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El Espejo de Barro - Capítulo 12 - Llegados de la China - Un mañana llegaron de la China dos mujeres de melena corta y renegrida y un joven fuerte y mucho más alto que ellas, con el torso desnudo. Traían atada, con una soga finita, una elefanta vieja.

Llegados de la China


El Espejo de Barro

Parte II

Capítulo 12

Llegados de la China

Una mañana llegaron de la China dos mujeres de melena corta y renegrida y un joven fuerte y mucho más alto que ellas, con el torso desnudo, los tres vestidos de colores fosforescentes que se reflejaban en el polvo del camino como en un espejo opaco. Traían atada, con una soga finita, una elefanta vieja vestida con pollera rosa, un pequeño sombrero de paja centroamericano y una canasta de mimbre sobre el lomo con los bártulos de aquellos tres aparecidos. Venían sin ningún propósito claro y sólo una de las dos mujeres hablaba el idioma de aquellos sitios, con bastante torpeza. Cuando se comunicaban entre ellos, el más fluido chino mandarín cantaba entre sus sonrisas.

Parecían escapados de una feria de vanidades, de una fiesta de disfraces, con máscaras chinescas debajo de la piel. A la hora de la comida, una mísera y económica llama hecha con unas ramas raquíticas cocinaba unas raíces encontradas y unos puñados de arroz delgado y un poco oscuro dentro de un wok tiznado.

Los chicos del pueblo fueron quienes primero los vieron llegar mientras se divertían con un juego de pelota a la que las madres le cosían unas plumas de gallina para que se hiciera más lenta y se acolcharan los pelotazos a la hora de la siesta, y no los tuvieran que echar hasta las afueras del pueblo donde casi no tenían sombra ni canilla de donde poder tomar un poco de agua. Eran los únicos en la calle a esa hora y, a los que no despertaron con los pelotazos, los despertaron a fuerza de algarabía y gritos. La elefanta terminó poniéndose muy nerviosa, y demostró no estar domada ni acostumbrada a tales muestras de curiosidad infantil.

Llegaron al pueblo para la época de las grandes deliberaciones, en que se discutía si el pozo debía ser vaciado o no, con los dilemas del indio flaco y con la Lucero enamorándolos a todos por las calles.

El chino decidió dedicarse a seducir a la Lucero desde el primer instante en que la vio, a la hora del angelus, con el cuerpo de ella haciendo un eclipse de sol que le enrojeció el pelo y le transparentó el vestido dejándole ver entre sombras una silueta perfecta que lo volvió loco de entrada.

No hablaban el mismo idioma pero a la Lucero poco le importaba porque no se entendía bien con las palabras y sí con los hechos. Ella tenía dentro de su alma algo así como la total comprensión que hacía que se pudiera comunicar con quien fuera. No importó el idioma que hablaran porque ella se expresaba con miradas, sonrisas, abrazos, besos y, cuando tiempo después la situación se puso interesante dentro de su corazón,, las mañanas empezaron a prolongarse hasta la noche en una seguidilla de pasiones y encuentros que los dejaban sin más energía que para calentar el arroz que cocinaba el chino. Él le daba de comer con los dos palitos como a un bebé y la llenaba de halagos chinos incomprensibles a sus oídos, pero ella sonreía feliz.

El indio estaba furioso de celos y había amenazado de muerte al chino que no había entendido ni una sola palabra de toda esa ristra de insultos que le había gritado a las puertas del bar. La luz en los ojos de la Lucero que, mujer al fin, se enorgulleció de tener a esos dos hombres viriles pelando por ella, hizo que el chino entendiera perfectamente de qué venía todo ese maremoto de gritos. Esa noche la amó con más fuego aún, porque la comparación que imaginaba en el corazón de la Lucero le hizo desplegar el abanico de su sabiduría oriental. Empezaron cuando el pueblo quedó en silencio y siguieron hasta la salida del sol. Los placeres de la Lucero eran como flechas de luz que salían de su interior recorriéndole primero el vientre entero y luego la espalda para salirse de ella a centellear por la casa toda. Por entre las persianas se veía como un resplandor que iluminaba las habitaciones en latidos parejos. Alguna luz llegó a escaparse por debajo de una puerta y salió calle abajo a buscar con quien compartirse. Había para todos. A las semanas el pueblo entero sabía de la luz de la Lucero y se comentaba que, con el chino, los bombazos de luz iluminaban más que con el indio, y las mujeres de las casas vecinas empezaron a ver al oriental de mirada rasgada con unas caiditas de ojos que él jamás notó, enceguecido como estaba de tanta pasión a toda hora.

Con el tiempo los dos inventaron un código de palabras en el idioma especial de su creación para decirse uno a otro las cosas más intrascendentales pero que eran de índole práctica, porque la casa se les estaba viniendo abajo, el pasto estaba crecido y no había nada en la alacena salvo las bolsas de papel madera angostas y largas repletas del arroz oscuro que ella ya estaba un poco cansada de comer.

Cuando la china que hablaba un poco el idioma de ellos pudo explicar que, en realidad, el chino era su marido y también lo era de la otra china, que los tres venían escapando de un chino gordo que teñía telas en la ciudad de Pekín, introduciendo los paños inmensos en cubas de madera con agua hirviendo, añiles y hierbas que le daban tintes diferentes a las telas que luego compraban las señoras chinas para hacerse sus prendas largas hasta sus pequeños pies, se armó una batahola.

Explicó también que la elefanta la habían comprado en la India al vender a la tercera esposa, una jovencita un poco enferma de la que se deshicieron al pasar por Madrás a cambio del animal que sería más práctico. La otra china, con gestos, dio a entender que el chino había llorado por su pequeña esposa adolescente, aunque bien podría ser ella la que lloró porque se había encariñado con la pequeña a la que le había enseñado todo, desde cómo peinarse hasta las artes del amor.

La Lucero le cerró la puerta en la nariz a su amante oriental y se quedó sola, con su orgullo herido durante semanas. Pero no pudo resistir el saberse atrapada en la red del desamor, sentirse sola y un poco marchita. No pasó mucho tiempo así, y el indio volvió a la carga para tratar de convencerla de que retornara a él, pero fue para esta época cuando la Lucero se empezó a dar cuenta de los planes del indio, por lo que hizo de tripas corazón y, escondiendo el orgullo debajo de las medias, fue hasta la casa del chino y las dos chinas ya donde terminaba el pueblo, para el lado de la hondonada del río grande. Allá llegó caminando y la elefanta fue la primera en gritar, como un perro casero, alertando a los tres que alguien había venido a visitarlos. El chino salió a recibirla y la invitó a pasar, ya era casi la hora de la cena y los tres comieron con palitos alrededor de un fuego en el centro de la habitación. El humo salía por un agujero ladeado en el techo y engrisaba un poco las percepciones. La Lucero, desesperada por volver a tenerlo, les creyó las disculpas a todos y se quedó a pasar la noche con el chino y las dos chinas. Los sueños de los cuatro se mezclaron tanto aquella noche que a la mañana fue imposible desenmadejar los vericuetos que flotaban sobre el humo de la habitación y hubo que quemarlo todo con una llama que ardió durante meses.

Los cuatro volvieron al pueblo con la Lucero arriba de la elefanta, entre los almohadones floreados dentro de la canasta de mimbre y se instalaron en la casa de ella. Las tres mujeres se repartían las tareas durante el día y era como un matrimonio perfecto.


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