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El Espejo de Barro - Capítulo 23 - Los malabaristas - empezaron trabajando a cielo abierto, ahí nomás frente al pozo, pero las inclemencias de las tormentas hicieron que el pueblo entero tuviera que unirse y juntar fondos para la construcción de un galpón

Los malabaristas


El Espejo de Barro

Capítulo 23

Los malabaristas

Los malabaristas empezaron trabajando a cielo abierto, ahí nomás frente al pozo, pero las inclemencias de las tormentas hicieron que el pueblo entero tuviera que unirse y juntar fondos para la construcción de un galpón con un techo de chapas enclenques que a veces los amenazaban más aún que la tormenta en sí. Se llevaron los frascos a cubierto andando con sus malabares siempre en el aire.

El trabajo no era pago, pero las comadronas del pueblo cocinaban para ellos y cuando terminaba su turno de horas y llegaba el reemplazante, les daban unos buenos guisos de legumbres y carne que devoraban con el hambre acumulada en sus horas de tedio y tensión. Se decía que lo hacían por la comida, aunque también era una categoría social en aquel pueblo el ser el guardián de la vida, mantener la amenaza del pozo en el aire, sin peligro para las damas ni los niños.

Muchos no volvían a sus casas jamás, porque en el aire les chocaban dos botellas que se rompían y vertían el agua aquella sobre sus ropas, empapándolos y desapareciéndolos casi sin que sus compañeros de adelante o de atrás atinaran a darse cuenta. Las caras, segundos antes, eran siempre de estupor y el escuchar el estallido de los vidrios en algún lugar próximo los sumía en rezos por el alma del infortunado. Era un trabajo sólo de hombres ya que lo consideraban demasiado riesgoso para mujeres. Si hubieran sabido que las mujeres eran más detallistas, más concentradas en lo que hacen y más medidas en sus movimientos musculares que los hombres, les hubieran tirado el trabajo a ellas para quedarse tomando fresco a la sombra de algún árbol, pero por suerte en aquellas épocas se creía que las mujeres eran más débiles y eso las salvaba de unas cuantas cosas, si bien las condenaba a muchas otras.

Con el trabajo de los malabaristas, cada vez que se rompían dos botellas en el aire, había dos almas simples de más en el pueblo, que se incorporaban a la vida, a las que les costaba insertarse, porque no manejaban los códigos. La Lucero los ayudaba un poco, pero empezaron a convertirse en un ejército de almas buenas que deambulaba por las noches buscando un sitio donde poder dormir. La vida en la tierra se les hacía muy difícil, extrañaban mucho su mundo y pensaban todo el tiempo en cómo solucionar las cosas. Hablar con la gente era inútil porque no entenderían nada. El pozo era una amenaza para ellos y se sentían felices de haber dominado sus miedos, de tener encorsetados todos sus temores y de hacer algo por sus vidas.

Si hubieran sabido cómo funcionaban las cosas dentro de aquel pozo, quizás el pueblo hubiera cambiado la forma de pensar. Ellos desconocían que a los delincuentes y asesinos de la tierra que se les aparecían por allá los hacían retornar de inmediato, pero con el castigo de regresar a la tierra volviendo a nacer dentro de una panza de mujer, lo que les parecía la mejor cárcel de rehabilitación, ya que la mayoría de las veces los bebés crecían sanos y rozagantes y ni siquiera tenían recuerdos de haber sido tan malos, salvo en las peores de sus pesadillas de las que despertaban llorando para luego convertirse en buenos hombres. Algunos no tenían tanta suerte y salían a la vida terrestre en familias que no eran tales, o bien las fibras de la maldad en las contexturas de sus almas eran demasiado resistentes y permanecían incluso al saltar a otra vida nueva y volvían a ser malos otra vez, veinte años después.

Cuando se rompieron más y más botellas, los rescatados fueron organizándose y se reunían cada atardecer en la hondonada del arroyo para tramar una solución. En un principio decidieron dormir a todo el pueblo, pero en una noche no harían a tiempo a abrir cada botella y verterla dentro del pozo. Debían convencerlos. Una madrugada, en pleno trabajo de los malabaristas, mientras el indio mago pasaba revista, entre varias lo envolvieron en los tules del sueño y él se recostó debajo de un árbol a dormir una larga siesta. Embobaron con esfuerzo a los malabaristas, que fueron poco a poco apoyando las botellas en el suelo. Intentaron hacerles ver las personitas dentro de cada frasco, pero la oscuridad de los vidrios y el agitamiento de años de continuo movimiento no permitía ver nada ya que el agua burbujeaba como un champán efervescente que lo tapaba todo. La Lucero y todos los llegados fueron abriendo una a una las botellas de donde salieron hombres y mujeres tan bellos y buenos que el pueblo se iluminó por unos instantes con el resplandor de estas personas. Desde los pueblos vecinos la gente salió a las calles a ver lo que creía era un cometa brillante sobre el pueblo de los malabaristas, como habían dado en llamarlo desde que sucedió todo esto. ¿Qué pasaría cuando despertaran de la ensoñación?

Tuvieron suerte porque en una botella apareció Calixto, y él contó en qué frascos estaban todos los del pueblo que habían caído o se habían arrojado al pozo ya que cuando volaban por el aire producto de los malabares atinaban a saludarse antes de volver a caer. Ellos, una vez afuera, dijeron que podrían hablar con sus familias y convencer a todos de qué pasaba en aquel pozo, y de que si bien ninguno tenía por qué irse ni por qué volver, no presentaba ninguna amenaza para nadie y con la construcción de una baranda quedaban ambos mundos protegidos. Así decidieron que sería. Cuando los malabaristas fueron despertando del hechizo, rompieron en gritos desesperados que alteraron la paz de toda la región durante nueve días y sus noches. Ver a Calixto, a la gorda, a los suicidas y caídos les hizo pensar que volvían del infierno, de la ultratumba, el cura aprovechó para dictar renovados discursos de hielo y fuego y la situación se tornó ingobernable. El indio, como el político ladino que era, volvió a armar fuerzas y tropas pero algo se quebró dentro del pueblo y algunas familias recibieron con amor a quienes tanto habían llorado y les creyeron. Ya no se cantaba en las filas de los hombres y algunos intentaban mirar al trasluz de los vidrios para comprobar si sería cierto lo que andaban diciendo por ahí, pero la espuma constante a través de esas botellas verdes y marrones no les permitía ver nada.

Pasó un tiempo más así hasta que los que habían regresado terminaron convenciendo a la Lucero y las gentes del mundo pozuno de dormir a todos por un tiempo más largo que una noche e irlos despertando de a uno para que, teniendo una charla profunda con cada uno de ellos, sin las influencias de las voces de los demás, pudieran irlos convenciendo. Ésta había sido una sugerencia de Calixto que bien conocía a los hombres y cómo se dejaban llevar por las opiniones de otros y de cómo cien personas juntas no pensaban y por separado tenían más de doscientas ideas en total. Así fue, en un esfuerzo hercúleo de días y noches sin dormir que cada cual se dispuso a despertar uno a uno a los hombres para convencerlos de la buena causa. Al indio, lo acomodaron dentro de la carpa entre tres y allí lo dejaron, arropado para que no tuviera frío, durmiendo el sueño de los injustos, pleno de pesadillas y sacudones.

El trabajo comenzó a ser inverso: El contenido de cada botella era vertido dentro del pozo. De las gentes de aquel mundo, los que más extrañaban su hogar decidieron comenzar a bajar la escalera, creyendo que a mitad de camino, ya habría agua suficiente como para abandonarla y zambullirse en su pozo. Otros se quedaban a trabajar en la tierra.

Aquél que se oponía a convencerse era vencido por la fuerza de los hechos cuando veía estas gentes comportarse meses seguidos sin un solo rastro de maldad. Algunos colaboraban, otros preferían no involucrarse, temerosos de estar volviendo a ser engañados, otros no sabían cuándo habían sido engañados, si al principio, si luego, si cuando habían nacido, si cuando habían caído al pozo, si cuando habían salido de él, si cuando lo habían vaciado, si cuando le creyeron al indio, si cuando se dejaron seducir por la Lucero, si cuando se quedaron dormidos, si cuando los despertaron, si cuando les habló Calixto, que bien podían asegurar que antes de todo esto estaba muerto. Era una lucha difícil para las mentes de personas tan simples. Pero casi todos, llevados por la belleza, creyeron en el proyecto de volver a llenar el pozo. Las madres que habían perdido un niño travieso que había caído alguna vez dentro del pozo eran las que abrían botellas con más desesperación en una carrera frenética por encontrar a sus pequeños y cuando los encontraban felices y sonrientes y ellos les contaban de aquel mundo, eran las que más rápido propagaban los beneficios de ese universo sano en donde a sus chiquillos no les había pasado nada malo.

Los de la apuesta aparecieron juntos, los dos dentro de la misma botella, todavía atados por la misma soga. Decidieron volver a cobrar el dinero, a buscar el poder y las mujeres. Pero ninguna les pareció tan bella ni buena como las del mundo del pozo. Cuando se dieron cuenta de que con el dinero no iban a poder comprar ni un minuto de la paz que sabían allí abajo se sentía, ni el amor, ni la bondad que vivieron allí, decidieron mandar a todos al cuerno y dedicarse a abrir botellas a la velocidad del rayo y organizar una fila humana que pasaba frascos de mano en mano para terminar vaciándolos en el pozo frente al bar. La situación cambió desde que ellos tomaron las riendas. Todo se fue haciendo más veloz y no parecía tan inalcanzable. Así como lo habían vaciado una vez, ahora el pozo se llenaba a pasos rápidos. El único recaudo era dejar salir primero al genio de la botella para invitarlo a quedarse a ayudar o a bajar por la escalera.

Muchos se quedaban a trabajar dispuestos a salvar su mundo y seguir abriendo botellas. Pero cuando el pozo tuvo una altura considerable de agua, la deserción comenzó a ser feroz. Se tomaban el trabajo de dejar salir lentamente al genio de la botella para que éste, segundos después, se arrojara como un desesperado al pozo. Al final decidieron arrojar el contenido de agua y genio directamente al pozo sin consultar a nadie. Así iba todo más rápido y si bien nunca lograron el nivel de agua en superficie que había antes de que empezara toda esta locura, lograron devolver al pozo gran parte del agua que le habían quitado. De los habitantes de aquel mundo se cree que casi todos volvieron, claro que el censo se realizaba únicamente en los años que terminaban en triple cero.


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