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El Espejo de Barro - Capítulo 28 - En una glorieta en un jardín de Pekín - Él es un chino muy apuesto y aristócrata, inteligente y mundano, que ha elegido en matrimonio una china joven y bella que pinta maravillas sobre unas telas montadas en caballetes.

En una glorieta en un jardín de Pekín


El Espejo de Barro

Capítulo 28

En una glorieta en un jardín de Pekín

En una glorieta china hay un hombre y una mujer. Él es un chino muy apuesto y aristócrata, inteligente y mundano, que ha elegido en matrimonio una china joven y bella, paciente y milagrosa, tierna y callada, que cultiva un blanco jardín de rosas y pinta maravillas sobre unas telas montadas en caballetes que le traen los sirvientes a la glorieta junto con interminables tazas de té.

Pinta aldeas y aldeas hasta que una tarde, en una de ellas, el viento de un atardecer hace volar el polvo de la calle de tierra dibujada entre las casas.

Desde esa tarde pinta amores y desazones, miserias y humedades, sombras y soles, lluvias y silencios, idiomas y celos, frutos y hambres durante años y su universo de pequeños seres y animales toma vida propia dentro de aquella glorieta hexagonal donde su chino la ama y ella inventa con pasión una galería de vidas y muertes como nadie ha imaginado jamás en aquella ciudad de oriente. Hasta dibuja una vez un globo con su tripulante y éste se pasa la vida volando de tela en tela sin ver jamás a su creadora ni salir de la glorieta.

Se inventa un mundo nuevo y ruidoso, diferente de su jardín blanco y sereno y sus sirvientes callados. Se inventa todos los amores posibles como de verdad no los tiene. Le inventa mujeres hermosas a su chino fiel porque le apena verlo tan serio y quiere especiar un poco el amor que los une. Y llena las calles de todos los niños que en su vida no han querido aparecer.

Una mañana, casi sin querer, apoya una de las telas, con un dibujo de un bar en una esquina de su pueblo imaginado, sobre un frasco de boca ancha que contiene pintura de colores diluida y agua en donde ella suele mojar los pinceles. La tela se empapa en un exacto círculo oscuro y algunas personas se caen dentro del frasco y desaparecen hasta la próxima vez que ella quiera volver a pintarlos con sus pinceles de pelos de martas chinas. Es tan extraño lo que sucede que no se atreve a hacer nada y el frasco negro de sus inventos se convierte en el pozo temido por sus creaturas.

Ella puede ver la tela pintada por arriba o agacharse por debajo y ver el frasco con los que han caído que se mezclan con los que ella sacará a la luz a fuerza de manchones y pinceladas, que aguardan o duermen en la espera.

Como ya todo sucede sin su consentimiento, se aburre de este pueblo y manda a cerrar la glorieta y a construir otra en otro sector del jardín, dominado por las rosas color té pálido, donde instalará sus caballetes y pinceles para volver a crear.

Susana Ferrer


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