+
El Espejo de Barro - Capítulo 25 - La Lluvias - Empezaron de a poco, como todo y, de una fina película de barro húmedo que se formó en la superficie, se pasó, al cabo de unos meses a un lodo sancochado.

Las lluvias


El Espejo de Barro

Capítulo 25

Las lluvias

Las lluvias empezaron de a poco, como todo y, de una fina película de barro húmedo que se formó en la superficie, se pasó, al cabo de unos meses a un lodo sancochado en donde los caballos se enterraban hasta las verijas y los carros se atascaban a los pocos metros. La Lucero se había ido con los chinos y el niño al mundo pozuno y como el pequeño extrañaba a sus amigos para jugar a la pelota con plumas, hizo el intento de volver en varias oportunidades, pero cuando asomaba la cabeza era Calixto el que la mantenía al tanto de cómo pintaba el clima. Fueron varias las veces que trató de venir a la tierra y que seguía lloviendo sobre el pueblo

La gente poco a poco se acostumbró a la humedad y los insectos, pero su mayor preocupación fue que el agua elevó el nivel del pozo hasta llegar al borde. Los pobladores tuvieron miedo de que el pozo rebalsara y las gentes de aquel mundo aparecieran flotando desbordadas en cualquier calle del pueblo, impedidas de volver a su mundo al haberse desdibujado los bordes de aquel pozo portal pero todo quedó en amenazas climáticas ya que por mucho que lloviera el nivel del agua no sobrepasaba jamás la superficie de la calle aquella. La Lucero les contó en un viaje siguiente que adoraban las lluvias torrenciales porque les hacían un cambio de agua que les encantaba y sentían ellos un olor a agua mojada que los ponía felices sin motivo.

Las lluvias hicieron crecer el arroyo tanto que una mañana temprano se les apareció un galeón romano con cientos de esclavos remando en los lados y velas amarillentas que se ponían rojizas en los pliegues con los rayos de sol todavía a ras de tierra. El ruido era atronador y medio pueblo se despertó con los gritos de aquellos remeros esclavos que hacían temblar las aguas hincando sus palas. Fue una imagen extraña, como si se proyectara una película sobre una pantalla traslúcida, porque aquel galeón no se detuvo sino que siguió su camino, quizás hacia Sicilia, o Estambul, con sus hombres profiriendo gritos bravíos y una sincronización de ballet en el movimiento de los remos.

Al pasar frente a la quebrada, algunos pobres que vivían en la barranca atinaron a saludar con unos trapos y nadie de aquel galeón contestó tal amabilidad. Quizás eran vistos pero no podían ver, quizás el sol de frente les enceguecía las miradas, quizás el sudor les goteaba sobre los ojos, quizás el agotamiento los hacía bajar la cabeza, quizás no tenían resquicio por donde ver hacia fuera, quizás vieron pero no podían hacer nada más que remar en la humedad oscura y profunda, quizás no fueron más que un sueño colectivo sin más viso de real que el que quedó en el saludo agitado de los pobres de la barranca.

Era temprano y a esas horas antes de levantarse, las gentes de aquél pueblo solían sacar sus almas de paseo, a tomar el fresco y la calma del amanecer. Muchas veces estas almas gentiles paseaban sueltas pero otras veces se iban de la mano a vivir experiencias todos juntos y cuando esto sucedía, en el pueblo sólo se hablaba del mismo sueño que habían tenido todos minutos antes de levantarse. Es casi seguro que aquella mañana estuvieran todas las almas en la barranca del río. Hubo dos o tres almitas que se arrojaron al agua cuando pasó la soga con los nudos, se aferraron a los hilos mojados y con un gran esfuerzo lograron llegar al galeón donde seguramente ingresaron dentro de algún esclavo moribundo volviéndole a dar la respiración que lo estaba abandonando. Esa misma mañana hubo también dos o tres ancianos del pueblo, que no despertaron más.

Muchos fueron los que se quedaron esperando otras tormentas, pensando que quizás en una temporada de lluvias lo bastante fuerte volviera a aparecer el galeón esta vez remando río arriba. Pero en los muchos años que duró toda esta odisea nunca más volvió a llover tan fuerte.


comparte esta página en: