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El Espejo de Barro - Capítulo 10 - El Indio - El indio tenía otras intenciones y desde siempre supo que iba a vengarse de su mundo de pozo, de donde lo habían expulsado condenándolo a vivir en la tierra y deambular durante siglos por valles áridos y estepas infértiles.

El Indio


El Espejo de Barro

Capítulo 10

El Indio

El indio tenía otras intenciones y desde siempre supo que iba a vengarse de su mundo de pozo, de donde lo habían expulsado condenándolo a vivir en la tierra y deambular durante siglos por valles áridos y estepas infértiles.

Encontrar a la Lucero fue como un presagio, hacía tiempo que le habían llegado mensajes en la tierra de esta mujer etérea y más bella que las más bella y supo que no podía tratarse de otra persona que su Lucero amada, con quien habían compartido siglos de amor y de pasión en aquel mundo pozuno y que él había perdido de la noche a la mañana por su pésima conducta en aquella sociedad pacífica.

Su plan de vaciar el pozo y embotellar a sus compatriotas era caótico si lo pensaba desde su mundo, pero era infantil y sencillo desde el lado de los humanos. En aquel rincón del universo le tenían pavura a ese pozo. Él sabía perfectamente que quien allí se arrojaba nacía a una nueva vida en donde las mujeres eran casi todas tan bellas como la Lucero y la gente era inmensamente buena, tanto que a él lo habían echado de aquel mundo por males menores, por tonteras, por una ligera conducta un poco ladina y otro poco viciosa, pero las gentes de este pueblo de ignorantes nada sabían de esa otra vida escondida debajo de aquel espejo de barro.

Era un mundo mantenido puro durante decenas de miles de años, donde la gente vivía vidas muy largas y los tipos dañinos como él eran expulsados; y los tristes de espíritu que tenían el fondo del alma enturbiada como el poso de un vino tinto muy viejo, se suicidaban trepando al infierno por unas escaleras altísimas. Estaban años subiendo por un túnel empinado para finalmente acceder a la luz del infierno que estaba esperándolos y que los recibía en un primer momento empapándolos de un agua sucia y barro. El frío de una noche oscura, como en su mundo anterior no se conocía, caía sobre sus cuerpos congelándolos y haciéndolos tiritar de miedo y hielo. Luego llevaban esas vidas de aparecidos, de recién llegados, de tipos sin techo y sin comida, con hambre, con sus mismos harapos toda la vida hasta que la muerte verdadera los hallaba en una cama de hospital en el mejor de los casos, en un hospicio para locos, debajo de un puente en una noche helada, atropellados por un vehículo, acuchillados por estar en el sitio equivocado a la hora equivocada o llorosos de hambre, frío y desesperación casi siempre. El derrotero era terrible y ahí se daban cuenta de lo que era realmente el infierno: una seguidilla de años que se hacían eternos en aquel sitio cruel donde se sufría de hambre, de frío, de sed, de amor, de desolación, de inseguridad, de crímenes, de peleas, de discusiones, de ardores, de quemazones, de enfermedades, de dolores en el cuerpo y en el alma.

El indio mago venía vagando por la tierra desde hacía bastante y había reclutado esa recua de abandonados y tristonas con la que había montado un circo de mala muerte que le acompañaba los días mientras cada noche rumiaba cómo vengarse hasta que se quedaba dormido. Una de las venganzas posibles que pensó durante muchos años fue secar su mundo vaciando los pozos pero hacerlo solo le resultaba una empresa titánica e imposible. En toda una vida lograría quizás bajar apenas unos centímetros el nivel del agua. Pero este pueblo de locos desaforados ya casi sin esperanza había venido en su ayuda sin saberlo.

Así fue que reclutó y entrenó gente en las artes del malabarismo y se dispuso a desagotar hacia arriba aquel mundo como una venganza feroz por su destierro. En los pocos momentos de lucidez y cordura que tenía, en los que la pequeña luz de su alma iluminaba apenas un punto de claridad, reconocía que había mucha maldad en su corazón y que habían tenido razones muy válidas para expulsarlo de aquel mundo de paz. Instantes después, el viento huracanado de su furia apagaba la vela de la sensatez y otra vez reinaba dentro de él el oscuro placer de la maquinación de la venganza.

Hubo que ir al basural en las afueras del pueblo donde todos arrojaban las basuras y los trastos y empezar a juntar botellas de años, también se le pidió al camión del bar de los jueves que trajera mitad botellas llenas de bebidas alcohólicas y mitad botellas vacías. Los hombres hicieron un medio voto de abstinencia porque cada semana, durante varios meses sólo bebieron la mitad de lo que acostumbraban, pero la causa era muy noble.

Tardó años en apilar todas las botellas necesarias y en el rejunte de esa manga de pavos que estaban convencidos de que él los salvaría de su problema. Los entrenó y revisó punto por punto la evolución de las obras de ingeniería, el almacenaje inicial de frascos vacíos, el cálculo de contenidos y volúmenes y la estimación de hombres necesarios, los turnos largos, las rotaciones por enfermedad o muerte, sueño o locura. Como un ingeniero con papeles y lápices negros, armó filas, escuadrones, almacenes, senderos, y luego ideó la construcción del galpón aquel a pedido de las almas sensibles del pueblo, que le daban asco, a quienes él sonrió y les dio la razón en todo, porque con un simple tinglado seguirían manteniendo en movimiento, encerrados uno a uno dentro de cada botella a sus compatriotas traslúcidos como genios dentro de una lámpara por los siglos de los siglos. Y él, pasando revista, supuestamente a las tropas de malabaristas, pero en realidad dejándose ver por quienes estaban dentro de los frascos, que no se detectaban a simple vista, y menos con un frasco de vidrio coloreado en permanente movimiento. Sabía que generaba un odio inmenso en sus compatriotas, pero era una venganza soñada y la disfrutaba plenamente mientras disimulaba tomando notas y pasaba revista a los malabaristas.

Pasó a convertirse en un tipo con decisión dentro del pueblo, opinaba hasta sobre los asuntos más irrelevantes en los que era consultado por su supuesta sabiduría. Todo este poder que ganaba en las mentes de estas gentes sencillas hizo que las mujeres se sintieran atraídas y así fue que tuvo amores con varias de ellas, a veces en su carpa de indio y a veces en las casas de ellas. Mientras los maridos se les iban aburridos al bar, él hacía soñar a estas mujeres simples con las nubes de un cielo iluminado y caliente. Cuando llegó la Lucero, las abandonó a todas a la vez, y ya no le importó nada que no fuera volver a tenerla como la memoria de su cuerpo le dictaba.


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