstico. Sus narices afiladas olfateaban a los pacientes como perros de presa y enseguida diagnosticaban males de amor, carencias de afecto, excesos de trabajo, amaneceres torcidos y lunas prolongadas. Podían sentir el olor del peso de los granos de trigo en las espaldas doloridas, el agua del río entre los dedos de los pies de los que se pasaban los días pescando en la orilla y eran mordidos por los peces, el pelo ahumado de las que habían pasado la noche un poco asfixiadas por el carbón de algún brasero y amanecían azuladas por falta de aire, el pis en la ropa de los que no podían contenerse, el aroma del bebé nuevo dentro de la panza de alguna madre embarazada desde hacía pocos días y miles de gamas de olores que sólo ellos con su ciencia de siglos conocían. Uno olfateaba y el otro tomaba notas, luego recetaban tés sencillos, atenciones, caminatas, nada especial. Sus pacientes gozaban de mucha salud y alguien que conociera apenas la vida de este pueblo no sabría bien si atribuirlo a la propia salud de hierro de los pobladores, a los dos médicos y su troupe de enfermeras o a que toda esa gente tenía todos sus miedos envueltos dentro de un solo miedo externo, oscuro, focalizado y compartido que tenía la forma de un pozo.

Años después, cuando el miedo al pozo desapareció al saberse la verdad de todo aquello, y el pueblo empezó a adquirir rasgos de ciudad cosmopolita, con la televisión que les quitó el tiempo de reunirse y amarse y besarse entre las personas, y les trajo necesidades que no eran de ellos, la salud de la gente empezó a cambiar. Pero para cuando esto pasó, los dos brujos ya estaban viejos y el hospital lo regenteaban unos muchachones jóvenes venidos de la capital, que echaron por tierra la teoría del olfateado a la que consideraban anormal y retrasada, y se dedicaron a repartir remedios de marca y vitaminas y a vacunar a los niños cada año con unas jeringas pinchudas que los hacían llorar a mares.


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