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El Espejo de Barro - Capítulo 9 - La Lucero - Fue después del hundimiento de la gorda, en el medio de la época de la ley seca, de pilas de botellas vacías en la calle preparándolo todo, que llegó la Lucero al pueblo.

La Lucero


El Espejo de Barro

Capítulo 9

La Lucero

Fue después del hundimiento de la gorda, en el medio de la época de la ley seca, de pilas de botellas vacías en la calle preparándolo todo, que llegó la Lucero al pueblo. Venía quién sabe de dónde, con la ropa un poco raída y los zapatos cubiertos de polvo. Traía una valijita tristona que hacía juego con un sombrero de cuero marrón, un poco masculino pero que le quedaba bonito sobre su pelo dorado. Dicen que se bajó del fantasma del tren una noche clara cuando éste pasó por la estación vacía, otros dicen que la trajo el cartero en su bolso de cartas de amor y de muerte, otros dicen que llegó en el camión del bar y otros dicen que en realidad ella era miembro de la organización de las putas que, para ponerle un poco de pimienta a las cosas, la había dejado a un kilómetro de distancia del pueblo para que ella llegara caminando con un aura de misterio que lograra cautivar a los pobladores y les trajera pingües ganancias al dueño del bar y al mafioso de la ciudad.

La verdad ni ella parecía saberla porque tenía días en los que andaba como drogada o borracha, melancólica y sin hablar con nadie, miraba el atardecer reflejado en los vidrios verdes y celestes de las botellas vacías, o la seguían todos los perros en su recorrida lenta y cansina por las calles del pueblo. Otras noches, en la algarabía general del bar, bailaba dando saltos y hasta había ensayado los pasos que le habían dado el triunfo a la pareja ganadora en el concurso de baile con el tema himno del pueblo.

Poco a poco se fue haciendo amiga de todos; empezó con la mujer de Calixto. Meses después, la Lucero se empleó en lo de las gemelas para cuidarles las hijas alternadamente. Fue enfermera en el hospital, tapándole a la gente los agujeritos provocados por salpicaduras del agua maldita con paños blancos que enroscaba como cigarros e introducía en los orificios para que al menos la luz no les pasara de lado a lado a los enfermos y no pudieran espiar a través de ellos a sus espaldas. Un tiempo después, se hizo peluquera y todos la adoraban porque en vez de cortar ella hacía aparecer rulos o trenzas, pelo largo donde había pelo corto, rizos que caían sobre los hombros en cabezas que habían sido rapadas por los piojos el día anterior.

Tenía un cuerpo escultural y cuando, años después, los malabaristas estaban cansados y hartos de estar horas enteras lidiando con las botellas cargadas, ella se aparecía delante de ellos con una palangana de agua del río, una esponja y un jabón y primero se desnudaba muy lentamente para luego bañarse cada parte del cuerpo con una espuma blanca y lenta que resbalaba suavemente por su piel muy tersa. A los malabaristas se les pasaba la hora en un santiamén y hubo más de uno que turbado por la excitación rompió sin querer dos botellas al chocarlas en el aire y desapareció feliz, con el agua que lo tragó y se lo llevó a otro mundo con el cuerpo de la Lucero en las pupilas iluminadas.

Nuca nadie supo cómo se fueron sucediendo las cosas, ni qué pasó antes de qué, pero la noche en que vieron a la Lucero sobrevolando el pueblo con su vestidito transparente, ahí supieron que bien podía ser una bruja o un alma en pena. Lo que nunca nadie pudo imaginarse es que venía del pozo y había hecho un salto inverso. Por eso traía mensajes de Calixto para su mujer, a quien le tradujo las palabras de él. Aquellos a los que acompañaba en su caminatas resultaron ser casi siempre los hijos de los que se habían suicidado y que, remordidos por la pena y el arrepentimiento de su conciencia por haber dejado a sus pequeños en la más absoluta soledad, le imploraban en ese mundo socavado a la Lucero que acompañara a sus niños y les diera todos los besos y los abrazos que ellos se habían perdido por ese instante de locura que los había echado dentro del pozo casi tomándolos de las hombreras de los sacos con una fuerza de huracán.

Las noches que pasó en la carpa del indio, no fueron en realidad un ardid de la Lucero para convencerlo de lo que el pueblo le había pedido sino que fueron el reencuentro con quien había sido su amor en aquel otro mundo, ya que el indio mago, antes de ser desterrado, había sido amante de la Lucero mil años atrás, según intentaban recordar en las noches en que sus cuerpos, blanco uno y cobrizo el otro, resplandecían amarillos y rojos al lado del fuego de unas ramas secas encendidas, más para iluminarlos y poder verse que para darles calor, que no les hacía falta.

Cuando ella empezó a atar cabos de manera inocente, ya que no conocía la malicia y le era imposible sospechar de aquello que ni siquiera se le podía ocurrir, y percibió lo que podía llegar a pasar, intentó muchas veces convencer al indio, sin lograrlo, de que no hiciera lo que él finalmente hizo.


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