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El Espejo de Barro - Capítulo 19 - La fuente de la plaza - En la plaza del pueblo había una fuente donde los pobladores iban a pedir sus deseos y también venían gentes de los caseríos vecinos.

La fuente de la plaza


El Espejo de Barro

Capítulo 19

La fuente de la plaza

En la plaza del pueblo había una fuente donde los pobladores iban a pedir sus deseos y también venían gentes de los caseríos vecinos. Sus aguas danzantes brillaban por las noches con los rayos de la luna y reflejaban el parpadeo de las estrellas.

Todo había empezado muchos años atrás, una noche cuando un vendedor ambulante llegó de regreso a su casa y se sacó los zapatos. Volvía agotado de tanto caminar por el pueblo, que se le rebelaba en cada esquina, que le corcoveaba a cada paso y no le permitía domarlo, ni entenderlo siquiera. Iba de puerta en puerta intentando vender diferentes cosas que las personas no tenían ningún interés en comprarle porque ya se sabe que aquello que la gente compraría con entusiasmo en realidad no existe.

Un atardecer de mayo uno quiso comprarle sales para la memoria y media cuadra más allá otro le pidió lo mismo pero para el olvido. Una vieja quiso comprarle alguna poción para volver a ser joven, mientras que un pequeño quiso comprarle un té para crecer de golpe. Quienes tenían pesadillas querían evitarlas, mientras hubo quienes le ofrecieron fortunas sólo por poder dormir. Unos le pidieron amor, otros sexo, otros vida eterna, otros dinero, otros trabajo, otros comida, otros sol, otros agua, algunos alegría.

Pero él era un simple vendedor ambulante que acarreaba escobas que sólo podían barrer basuras terrenales, trapos que sólo limpiaban polvos terrestres, jabones que hacían una espuma simple y efímera que no servía para inventar nubes en que salir a volar ni mucho menos.

Esa noche estaba más agotado que nunca y, al sacarse los zapatos, por entre las puntas de los dedos de los pies le brotaron unos chorros de aguas cálidas y transparentes que empezaron a salpicarle la vida y cuando finalmente se durmió, arrullado por ese rumor de arroyo entre las piedras, dedicó la noche entera a nadar entre estrellas y lunas cristalinas en la fuente que de él mismo había surgido. En el mejor de sus sueños, vio las caras de todos los que habían querido comprarle sus productos imposibles, que esa noche le arrojaban monedas entre sonrisas.

Desde aquella noche se fue al centro de la plaza del pueblo decidido a quedarse en su propia fuente de los deseos para siempre.


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