+
El Espejo de Barro - Capítulo 22 - Los gatos - En la puerta del cementerio, protegidos por unos portones de hierro con motivos geométricos, unos cincuenta gatos y gatas montaban guardia por las noches.

Los gatos


El Espejo de Barro

Capítulo 22

Los gatos

En la puerta del cementerio, protegidos por unos portones de hierro con motivos geométricos, unos cincuenta gatos y gatas montaban guardia por las noches. Se escabullían por unos resquicios minúsculos para tener sus amores detrás de las lápidas. La luz del día los hacía desaparecer como vampiros felinos, a los ojos de quienes no querían verlos.

Algunas viejas del pueblo les daban de comer a escondidas para que no las consideraran brujas. Si alguien les preguntaba por los gatos, sencillamente decían: “¿Qué gatos?”, con una sonrisa en sus miradas cristalinas que evanescía toda sospecha.

Antes de la existencia y construcción del cementerio, cuando los cajones de los muertos se arrojaban al pozo, con lápida y todo en los casos de alguna familia que se creía patricia, los gatos vivían por la quebrada, acercándose al pueblo a comer lauchas y ratones por las noches, en las que eran los reyes de las calles. Al amanecer volvían a remolonear al sol, entre los pastos de la barranca.

Pero desde que se había construido el cementerio, se habían mudado con sus pertenencias y petates a compartir sus vidas con las de los fieles difuntos. Los muertos les contaban sus vidas por las noches y aquél que entendiera el idioma gatuno hubiera podido saber vida y obra de cada uno de los allí enterrados. En medio de unas interminables partidas de barajas, muertos y gatos hacían más cortas las noches que se repetirían por la eternidad, porque es sabido que la vida tiene un límite, lo que hace más llevaderas las cosas, pero que la muerte es eterna.

En la temporada de las lluvias, varios de los mejores jugadores de poker del cementerio se fueron solos hacia el mar. Ningún gato los acompañó, temerosos del agua por una cuestión ancestral. Años después se recibieron noticias de un casino de muertos montado en una isla del Caribe donde funcionaban las más divertidas mesas de black jack que podían encontrarse en el océano. Los que quedaron se esmeraron en el aprendizaje de los juegos de azar, que si bien no los entretenían tanto como cuando estaban vivos – no hay azar cuando no hay nada que perder – acompañaban sus inexistencias.

Se contó durante siglos aquella historia de una patota de muertos traviesos, que salían de noche por las calles a asustar gente, a invitar muchachas a tomar café y hacerse pasar por los hombres más sabedores de las cosas de la vida que había en la tierra. Esto era verdad, pero cuando debían volver a su cama tosca antes de la salida del sol, dejaban un reguero de mentiras y temores que no habían buscado. Los gatos los consentían porque los muertos los mimaban mucho, acariciándolos y brindándoles la comprensión que los vivos no les daban. Ellos ponían las orejas para escuchar las verdades que les contaban y las mentiras que les inventaban y en algunas ocasiones intentaron llevar los mensajes a los vivos, pero muchos de ellos los echaban a escobazos, sin detenerse siquiera a ver qué figura reflejaban las diminutas pupilas que los estaban mirando.


comparte esta página en: