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El Espejo de Barro - Capítulo 16 - El Globo - En el canasto juntaba cosas de todas partes y tenía un manuscrito muy pesado en el que anotaba sus vivencias y todo aquello que extrañaba.

El Globo


El Espejo de Barro

Capítulo 16

El Globo

Unas semanas después del domingo aquel de las elecciones, en el pueblo vieron venir un globo y creyeron que serían los políticos que llegaban para empezar una obra en alguna parte. Pero no, el tripulante era un navegante solitario que surcaba cirros y cúmulos como quien navega en el mar. Peleaba sus tormentas anclándose en alguna nube cuando quería echarse a descansar. Dormía rodeado de estrellas que le iluminaban el rostro como farolitos chinos que se encendían y se apagaban al abrir o cerrar de sus ojos. Otras veces, bajaba para hacer noche en algún descampado. Venía un poco cansado de deambular por el mundo al que le había dado ya varias vueltas.

En el canasto juntaba cosas de todas partes y tenía un manuscrito muy pesado en el que anotaba sus vivencias y todo aquello que extrañaba, que no era mucho. En una oportunidad estuvo a punto de lanzarlo al vacío para aliviar el lastre pero unas bocanadas de calor le salvaron la vida.

Venía a saludar a sus chinos a quienes había conocido en una plaza de Pekín en donde había aterrizado una mañana de llovizna. Estaba allí acomodando sus cosas cuando vio venir corriendo a un chino alto con tres chinas bajitas con el miedo en el rostro. Deseoso de un poco de aventura, los ayudó a subirse al canasto y, regulando su mechero, despegaron con las furias del tintorero que se quedó gritándoles desde abajo. Una vez que pasó el miedo, los cinco se rieron mucho. Por suerte los pasajeros eran muy delgados y no traían consigo absolutamente nada. Él debió tirar unas provisiones para compensar el peso ganado y aprovechó a hacerlo sobre una aldea. Las corrientes de aire los llevaron hacia el sur en un derrotero de meses que los hizo conocer cientos de aldeas y pueblos en las verdes llanuras chinas. Pasaron por Burma y aparecieron cruzando el Golfo de Bengala en el Océano Índico.

Los dejó en Madrás después de haber construido una amistad propiciada por el poco espacio, las tormentas vividas y las risas compartidas. La más joven de las tres mujeres estaba un poco enferma, aunque él sabía que eran muchos los que se mareaban con un simple movimiento y hasta perdían las ganas de comer. Pensó que el problema de la niña seguramente era el bamboleo de aquel canasto y que, con los pies en la tierra, se sentiría mucho mejor. Pero el chino le había comentado que estaba decidido a cambiarla por un elefante. Sintió pena por la pequeña.

Se despidieron en aquella ciudad ruidosa y no supo más nada de ellos hasta que una tempestad de nubes lo llevó de prepo a un sitio extraño en donde se sentía muy a gusto, pero todo era un agua que no le permitía volar con su globo anaranjado. Cuando expuso su problema, le allanaron el camino a tierra y salió con el globo abollado sobre sus espaldas en un esfuerzo que casi lo mata, por un charco a unos cuantos kilómetros de allí. Cuando le contaron de tres chinos con una elefanta, supo que se trataba seguramente de sus amigos y levantó vuelo hacia el pueblo al costado de la hondonada del río. A poco de conversación volvieron a revivir los viejos tiempos en el Asia, hablando en la mezcla de idiomas que habían inventado a bordo de aquel cascarón de paja.


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