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El Espejo de Barro - Capítulo 3 - El cura - El cura del pueblo era un predicador de iglesia vacía, no por la falta de religiosidad de los pobladores, sino porque era un hombre de discurso aburrido y largo. Los pocos que tomaban coraje para ir a una de sus misas bebían café en abundancia hasta minutos antes de entrar a la pequeña iglesia.

El cura


El Espejo de Barro

Capítulo 3

El cura

El cura del pueblo era un predicador de iglesia vacía, no por la falta de religiosidad de los pobladores, sino porque era un hombre de discurso aburrido y largo. Los pocos que tomaban coraje para ir a una de sus misas bebían café en abundancia hasta minutos antes de entrar a la pequeña iglesia, porque sabían que los esperaban largas horas dentro de esas parecitas blancas, luchando contra el sueño que amenazaba envolverlos y llevárselos para siempre de allí, aunque sólo fuera por unos instantes de cabeceo y codazos. El pobre cura, con las mejores intenciones, había intentado varias veces hacer una misa de cuerpo ausente por las muertes de los dos muchachos que habían saltado a aquel vacío del que todos hablaban, imaginándolos perdidos en el vicio, la desesperación, las orgías demoníacas y el fuego negro de ese incendio perfecto que le servía tanto para dar sus ejemplos de domingo. Él no tenía que amenazar con infiernos lejanos, posibles o probables, sino que la sola mención de ese agujero maldito le servía para que los que estaban despiertos se erizaran de miedo por el más allá y los dormidos tuvieran las peores pesadillas como castigo ejemplar. A la vez siguiente, todos aumentaban la dosis de café y el puestito frente a la plaza se llenaba las arcas ofreciendo los mejores pocillos quita-sueño de toda la región. Los pobladores se pusieron firmes y no le permitieron jamás al cura oficiar misa alguna por quienes él consideraba perdidos pero ellos imaginaban peleando contra dragones, adorados por mujeres rubias de rulos inmensos, acunados en canoas de hilos de oro, que un día regresarían a contarles cómo había sido todo.

Una mañana, los vecinos tuvieron que salir a defender su iglesia a capa y espada porque uno de los matones de la organización de tratantes de blancas que trabajaba en la zona había notado la fuga de una de las mujeres la noche anterior y, según confesó una compañera, se había ido donde el cura, que parece que en esos quince días que las mujeres llevaban en el pueblo se había enamorado de ella y ella se había enamorado para siempre de su sotana y del crucifijo que él colgaba de un barrote de la cama y, según ella, les bendecía la pasión. Las mujeres del pueblo salieron a defender el amor terrenal de las iras fingidas de aquellos matones a sueldo, y muchas de ellas estaban felices de que la rubia que les había sacado a los maridos por las noches, al menos estuviera acaparada por el cura. Varias de ellas, que habían pasado algunas tardes en la sacristía, sabían que ella no se iría fácilmente de allí.

Los matones debieron consultar a su jefe máximo y la respuesta tardó varios días en llegar. Para cuando ésta llegó, con la orden de matar al cura y a la ramera, se habían hecho tantos bailes en la calle con banderines de colores colgados de un árbol al otro y música de bandoneones que invitaban a bailar a todos, que ya los dos grandotes estaban enamorados de dos hermanas gemelas que vivían frente a la plaza y que morían por unos hombres musculosos, cansadas de ver televisión y no encontrar lo que buscaban. El cura los casó ese mismo viernes y en la primera fila estaba la rubia y todas las mujeres de la organización que lagrimeaban con pañuelos de colores en las manos cargadas de anillos falsos y piedritas que brillaban. Esa misma noche, entre el baile de la fiesta y la algarabía general, todas las rameras de aquella tanda se hicieron libres para siempre y su leyenda corrió entre aquellos valles, diciéndoles a los ahogados que siempre hay una posible solución para los dramas. El mafioso decidió olvidar el episodio y tomó matones más malos y cerrados, a quienes no les gustara el baile, ni la música, ni las mujeres bellas. Éstos mentían para conservar el trabajo, pero a cada esquina, cuidándose de no ser reconocidos, se divertían como cualquiera.


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