+
El Espejo de Barro - Capítulo 20 - Las pinturas de la china mas joven - Cuando una de las dos chinas empezó a pintar cuadros, el pueblo se inundó de farolitos chinos, puentes sobre arroyos, aldeas pobres y techos de Pekín como jamás lo podrían haber imaginado.

Las pinturas de la china más joven


El Espejo de Barro

Capítulo 20

Las pinturas de la china más joven

Cuando una de las dos chinas empezó a pintar cuadros, el pueblo se inundó de farolitos chinos, puentes sobre arroyos, aldeas pobres y techos de Pekín como jamás lo podrían haber imaginado. Como no había dinero para telas ni marcos, la china iba a las casas y pintaba directamente sobre las paredes. Al poco tiempo dejaron de pedirle que dibujara arroyos porque el agua de la escena se les empezaba a filtrar por las paredes y terminaba trayéndoles unos problemas de humedad que la hicieron olvidar sus puentecitos orientales para siempre. Más vale pintaba soles o pájaros, pero jamás en los dormitorios porque estas aves de colores, que no conocían la noche por vivir en un mundo de verde perenne y luz plena cantaban todo el día sin conocer ni respetar los tiempos de descanso de los hombres. Las preferidas eran las flores, unas flores inmensas salidas de la cabeza de la china a las que, además de los colores y la cantidad de pétalos, les inventaba el olor.

En la casa que compartía con el chino y la Lucero había pintado los paredones exteriores con unas pajarracas milagrosas que hasta comían los granos que les tiraban los chicos que no pudieron más ir a jugar a los pelotazos contra la pared por miedo a dañar aquellas aves tan magníficas. En las paredes de adentro, prevalecían las flores que inundaban los ambientes con sus perfumes, los que a veces se chocaban unos con otros y entraban en una guerra de preferencias que los volvía alérgicos a todos y terminaban estornudando noches enteras. La china tenía que pasar pintura blanca por encima de las flores más altivas y por varios meses todo quedaba en unos simples pastos altos, verdes y amarillos, meciéndose con la brisa cada vez que abrían una ventana.

Una tarde en que la china estaba inspirada, pintó unas maripositas tenues y etéreas que terminaron posándose sobre cada flor verdadera o pintada, inundando el pueblo de belleza. Era tanta la alegría que siguió con unos pequeños hipocampos, tal como los recordaba de un libro chino que había hojeado de pequeña en su Pekín natal, a los que les agregó peces de colores, estrellas de mar y pulpos majestuosos, todos con unos ojos achinados como los recordaba de aquellas páginas impresas que su padre le mostraba. Cuando terminó de pintar aquel mundo acuático, los animales se empezaron a ahogar en el aire y ella estuvo tentada de hacerles una pequeña laguna para que no se murieran, pero recordaba las iras de los vecinos a los que se les habían empapado los cimientos. Se detuvo frente a su pared oceánica, les chifló y pidiéndoles que la siguieran, los arreó a todos para el río. Los peces espada franqueaban el paso y los caballitos de mar en una fila prolija los seguían por detrás. La china alzó a dos tortugas de mar que no llegarían con vida a la orilla y en poco menos de media hora todos se lanzaron felices al agua. Desde aquella tarde se incorporó el pescado a la dieta de los pobladores.

Cuando la pesca se hacía escasa las autoridades le pedían a la china que pintara más animales en una pared que le levantaron los albañiles especialmente para ella a pocos metros del agua para que no hubiera trayecto ni distancia. Le pagaban por hacerlo y ella pintaba feliz; no le importaba que se comieran sus creaciones porque sabía que los animalitos continuaban viviendo en las entrañas de quienes se alimentaban con ellos. Los viajeros le traían láminas de peces más suculentos y sabrosos que ella copiaba con el mayor detalle. A veces les inventaba lunares violetas o celestes para diferenciarlos de esos peces grises de los folletos pescaderos.

Nunca intentó dibujar personas porque tenía temor de que aquellos seres de su paleta pudieran venir a complicarle la vida. Pero hubo una noche de celos, en que sintiéndose desplazada en el corazón del chino, y envidiosa de la belleza de la Lucero, soñó entre pesadillas que llenaba la casa de dibujos de mujeres más bellas aún que la Lucero, pero cuando despertó supo que todo sería peor, y reconoció que de su paleta no podría salir nada que se pareciera ni un poco a la pasmosa belleza de su concubina.


comparte esta página en: