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El Espejo de Barro - Capítulo 17 - La mayor de las dos chinas - Había conocido a su chino en tiempos que sentía lejanísimos allá en su Oriente natal, cuando llevaban una vida simple de paseos por caminos rodeados de cerezos y tomaba tazones de té.

La mayor de las dos chinas


El Espejo de Barro

Capítulo 17

La mayor de las dos chinas

La mayor de las dos chinas había conocido a su chino en tiempos que sentía lejanísimos allá en su Oriente natal, cuando llevaban una vida simple de paseos por caminos rodeados de cerezos y tomaba tazones de té. Ella era de una familia aristocrática y señorial que le había enseñado a comportarse como una estatuilla china aunque vinieran degollando. Por eso, cuando su marido chino le anunció que quería tener otra esposa, sonrió apenas para él y después se dedicó a llorar por las noches durante semanas. Así amargó todas las tazas de té que bebió por aquella época, que por más miel que le vertiera dentro, no estaban dulces jamás.

La tristeza se le fue convirtiendo después en otro sentimiento que no supo nombrar, algo parecido a la sed, que le resultaba imposible de explicar. Pero cuando su chino eligió finalmente a la muchacha, que resultó sumisa y tierna, de frescos años juveniles, la vida se le empezó a hacer un poco más llevadera. Tenía con quien conversar durante el día, se dividían las pocas tareas de la casa, entre dos les era más fácil organizar las fiestas, cuidaban las rosas del jardín entre ambas y hasta tomaban el té juntas como dos buenas amigas. Por las noches, el chino alternaba las preferencias haciéndolas felices a las dos.

Cuando años después, el chino de las dos llegó a la casa con la pequeña apenas adolescente anunciándoles que era la tercera esposa, las dos armaron un maremoto de cacerolas en la cocina. Ya para la noche, sabían que nada que pudieran decir o hacer sería tomado en cuenta, por lo que aceptaron el hecho entre dientes. A la mañana siguiente, amanecieron decididas a enseñarle a la pequeña todas las artes orientales que no había tenido tiempo de aprender a tan corta edad. Le enseñaron a preparar aves de caza y mermeladas frutales, tés de rosas y naranjas de la china en miel y ella cuidaba los gusanos de seda.

Fue el chino quien tuvo el problema con el grandote que teñía telas, porque en una noche de calor y opio perdió todo jugando al go, y como también había apostado sus mujeres, una por una, a la madrugada tuvo que escaparse del garito chino y volver de la ciudad prohibida a escondidas, aprovechando la oscuridad para no dejarse ver entre las callecitas empedradas. Las despertó una a una en sus camas, apenas alcanzaron a vestirse y a salir por detrás, pasando la glorieta del jardín, que ya el tintorero estaba a los gritos golpeando las puertas del frente.

Amanecía cuando corrían por la ciudad seguidos del grandote y en el medio de la plaza divisaron un globo anaranjado con un tripulante que les sonreía divertido. Saltaron dentro del canasto y se elevaron en el aire entre las risas de los pocos transeúntes que había alrededor y los gritos furiosos del chino que no logró alcanzarlos.

Dejaron atrás la casa, las plantas del jardín, los espejos, la vajilla, las prendas, la familia, los amigos, todo. Las tres mujeres estaban sorprendidas y un poco fascinadas por la situación pero no sabían que aquel globo las llevaría realmente lejos de su China natal para siempre. El sí lo sabía y estaba triste y arrepentido. Había nacido con casi todos los problemas solucionados, su padre era uno de los traficantes de opio más importantes de la ciudad y ahora se encontraba con que había perdido todo por una deuda de juego que sabía era su obligación respetar si quería seguir siendo miembro de la misma comunidad. Pero amaba a sus tres mujeres y no podía dejarlas en las manos de ese gordo libidinoso y opiómano que quizás hasta las vendiera para trabajar en algún burdel de Tailandia adonde las llevarían en barcos inmundos y quién sabe si ellas lograrían resistir el viaje por ese calamitoso mar plagado de bandidos por arriba y de tiburones por debajo de la línea del agua.

Las opciones se convirtieron entonces en escapar o suicidarse sin reconocer la deuda de juego. Si bien la idea del suicidio había rondado su cabeza, hubiera necesitado más tiempo para poder juntar coraje. El apuro de los golpes en la puerta del frente lo forzó a tomar una decisión más rápida y esa fue escapar por los fondos.

Tenía la vida joven, tres mujeres que lo querían y un globo que flotaba en el aire como no podía haber imaginado jamás. No miró para atrás.


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