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El Espejo de Barro - Capítulo 6 - La mujer de Calixto - La mujer del cartonero que había caído con sus dos caballos viejos y su carga de botellas y cartón dentro del pozo se había vuelto loca y pedaleaba en su bicicleta verde aullando por las noches, llamando a su marido.

La mujer de Calixto


El Espejo de Barro

Capítulo 6

La mujer de Calixto

La mujer del cartonero que había caído con sus dos caballos viejos y su carga de botellas y cartón dentro del pozo se había vuelto loca y pedaleaba en su bicicleta verde aullando por las noches, llamando a su marido, haciendo un eco triste que rebotaba en las paredes y tapiales del pueblo. Una sola vez se animó a acercarse al pozo y gritó el nombre de él con toda la fuerza de la que disponía, pero el grito se ahogó no bien las ondas tocaron la superficie del agua y el sonido se aquietó como contra una pared de algodones. Quién sabe si su Calixto la escucharía, dónde andaría, se habría encontrado con los muchachos de la soga. Le dio pena enterarse un día después de los dos valientes que se habían arrojado al pozo, en sus desvaríos creyó que lo hacían para salvar a su Calixto y traérselo de regreso, lleno de las monedas de oro que seguramente había detrás de esa frontera de agua y barro. La apenó no haberle mandado un mensaje. Qué pensaría su Calixto, vienen del mundo de ella y ni un mensaje me traen. Lloró un poco en la orilla, porque los ratos que no estaba loca, la atacaba una tristeza melancólica que la hacía llorar a cataratas y sólo salía de ahí volviéndose loca otra vez, alternando lo dos estados, a veces con precisión milimétrica y otras veces en una mezcolanza que ni ella misma sabía si estaba locamente triste o tristemente loca, o las dos cosas a la vez, o ninguna de ellas, como pensó una mañana cuando se levantó y se fue a mirar en el espejo y no se vio. El espejo se había roto unos días antes pero ella se había olvidado y el no verse la hizo creer que se había muerto. Salió corriendo para unirse a su Calixto y por suerte la agarraron entre cuatro porque la loca mujer se tiraba nomás al agua del pozo para desaparecer devorada e irse a vivir a las entrañas de la tierra con su buen hombre, que no había sido tan bueno en realidad pero era lo único que había tenido, cuando no estaba tan loca ni triste como ahora.

Su Calixto había sido un hombre tosco y celoso que la había vuelto un poco loca ya antes de caerse al pozo y hubo un día en que había pasado de todo.

Aquella mañana las puertas flameaban y golpeaban como con un tornado que giraba en el interior de la casa y no se decidía a salir. Las cortinas de las ventanas volaban hacia afuera y a través de los huecos donde habían estado los vidrios se veía girar todo dentro de la vivienda. Vivían en una casita simple que antes de que se desatara la locura dentro de los corazones de los dos había sido prolija, tenía un jardín simétrico y colorido que aquellas almas atormentadas habían cuidado con dedicación.

Algunos vecinos se habían reunido en la vereda a unos pocos pasos del cerco bajo delante de la casa. Se habían agolpado allí y por momentos se chocaban las cabezas para poder ver por los huecos de las dos ventanas que daban al frente o pispear a través de la puerta que golpeaba y golpeaba sin parar jamás. Cada tanto veían pasar por la ventana, elevada en el aire y con los ojos desorbitados a la esposa de Calixto, con su vestido simple hecho jirones como la vela gastada y rota de una carabela abandonada. Giraba en círculos mudos y sólo se oía el ruido del viento en torbellino y de las cosas que se rompían, que eran todas. Había relámpagos allí dentro que por instantes dejaban ver jarras metálicas girando a altísimas velocidades, astillas de muebles, sillas, sábanas como fantasmas enloquecidos, trozos de vidrio con puntas amenazantes. Pero nada salía de la casa, todo daba vueltas allí dentro.

Un día completo giraron así, hasta que al caer la noche se oyó la voz de Calixto como un trueno que decía –“¡Basta!” en un grito ronco y feroz. Todo se detuvo. Las cortinas que volaban bajaron suavemente hasta su posición de siempre. Las astillas, los trozos de vajilla, los vidrios, todo fue cayendo en remolinos lentos hasta que el viento interior se detuvo y también el cuerpo de ella dejó de girar para detenerse agotado, ojeroso y completamente ido.

La mujer de Calixto, a la mañana siguiente amaneció bien temprano para limpiar la casa, juntó trozo por trozo las cosas rotas y sin una sola lágrima en su mirada ya un poco loca acomodó todo en paquetes inmensos de basura. Luego, sin siquiera un pequeño bolso en sus manos, partió en una languidez perdida hacia la estación de tren. Es cierto que ella lo había engañado con otro hombre, pero la furia de Calixto había sido demasiada.

El tren no existía porque si bien en la gobernación anterior habían trabajado los ingenieros tendiendo las líneas de ferrocarril que sacarían la provincia de la desolación y el aislamiento, cuando llegaron otra vez los liberales al gobierno decidieron que no sería negocio, que la región bien poco producía y que no tenía sentido gastar en trenes y vagones para unos pocos muertos de hambre con sus cabras y sus gallinas. Así que la estación quedó como un monumento a la nada, y una vez que murió el presidente aquel que había planificado el desarrollo y el progreso, decían se escuchaba al fantasma del tren pitar en las noches serenas. La mujer de Calixto estuvo allí esperando sentadita a que se la llevara el verdadero tren o el fantasma o quien fuera y lloraba en un llanto débil, que ni comparación tendría después con los llantos desaforados frente al pozo. Su Calixto fue a buscarla y le prometió que la perdonaría. No sabía cuándo pero algún día, si ella se quedaba y seguían viviendo juntos, él haría el esfuerzo de olvidarse. Ella nunca supo si él algún día la perdonó y muchas veces era eso lo que gritaba por el pueblo mientras pedaleaba como la loca que era en su bicicleta verde: “¿Me perdonaste, Calixto? ¿Me perdonaste?” Los parroquianos del bar le gritaban que “¡Sí! ¡Sí!” para que se fuera y los dejara concentrarse en la carrera de caballos que pasaban por la tele. Pero la pobre nunca supo la respuesta y, muchos años después de todo esto, cuando el pozo fue vaciado completamente y juntado en frascos y frasquitos que mantenían en el aire los malabaristas, supo la verdad.


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