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El Espejo de Barro - Capítulo 27 - El Silencio - El pueblo entero vivió en el complot silencioso de mantener los hechos en el más absoluto secreto. De allí no salió jamás el secreto.

El Silencio


El Espejo de Barro

Capítulo 27

El Silencio

El pueblo entero vivió en el complot silencioso de mantener los hechos en el más absoluto secreto. Si bien se había sabido lo de los malabaristas en varios pueblos a la redonda, se hizo correr la bolilla de que un brujo loco los había enceguecido y que con los yuyos de las brujas habían logrado romper el hechizo y revertir la situación.

La gorda, que tiempo después decidió volver a la tierra en un esfuerzo titánico en el que montó la escalera ayudada por muchísimas personas que se fueron turnando durante las semanas que duró la escalada, había adelgazado tanto que estaba irreconocible. Se había cambiado de nombre y vivía su existencia de flaca maciza cantando boleros en el bar con vestidos seductores de color rojo chillón.

Respecto del camión y la cuadrilla, la gobernación jamás había creído la explicación del intendente a quien tildaron de loco y tacharon de la lista de candidatos en las siguientes elecciones por mentiroso, asesino y ladrón, ya que estaban convencidos de que los habían matado a todos para vender el camión. Cuando volvieron los operarios hicieron un intento de retornar a la ciudad, pero encontraron a sus mujeres casadas con otros hombres y se volvieron tristes y sabiendo que no tenían otro sitio donde les pudieran creer su historia, fuera de los límites de aquel poblado. Se quedaron allí para siempre y, después de algunos bailes de carnaval, encontraron mujeres buenas que quisieron compartir la vida con ellos. En el caso de uno de ellos se trató de una mujer acuática que lo embobó en una noche y se lo llevó con él a su pozo, embriagado de locura y placer para no devolverlo más. Los otros brindaban por él cada fin de año y le mandaban buenos augurios cuando venía la Lucero con saludos y abrazos del operario mojado.

De allí no salió jamás el secreto y para disimular el trabajo de Calixto y su puesto de guardia pusieron a un costado del pozo una torreta delgada, con forma de pincel antiguo, con una placa que indicaba que dentro del cofre dorado, en la punta, había un relicario que contenía un trozo de hueso y un mechón de pelo de la Santa Maricarmen, patrona de los valles, santa que inventaron una tarde mientras escuchaban la novela y que les fue muy útil para acallar las habladurías que empezaban a circular de pueblo en pueblo acerca de que había un tipo que había estado muerto muchos años y que volvió de la muerte para cuidar un pozo de barro en una calle del pueblo de los malabaristas.

A Calixto, la policía le inventó un viejo crimen pasional y selló certificados como que había estado preso dentro de un calabozo en la comisaría por todos aquellos años que no estuvo. Quien quería averiguar algo, se topaba con precisiones y contradicciones que no lo llevaban a ninguna parte.

Con los años pasó a ser el pueblo de la Santa Maricarmen que hasta hacía milagros curando las peores heridas con una gotita de agua del pozo que era aplicada por la mujer de Calixto con las más precisas indicaciones de la Lucero que estuvo unos meses dictando un curso en la orilla del arroyo acerca de cómo beneficiarse para siempre de aquél pozo tan temido.


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