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El Espejo de Barro - Capítulo 2 - El bar - Una noche en el bar, con el coraje que les daba el alcohol, hubo dos que decidieron escalar el pozo hacia adentro como espeleólogos de una naturaleza extraña. Nada dejaban más que amores destartalados, trabajos agotadores, malas pagas y problemas por doquier.

El bar


El Espejo de Barro

Capítulo 2

El bar

Años antes de que llegara el indio flaco, encantador de serpientes y mago, con sus mujeres enclenques y sus animales débiles que permitían al domador hacer lo que quisiera con ellos porque, además de raquíticos, estaban dopados con medicinas que les suministraban los cuidadores escondidas entre la grasa de la poca carne que les daban cada noche, poco antes de subir a escena; una noche en el bar, con el coraje que les daba el alcohol, hubo dos que decidieron escalar el pozo hacia adentro como espeleólogos de una naturaleza extraña. Nada dejaban más que amores destartalados, trabajos agotadores, malas pagas y problemas por doquier. Se tomaron entre los dos con una soga que les alcanzó el dueño del bar, un hombrecito bajo y oscuro que había llegado al pueblo en una epidemia de vaya a saber qué que había diezmado a toda su familia y lo había dejado solo y perdido.

Había empezado por ofrecer algo de alcohol en la puerta de su casa, más por conversar con alguien que por el dinero que esto le podría traer, y así, con su fama de buen escuchador solitario, el bar se le empezó a llenar de gente. Él recibía las bebidas en un camión que llegaba regularmente cada jueves desde hacía varios años. Las veces que el camión no había llegado siempre preanunciaban algo trágico. Una vez fue cuando el puente estaba intransitable porque el barro que había bajado violentamente desde los cerros le había volado tres columnas y los gendarmes no dejaban cruzar más que gente caminando y con pocos bultos. Enterado de esto, convocó a sus parroquianos y marcharon todos hasta el puente, separado del pueblo por varios kilómetros pedregosos y en una fila de indios cruzaron botella por botella hasta que el camión quedó vacío y sediento del otro lado, listo para retornar a la capital. Dos días después, otra lengua marrón de lodo vomitó sobre un extremo del pueblo matando a varias familias con sus gallinas y sus cabras. La vez siguiente que el camión no llegó se debió a un paro larguísimo organizado en la capital y que las pocas radios del pueblo transmitían a unos oyentes más deseosos de seguir los pasos de la radionovela de Maricarmen que de escuchar discursos políticos que no entendían. El pueblo entero vivió su día como siempre, y esa noche de venganza algunos politicuchos zonales pasaron a degüello a varios pobres tipos que no habían hecho nada pero le servían a éstos para justificarse ante sus delegados provinciales. El resto de los jueves, el camión había traído sin problemas su carga de mareos y locura.

Esa noche los parroquianos estaban alegres, y no les costó mucho esfuerzo convencer a dos de ellos a ingresar al pozo. Una apuesta corrió y todos pusieron algo de dinero. La cifra fue creciendo con la indecisión de los dos supuestos valientes y entrada la madrugada ya había una buena cantidad de plata y hasta promesas de poder, mujeres y hacienda. Todo, claro, si volvían a cobrar la deuda.

Los dos pobres tipos se ataron con la soga y salieron a la calle bajo un cielo de estrellas. Vestidos como estaban, en la simpleza de quien vive en un pueblo perdido, probaron a mojarse apenas un pie en el agua sucia. Al retirarlo, éste había desaparecido, haciendo que la pierna terminara en un muñón perfecto hasta donde había llegado el agua. Se hizo un silencio que inmediatamente los demás rompieron dando nerviosos vivas, y volviendo a pasar una botella de whisky barato que los dos hombres bebieron en unos cuantos sorbos. Mareados como se sentían no les fue difícil dar un paso hacia delante y dejarse caer dentro del pozo que se los tragó en silencio. Afuera se quedaron todos intentando oír algo, pero nada llegó a la superficie más que un pequeño oleaje en círculos que casi ninguno alcanzó a detectar, borrachos como estaban.

Cuando intentaron volver al bar, éste había cerrado con un cartel de duelo, el dueño no estaba, ni su caballo, ni la suma de dinero que se había recolectado entre todos. Dejó para los dos hombres las promesas y él se llevó lo concreto, dispuesto a empezar una nueva vida en la ciudad, ahora ya conocedor del negocio del alcohol.

Los parroquianos quedaron dolidos y un poco abandonados pero no tardaron demasiado en volver a abrir las persianas con una barreta de hierro y el más fenicio de ellos se apropió del negocio para siempre. Continuó pagando los impuestos, pero esta vez a su nombre y, con las partidas de truco por dinero, las apuestas de caballos con las carreras transmitidas por televisión cuando ésta llegó para inundarles la vida.

De los dos pobres tipos que se tragó el pozo corrieron las más variadas leyendas, alimentadas todas por el alcohol de aquella noche, en que cada uno de los presentes creía haber visto cosas distintas, más el agregado normal que suelen ponerle las gentes simples a los eventos que les rompen la monotonía. Los que ni siquiera habían estado contaban los hechos con lujo de detalles como si hubieran sido espectadores de la primera fila y tuvo que pasar mucho tiempo para que no se hablara más de ellos.


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