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El Espejo de Barro - Capítulo 8 - La gorda - La idea de poner una gorda de tapón en el pozo se les había ocurrido muchas veces, pero no fue hasta que una de las mujeres del pueblo empezara a ensanchar las ancas que se iluminaron con la posible solución.

La gorda


El Espejo de Barro

Capítulo 8

La gorda

La idea de poner una gorda de tapón en el pozo se les había ocurrido muchas veces, pero no fue hasta que una de las mujeres del pueblo empezara a ensanchar las ancas que se iluminaron con la posible solución.

Sin que ella lo supiera, luego de aquella reunión en el bar, comenzaron a acercarle a su casa bandejas de comida, leches rebosantes de crema y panes azucarados para que la mujer, que hasta el momento desconocía su destino de corcho gigante, sólo atinara a sonreír agradecida por tanta amabilidad vecinal y devorara puertas adentro, con una voracidad de hiena, todo lo que le traían.

Así fue que, una vez que se empezó a saber de los planes para la gorda, como se dio en llamar a la odisea, hasta los viajeros le traían deliciosos manjares de otras partes del mundo. La gorda fue una gourmet antes de que se inventara el término porque, sentada a su mesa primero y ya tirada en la cama al poco tiempo, se dedicaba a saborear carretilladas de exquisiteces. Lo probó todo.

Por el paladar de la gorda pasaron los más deliciosos manjares, excelentes vinos champagnes y licores, los mejores salmones, ahumados o no, el caviar beluga y del otro y las más ricas pizzas que le trajeron de Italia, los trescientos sesenta y seis quesos franceses, los embutidos alemanes, los pancitos de Rusia, tartas de frutas de la Normandía, quesillos de Grecia, mantecas bien saladas de la Bretaña francesa que llegaban un poco derretidas y a veces rancias de tanto viaje por mar, algún pudding inglés que de casualidad resultó sabroso, arroces orientales, platos variados y coloridos de Tailandia que aprovechaban para tentarla cuando ella ya no quería comer más, atragantada quizás de tantos platos especiados de Arabia, o empalagada por las delicias muy dulces de Turquía. Cuando el camión del comerciante trajo heladeras para vender, entre todos compraron una inmensa para la gorda, donde las madres del pueblo le congelaban los mejores helados de frutas del bosque. Probó también el sabroso jamón español, el más rico mazapán de medio oriente y todos los cabritos de la región. Para acompañar, le traían jugos de frutas de unas islas remotas del Pacífico, los que a su vez, para que fueran más calóricos, endulzaban con miel.

Al poco tiempo, la gorda ya parecía una vaquillona y cuando le midieron el contorno de las caderas con el centímetro de la costurera y notaron que superaba en unos pocos números al diámetro del pozo, se decidieron a decirle la verdad sobre su triste futuro y a llevarla en carreta a la calle del bar.

La gorda no quiso cumplir el destino que tenían planeado para ella, por la gran pavura que le tenía a esas aguas oscuras, pero inmensa como estaba, le fue imposible defenderse ya que no pudo siquiera incorporarse en la cama. Entre ocho la cargaron en un carretón especial y la sacaron a través de la pared que tuvieron que demoler porque la gorda no pasaba por la puerta.

Ella fue aullando y protestando por las calles del pueblo y en realidad los acongojaba escucharla. Era una buena mujer, no les había hecho daño jamás, pero fue ella sola la que empezó a engordar primero, saliéndose, sin proponérselo, de las líneas estéticas que habían regulado el pueblo por generaciones. Fue luego que ellos la eligieron para cumplir su destino de tapón humano. Además, el pueblo entero había invertido fuertes sumas de dinero en aquel corcho de mujer, y varias cosechas futuras estaban comprometidas para pagar las exquisiteces que habían hecho traer de los confines del mundo. Por ello, primero selección y luego inversión, no iban a permitir que la gorda no les rindiera sus frutos protegiéndolos a todos de aquel pozo del mal.

La bajaron del carretón entre doce y con sogas dobles, que le cruzaron por las axilas y la entrepierna, la fueron deslizando despacio hasta que justo a la altura de sus caderas el pozo quedó bloqueado. La gorda lloraba y todos estaban apenados por ella, pero a la vez felices por el éxito del plan. Los festejos no se hicieron en el bar, tan cerca del pozo, sino en el club social donde esa noche bailaron hasta entrada la madrugada.

A la mañana siguiente, armaron una rampa de tablones hasta la gorda para poder alcanzarle la comida que ella pedía a alaridos. Debieron seguir invirtiendo en alimentación.

La pobre mujer empezó a estar triste, se sentía solitaria y usada, y dejó de comer al ritmo que lo había venido haciendo. Al cabo de varias semanas de depresión, comenzó a adelgazar, por lo que cada mañana cuando iban a darle el desayuno de baldes de leche azucarada y carretillas de panes diferentes, la gorda estaba un poco más hundida dentro del pozo.

Cuando la cadera entera se zafó de los bordes y se hundió dentro del pozo, fue el fin de la gorda. En un último intento por salvar su vida, trancó sus tetazas en el tablón de la comida pero éste se quebró como una papa frita crocante bajo el peso de la mujer vaquillona. Ella se quedó agarrada de los bordes del pozo, pero con un corazón debilitado por tanta grasa fue poco lo que pudo resistir.

La gorda desapareció dentro del pozo a las pocas semanas de tan titánico esfuerzo general, trayendo una sensación de desesperanza en el pueblo entero, que sólo el indio, tiempo después, se ocupó de disipar.


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