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El Espejo de Barro - Capítulo 1 - El pozo - Cuentan de un carromato tirado por dos caballos viejos y cansados que llevaba cartones y botellas de vidrio haciendo una música de miseria en los oídos de los parroquianos del bar, que ya hoy están acostumbrados a ver desaparecerlo todo en aquel pozo maléfico.

El pozo


El Espejo de Barro

Capítulo 1

El pozo

Los caballos trataban de esquivar el pozo de barro en la calle. En los días soleados, el agujero los engañaba reflejando el cielo y sus nubes en el agua estancada que no parecía tan sucia como un espejo de barro. Cuando llegaba la noche, la oscuridad agrandaba el pozo y era una boca dispuesta a tragarse a quien se acercara.

Cuentan de un carromato tirado por dos caballos viejos y cansados que llevaba cartones y botellas de vidrio haciendo una música de miseria en los oídos de los parroquianos del bar, que ya hoy están acostumbrados a ver desaparecerlo todo en aquel pozo maléfico. El carro calló sus ruidos para siempre y el cartonero no silbó nunca más, ahogado en el silencio de aquel agujero negro que se lo llevó a su profundidad de socavón.

Si el viento soplaba fuerte, se hacían olitas en la superficie y los hombres temían ser salpicados porque la gota les perforaba el cuerpo en una nada que los atravesaba de lado a lado y los dejaba agujereados para siempre. Las brujas de la zona venían con pequeños frascos a buscar con cuidado gotas de estas aguas turbias que usaban, se decía, para los peores ritos de la magia negra. La policía solucionaba los problemas llevando a los criminales hasta el borde y obligándolos a dar un paso dentro del pozo. Los suicidas se arrojaban por las tardes, cuando el bar estaba lleno de gente. Hasta los muertos fueron echados allí durante muchos años, antes de la construcción del cementerio. Los pájaros evitaban volar por el cielo sobre el pozo porque también desaparecían tragados en el azul. Se transmitían esta información en sus propios códigos animales, pero siempre había alguna golondrina perdida que sucumbía a la fatalidad, engañada en su reflejo blanquinegro.

En el pueblo lo intentaron todo: cruzar unas maderas de lado a lado, cubrirlo con una capa para que no los reflejara cuando pasaban frente a él, llenarlo con camionadas de tierra, tosca, piedra, basuras. Todo lo echaban dentro y jamás hacía fondo. Una mañana, una cuadrilla que vino de la capital, porque el problema había tomado dimensiones nacionales, un poco jocosa por la grapa que circulaba de mano en mano en un jarro de metal para calentarlos en esa helada de invierno, y burlona frente a las advertencias de los pobladores, por un mal cálculo del conductor, se cayó dentro del pozo con camión y todo, y tuvo que ir el intendente personalmente a la casa del gobernador a explicar qué había pasado con los hombres, el cargamento y el camión.

Las bicicletas pasaban por el costado, esquivando la parte negra cuidándose como quien va por el borde de un precipicio. Las madres tenían prohibido a los niños acercarse a esa cuadra del pueblo, entre la perdición del bar de la esquina con sus mesas de billar, sus partidas de truco, la televisión que transmitía las apuestas del hipódromo y el alcohol de mala calidad que corría de mesa en mesa, sumado al peligro concreto del pozo y sus aguas turbias.

Después de veinte años, una mañana llegó al pueblo un indio encantador de serpientes, mago y dueño de un circo de hombres escuálidos y mujeres trapecistas derrotadas de amor, con maternidades lejanas, que se habían unido a los carromatos del circo cuando éste pasó por sus pueblos perdidos anunciándoles con los megáfonos la ilusoria realidad de un futuro distinto. Salieron todos al cruce de caminos polvoriento y recibieron al circo como quien recibe a un mesías. No sabían por qué, pero intuían que este indio podría traerles la solución para su pozo maldito. Le presentaron el problema y, al cabo de varios meses de deliberaciones y discusiones en la carpa y de pruebas en el sitio, creyeron llegar a la solución.

Desde ese día, una tropilla de cientos de hombres flacos y huesudos, entrenados durante meses por el indio, hace malabares con unos frascos y botellas de vidrio que contienen la totalidad del agua del mal pozo, la que no debe apoyarse jamás en tierra ni permanecer en su sitio minuto alguno, sino que está condenada a sacudirse en el aire, a subir y caer dentro de sus recipientes en un movimiento continuo, lanzada y atajada por hombres que se van turnando unos a otros para mantener el pozo dividido y flotando en el aire por la eternidad.

Aquél al que se le rompa un frasco por encima de la cabeza, pagará con su vida el error. Por ello, la tensión de estos hombres es inmensa y para aliviarla entonan canciones que repiten día y noche como conjuros y que poco a poco se van convirtiendo en religión.


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